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El drama de las pateras, un delicado desafío para España

 

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Fecha de nacimiento: 29/07/2017
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Fuente: El Mundo
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El fenómeno migratorio se ha convertido en los últimos años en uno de los principales desafíos globales, con manifestaciones tan preocupantes como la crisis de refugiados de Oriente Próximo, el mayor éxodo en el planeta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero junto a la inmigración forzosa por causas tan dramáticas como la guerra de Siria, cada vez es mayor la presión de los flujos por razones económicas. España es desde hace décadas uno de los principales destinos de las peligrosas rutas de la migración subsahariana hacia Europa. Y este 2017 se está produciendo el mayor incremento de llegada de pateras en la última década. Más de 7.540 personas han logrado pisar nuestras costas hasta julio, según el Ministerio del Interior, lo que supone un 130% más que el año pasado. Y Cruz Roja informa de que en el primer semestre atendieron al doble de inmigrantes que en el mismo periodo de 2016.

Junto a esas cifras, hay que recordar otras que nos sitúan ante la verdadera dimensión del drama de los flujos migratorios incontrolados. Ya han muerto al menos 109 personas en el Mar de Alborán y en el Estrecho de Gibraltar en lo que vamos de año. En estas aguas, las ONG llevan contabilizadas 6.000 víctimas en dos décadas. Y, pese a todo, como decimos, cada vez son más quienes tratan de alcanzar nuestras costas, fenómeno que no dejará de crecer al menos a corto plazo.

Para empezar, porque las redes de traficantes de humanos que controlan los flujos han desviado rutas que hasta hace no mucho atravesaban Libia hacia Marruecos, en un intento de sortear la peligrosa presencia de grupos yihadistas como el Estado Islámico y sus filiales, asentados en el este del Magreb. Ello convierte a España en la parada final del penoso viaje hacia el Dorado europeo.

Pero, además, está empezando a crecer también, de un modo preocupante, el éxodo de jóvenes del mismo Marruecos. Este fenómeno parecía haberse controlado en los últimos años; sin embargo, ha resurgido como consecuencia de conflictos como el que sufre desde hace muchos meses en la región rifeña. Las elevadas tasas de paro y la falta de perspectiva son una auténtica bomba de relojería, sumadas a la represión con la que se reprimen las protestas y a la falta de libertades.

Y todo está interconectado en este complejo problema. Porque el hecho de que las autoridades marroquíes tengan que prestar tanta atención a la crisis del Rif, desplegando allí muchos efectivos policiales, ha permitido que se rebaje la vigilancia en otras zonas de Marruecos, oportunidad aprovechada por las mafias de los cayucos para incrementar las travesías hacia las costas españolas.

Es éste un desafío demasiado complejo que exige muchos esfuerzos, recursos y medidas. Cabe reconocer que algunas políticas de colaboración con los países africanos puestas en marcha por los últimos Gobiernos -desde la etapa de Zapatero hasta la actual de Rajoy- están dando sus frutos. Por ejemplo, los acuerdos entre España y Senegal adoptados tras la crisis de los cayucos de 2006, han servido para rebajar considerablemente la llegada de subsaharianos y para mejorar la lucha antiterrorista. El ministro Zoido acaba de ratificar esos convenios en Dakar. También es imprescindible la ayuda de las autoridades marroquíes estos últimos años, tras algunos episodios de desencuentro hoy felizmente superados.

Pero queda mucho por hacer, fundamentalmente para mejorar las condiciones en los países de origen de la inmigración, algo que exige mayor decisión de la UE, ya que muchos de sus miembros siguen cerrando los ojos ante un problema que consideran que sólo atañe a los países del sur. Y también, pese a ciertos discursos buenistas alejados de la realidad, es necesario reforzar los controles fronterizos. Tanto porque la inmigración debe realizarse de un modo ordenado, como por pura seguridad nacional, tal como nos recordó ayer el incidente en Melilla de un hombre con un cuchillo que atacó a un policía, que por suerte quedó en un mero susto.