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"La crisis migratoria se puede abordar, pero a Europa le falta solidaridad"

 

  Nombre: Ismael Monzón
Fecha de nacimiento: 09/07/2017
Tipo:

Fuente: El País
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El director general de la Organización Internacional para las Migraciones, William Lacey Swing (1934, Estados Unidos), impone siempre una visión a 360 grados. Rechaza circunscribir la crisis migratoria a un problema europeo. "Se trata de un porcentaje mínimo en comparación con los 244 millones de personas que se desplazan en todo el planeta", insiste. Bajo ese enfoque centra su breve discurso durante la Conferencia bienal de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que se celebra estos días en Roma. Swing enumera el cambio climático, la escasa capacidad de los cultivos para adaptarse a ello o las condiciones extremas de los ecosistemas como razones para las migraciones, sobre todo en África y Asia. En 40 años de carrera diplomática ha sido embajador en media docena de países del continente negro y desde 2008 está al frente de la OIM, una organización integrada por 166 países. Se debe al cargo. Antes de la entrevista ha asistido, sin embargo, a otra reunión convocada por Italia para ofrecer mayor asistencia a los países de origen.

Italia pide que la responsabilidad de la crisis migratoria en Europa sea compartida, pero otros países europeos rechazan sus demandas. ¿Tiene razón el Gobierno italiano?

Por supuesto. Necesitas un sentido de responsabilidad compartida, la UE se establece como una unión política y económica, pero cuando tienes solo un par de países como Italia y Alemania —y Grecia en cierto modo— cargando con la mayor parte, ¿dónde están los otros veintitantos? Hay un programa de recolocación de 160.000 personas y ¿cuántos llevamos? [Unos 7.500, serán 10.000 para el final de año, apunta a su lado el coordinador de la oficina de la OIM para el Mediterráneo, Federico Soda]. Hay países que ni siquiera han querido formar parte del acuerdo, lo que demuestra que la crisis migratoria es básicamente una crisis política.

¿Cree que Europa está demasiado centrada en el discurso de la seguridad y en proteger sus fronteras?

Está muy centrada en la seguridad y también simplemente en intentar reducir el número de personas que cruzan. Lo que se echa de menos es una política que facilite la compresión a largo plazo.

¿Cómo habría que entender el problema?

La percepción es que hay muchas más personas que llegan al norte, cuando en realidad es casi igual el número de personas que emigran del sur a otras partes del sur que las que lo hacen del sur al norte. Solo en el sur de África hay mucho más movimiento. Si miras los números, unos dos millones de personas llegaron a Europa, un área de 150 millones, en los últimos tres años. Mientras que países como Etiopía han acogido un millón de migrantes, Líbano cuatro millones…

Ante el rechazo a otras medidas, el debate en Europa se ocupa últimamente del papel de las ONG, acusadas de malas prácticas y provocar un "efecto llamada".

No estoy muy al tanto de este asunto, pero creo que el problema es más general. Hace falta una política comprensiva y poner en marcha un plan de acción. Italia ha organizado un encuentro con países europeos, africanos, la OIM y ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados). Y ahora nos reuniremos cada seis meses, lo que me parece excelente.

Pero, ¿qué deberían hacer los países europeos?

Primero se deben afrontar los factores que empujan a la migración. Son los desastres, los conflictos desde el oeste de África al sur de Asia, desequilibrios demográficos con un norte envejecido donde mueren más personas que nacen, cambio climático, desigualdades socioeconómicas entre norte y sur… Hay que utilizar políticas más creativas para conseguir más llegadas legales y menos irregulares. Vienen ilegalmente porque no tienen modo de hacerlo de otra forma. Se podrían entregar más permisos de empleo y estado de protección temporal o implementar cíclicos de migración circular y estacional.

El 97% de quienes llegan a Europa lo hacen a través de Libia. Sin embargo, actualmente parece inútil pactar con su Gobierno. Se acumulan además allí denuncias de violaciones de derechos humanos.

Lo más importante para la comunidad internacional ahora es volver a Libia. Desde la OIM nunca les hemos abandonado, estamos intentando conseguir más apoyo de los países, pero falta trabajo por hacer sobre todo en cuanto a los derechos humanos. Libia tiene una capacidad muy limitada, como unos 31 centros de detención. Nosotros trabajamos en una veintena de ellos. La idea sería aumentar las instalaciones para que sean más humanas, pudiendo separar a hombres y mujeres, e intentar trabajar con las autoridades libias en Trípoli para convertirlos en centros abiertos de recepción. Para hacer un buen trabajo es necesario estar dentro de Libia, también para acelerar las repatriaciones desde allí.

¿Cómo se podría coordinar desde Europa esa política?

Hemos llevado de vuelta a sus países a unas 100.000 personas el año pasado. Aquí no encuentran trabajo o tienen contratos parciales y quieren volver para tener trabajo. Deben hacerlo con dignidad, es importante que vuelvan con algo de dinero para poder abrir sus negocios, porque si no dejamos la puerta abierta a que retornen de forma irregular.

Volvamos a un caso concreto. ¿España debe abrir sus puertos para recibir a los rescatados en el mar?

La única forma de gestionar el problema es compartiendo la responsabilidad, compaginando seguridad y solidaridad. Debería haber más cooperación de la propia Unión, porque los números son gestionables si esta existiera.

España responde que no puede afrontar más presión migratoria.

Italia está concentrando más de 85.000 casos [por las cerca de 100.000 llegadas que se han registrado este año]. Todo el flujo del Mediterráneo central pasa por este país, pero Italia necesita ayuda. El mayor problema viene del temor a los cambios, a la cultura… lo que nos lleva a preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad en la integración. Los mayoría de los atentados de Bruselas, París, Niza, California [San Bernardino, en 2015] los cometieron población local, que no se siente integrada en sus sociedades.

Se habla del problema como una emergencia.

No solo es una emergencia, hay una crisis de solidaridad, que si la afrontamos podríamos gestionar el problema. En realidad, las cifras están descendiendo. Este año han llegado a Europa 100.000 personas, por las 321.000 a estas alturas del año pasado [durante los primeros meses de 2016 el flujo por Grecia todavía estaba abierto, antes del pacto entre la UE y Turquía que provocó su cierre].

¿Cuáles son los riesgos de no afrontarlo?

Habrá cada vez más confusión, se crearán estereotipos y frustración generalizada. Ya se sabe, 'vienen para quedarse con nuestros trabajos, cometen crímenes' y este tipo de cosas. Las políticas no están facilitando una educación pública ni suministrando la información necesaria para responder a las dudas de quienes presentan estos temores. Habría que explicarles por qué está llegando toda esta gente y cuáles son los motivos que los mueven. Hay que dejar claro cuáles son nuestros programas para ellos, cuántos son, dónde van, cómo distribuirlos. Alemania es de los pocos que está haciendo un buen trabajo en este sentido.