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30 años de inmigración y hundimientos en el Estrecho: las pateras hoy son "toys" que vienen de China

 

  Nombre: Juan Carlos de la Cal
Fecha de nacimiento: 30/12/2018
Tipo:

Fuente: El Mundo
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La mayoría tienen los ojos abiertos. El pánico aparece congelado debajo de sus párpados. El último instante, el último aliento de su vida, la última llamada de socorro, el último rezo... Algunos, incluso, tienen grabados una mueca de sorpresa. Hay centenares de fotos y fichas anónimas con el mismo final: perecer ahogados a unos pocos metros de Europa. Estamos en uno de los despachos del Servicio de Identificación de la Comandancia de la Guardia Civil en Algeciras.

Hace dos décadas, la habitación estaba llena de papeles, carpetas y archivadores desordenados. En aquel entonces, uno de los agentes confesó que cuando veía llegar a alguna persona preguntando si su familiar había muerto, se escaqueaba para no tener que pasar por el trago de enseñarle las fotos.

Ahora el mobiliario se ha reducido a tres ordenadores y varios armarios. Técnicamente lo llaman «cuaderno de reseña». Antes de la digitalización los agentes lo conocían como «el libro de los muertos». La gran mayoría están sin identificar. Algunas de las últimas fichas pertenecen a los 769 inmigrantes que han muerto desde enero intentando llegar a las costas españolas. Un 71% más que en 2017.

Muchos naufragaron a bordo de las «toys», como llaman los subsaharianos a las barcas hinchables fabricadas en China. Fáciles de conseguir, más baratas que las lanchas neumáticas, pero más inestables. En una de cuatro plazas se suelen meter hasta 12 personas. Y el precio por la plaza ronda los 500 euros.

Antes las que más se usaban eran las de madera que fabricaban los carpinteros de Oued Laou. A esta localidad pesquera del norte de Marruecos la bautizaron como «el pueblo de las pateras». En 2003 viajamos hasta allí cuando el 20% de los jóvenes ya habían abandonado el pueblo rumbo a España en barcazas fabricadas por ellos mismos.

Uno de aquellos chicos, que cruzó en 1998 el Estrecho, fue Youssef Nassiri. Hoy tiene 40 años y, después de trabajar como obrero en Barcelona unos pocos años, volvió a su Tánger natal para cuidar a su madre enferma. «Ahora los jóvenes se compran una barca de juguete y se lanzan al mar sin pensarlo», cuenta Youssef. Su hijo mayor, Hamed, cruzó en verano el Estrecho en una barca hinchable.

Volviendo a Oued Laou, el alcalde del pueblo, Mohamed Mehdi, contaba hace 15 años que los jóvenes sólo se juntaban para construir pateras. «No tenemos ninguna alternativa de ocio, cultural o de formación profesional que ofrecerles», protestaba. Esto último sigue siendo una de las principales razones por la que los marroquíes salen de su país.

Algunos de los más pequeños que huían -y que huyen aún- en las barcas de madera apenas superaban los 12 años. La misma edad que tenía entonces el hijo del periodista que hizo el reportaje del pueblo de las pateras, el mismo que ahora firma estas líneas y que creció escuchando las aventuras de su padre por África. Incluso le acompañó en algunas de ellas.

¿Qué ha cambiado?

Porque esta es una historia contada a través de dos plumas y dos objetivos generacionales. Una historia de padres e hijos narrada por los dos periodistas que escriben este reportaje, de familias con cultura cristiana y criados en la Península Ibérica (Madrid). Y por dos fotógrafos de cultura musulmana, Hamadi y Tarek Ananou, criados en las orillas africanas de España (Ceuta y Melilla).

Una historia recorriendo las últimas tres décadas con el trasfondo del drama de la inmigración, con una moraleja clara y contundente: salvo la altura de las vallas, los muertos, los medios de control de inmigrantes y la logística de las mafias que trafican con ellos, nada ha cambiado.

Si no que se lo pregunten a Hamadi Ananou. Este fotógrafo nacido en Melilla fue la primera persona que hizo un reportaje sobre la inmigración entre España y Marruecos a principios de los años 80. «Había botes de madera que salían de Marruecos cargados con hachís y que llevaban a personas para conseguir los pasaportes en sus consulados en España. Hasta 1991 España no se sumó al Tratado de Schengen, con el que los marroquíes necesitaban visado para entrar. Pero antes era complicado conseguir un pasaporte. Yo me monté en uno de los botes para fotografiar una patera que iba con 13 personas y 70 kilos de hachís. Cada uno pagó 2.500 dirhams (25 euros) por la plaza», recuerda Ananou.

Años después, el 1 de noviembre de 1988, se publicaría la primera imagen del drama migratorio: una patera naufragada en la playa de Los Lances (Cádiz). Iban 23 magrebíes. Sólo cinco sobrevivieron. Hasta ese momento se pensaba que los muertos que arrastraba el mar eran pescadores. Pero aquella patera mostró lo que realmente estaba pasando al otro lado del Estrecho. Y, justo cuando se cumplieron tres décadas de aquél naufragio, este suplemento puso nombre e historia a cuatro de los supervivientes: Mohamed, Ahmed, Essadek y Youssef.

Pocos años después de esa foto que cambió la percepción sobre la inmigración en España, en un viaje a Ceuta, un estudioso del Islam nos dejó un mensaje premonitorio: «Esto parece una paradoja del destino. El año musulmán empieza el mismo día que el profeta Mahoma tuvo que emigrar, comenzando así la hégira. Y, ahora, esta hégira se ha extendido a los millones de musulmanes de África. Esto no hay quién lo pare...». Así lo reflejó un reportaje de Juan Carlos de la Cal, firmado en abril de 1990, era sobre Fez y las llamadas «revueltas del pan». La gente de la ciudad no tenía para comer y empezaba a salir masivamente a España.

Demasiadas vidas se han perdido en este tiempo. Más de 7.000, sin contar a los desaparecidos. Uno de los primeros grandes naufragios fue a finales de los 90, cuando una patera volcó con 38 personas cerca de Tánger. Todos eran del mismo pueblo. Sólo hubo un superviviente. Hamadi Ananou fue el primero en llegar. «Me impresionó un anciano que vino a recoger el cadáver de su hijo. Era la primera vez que veía el mar. Después, Juan Carlos de la Cal y yo le acompañamos a su pueblo, al entierro, y nos dijeron que todos los jóvenes se habían ahogado en aquella patera, salvo uno, al que la mujer no le dejó irse hasta que no le arreglara una gotera que tenía».

266.000 inmigrantes

Después de casi 266.000 inmigrantes que han llegado en patera a nuestras costas en los últimos 30 años, la historia migratoria comenzaría en el norte del reino de Mohamed VI con el negocio de las barcas «made in China». Entre los marroquíes el control de estas pateras está en manos de los ultras de los clubs de fútbol de la región, que han cambiado el negocio del hachís por el del tráfico del personas. Y ya han ayudado a cruzar este año a miles de sus compatriotas. Muchos de ellos menores de edad.

El fotógrafo Tarek Ananou, hijo de Hamadi, lleva años retratando la vida de los niños de la calle de Marruecos, Ceuta y Melilla antes de que intenten dar el salto a Europa. «La historia más fuerte que me he encontrado fue la de Omar Susi, el chico de 16 años al que atropelló un camionero en el puerto de Ceuta (el 6 de abril). Lo que más me impactó fue su entierro. Los niños de la calle se lo organizaron. Niños enterrando a otro niño. Niños consolando a niños. Niños haciéndose cargo de un proceso adulto como es la muerte», cuenta Tarek.

El fotógrafo empezó con 11 años a acompañar a su padre en sus reportajes por Marruecos. «Mi padre ya trabajaba mucho el tema de los menores migrantes. Recuerdo el duro testimonio de uno de esos críos que quería ir a España. Explicaba que un policía le había violado con su porra. Se me abrieron los ojos de repente. Yo tenía la edad de ese niño».

Años después, el grupo migratorio que ocuparía el objetivo de las cámaras de los Ananou sería el de los subsaharianos, el más numeroso desde finales de los años 90. «Ellos son más duros para la inmigración que los marroquíes. Al principio entraban con más facilidad. Pero se fueron montando mafias y se fue complicando todo», añade Hamadi. Y no le falta razón.

Hoy gran parte de la migración subsahariana pasa por las manos de unas mafias con distintos eslabones. Empezando por los jefes que dirigen una organización que comienza en los países de origen y va hasta Francia. Seguidos por los prestamistas y los que facilitan las viviendas donde esperan los inmigrantes antes de partir, y terminando por los agentes de las fuerzas auxiliares que cobran un soborno por mirar a otro lado.

De la mano de Tarek Ananou nos hemos metido en sus «cocinas» y convivido con ellos. Y nos han contado como cada semana un grupo formado por cameruneses y guineanos coge el autobús en Tánger en dirección a la ciudad de Nador, en la otra punta del norte de Marruecos, para comprar las barcas hinchables. Los bosques que rodean esta región son otro de los puntos donde se concentra la inmigración africana que sale por el Mar de Alborán.

En los alrededores están 30 pequeños asentamientos donde viven, hoy asediados por la policía marroquí que ya han abortado más de 70.000 intentos de emigrar a España. Aunque desde las playas cercanas a Melilla siguen saliendo pateras todas las semanas. Gran parte son lanchas neumáticas con un viejo motor de un barco de pesca, en las que la plaza cuesta 1.500 euros. Los chicos que van desde Tánger encuentran su «toys» en las tiendas por 3.500 dirhams (350 euros). Si buscamos por internet, una barca de la marca Intex de cuatro plazas como la que utilizan, no cuesta más de 30 euros.

«Es el precio por ser negro y porque el vendedor sabe para qué la queremos», protesta un guineano. De vuelta a Tánger, guardan todo el material en pisos de los barrios de Boukhalef y Mesnara, al norte de la ciudad, donde también reúnen a los inmigrantes a la espera ir a Europa.

Si retrocedemos 20 años atrás nos encontramos la misma escena con diferentes caras y nacionalidades. Entonces, en EL MUNDO, salió en portada un reportaje sobre las mafias de la inmigración en Tánger. Se titulaba: «El reino de los traficantes de hombres». Y hablaba de los marroquíes hacinados en pensiones controladas por las mafias que esperaban su oportunidad de cruzar el Estrecho en barcas de madera por 75.000 pesetas.

Todas las personas que se han lanzado al mar tienen algo en común: el miedo al fracaso y a tener que regresar a casa. «El inmigrante ya no es el mismo. Hay muchos que se van por desconocimiento, impulsado por lo que ve en la televisión. Me he encontrado a gente que se ha arrepentido. Si uno se va y fracasa luego tiene vergüenza de volver a casa. Y muchos se quedan trabajando en cualquier parte, sabiendo que en sus países vivían mejor», comenta Hamadi Ananou.

El inmigrante «fracasado» se hizo famoso en 2007 después de que empezaran a ser deportados a sus países por el gobierno marroquí, con la connivencia del español, tras ser detenidos en su intento de saltar la valla de Melilla. Mientras el entonces presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, defendía en la ONU un proyecto que llamó «Alianza de Civilizaciones», su policía detenía y devolvía en caliente a los inmigrantes que saltaban las vallas.

Después puso las concertinas. Y, ahora, aunque el actual ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, prometió retirarlas, las únicas actuaciones del Gobierno socialista en temas migratorios han sido las devoluciones masivas de los inmigrantes que saltaron las alambradas de Ceuta y Melilla y destinar más dinero a Marruecos para que el país vecino pueda endurecer su política migratoria. Y que pueda multiplicar las deportaciones. Y crear más «fracasados».

Como al que acompañamos de vuelta a su aldea de Senegal. Toda su familia estaba rezando bajo un baobab (árbol) un viernes de oración. Cuando le vieron aparecer con dos blancos todo el mundo se quedó petrificado. Después lloró hasta el apuntador con la emoción del reencuentro. Llevaban cinco años sin verse y su padre le creía muerto. «Uno solo de vuestros zapatos vale más que todas las propiedades de una familia de aquí», explicaba el senegalés. La miseria era absoluta. El hombre se despidió preguntando: «¿Entendéis ahora porqué la gente se va de aquí?».

Ese senegalés prometió volver a intentarlo. Volver a participar en el sueño colectivo de alcanzar la otra orilla, lo que los subsaharianos ahora llaman la «bonne vie». Y así, buena vida en francés, se llamará la exposición que Tarek Ananou estrenará el 4 de enero en Rabat, donde repasará con sus fotos el periplo de los inmigrantes por el reino alauí antes de ir al viejo continente. Porque este año muchos han cruzado el Mediterráneo. Más que nunca.

A España han entrado por mar 55.700 inmigrantes (un 90% del total de las entradas irregulares, 62.126). Estamos viviendo la mayor crisis migratoria de nuestro país. Superando la de 2006, la de la crisis de los cayucos a Canarias, cuando arribaron a las islas 31.678 personas en 515 embarcaciones de madera.

Entonces, en la portada de este suplemento salió un reportaje titulado «Los tullidos de las pateras», en referencia a los inmigrantes que llegaban a Canarias con graves infecciones en sus miembros tras ser atados en las pateras para que no volcasen. El hilo de nailon que usaban como ligaduras les provocaba heridas que acababan infectándose por su exposición al sol, a los excrementos y al agua del mar. En las islas tenían que mutilarles en un hospital ante el avance de la gangrena.

El reportaje recogía a ocho de ellos mostrando sus muñones. El testimonio más impactante fue el del senegalés Mamadou. Cuando despertó en el hospital, tras varios días en coma, se quitó la sábana y deseó morirse: le habían cortado las dos piernas... Él nos lo explicó así: «No estoy muerto. No estoy vivo. Estoy solo e inválido».

El canario y el senegalés

En Canarias, en la isla de El Hierro, encontramos la historia de Ramón, un anciano de 90 años que emigró a Venezuela en 1949 en una patera con velas. Y que se había encontrado con el senegalés Hassan, que acababa de llegar en patera unas semanas antes. El anciano le contaba cómo 12.000 canarios viajaron en la posguerra española de esa manera a las costas americanas también con mafias organizadas y siguiendo el sueño de una vida mejor pagada en bolívares.

Hassan asentía con la cabeza y no hacía más que decir: «igual, igual que en Senegal». El reportaje, portada en su día de EL MUNDO, acabó siendo seleccionado por ACNUR para ilustrar una campaña que hicieron para recordar que un día no muy lejano, todos fuimos emigrantes.

Después de Canarias viajamos hasta Nuadibu (Mauritania), para ver cómo inmigrantes ganeses cavaban tumbas para el siguiente naufragio que aún no se había producido. «La tierra es dura», decía uno de ellos. Era inasumible pensar que no se pudiera hacer nada para evitar que aquellas fosas se llenasen. Y, sin embargo, todas siempre acababan con alguien dentro. Mauritania se había convertido en una especie de supermercado al servicio de los traficantes de seres humanos. Allí se compraban y vendían barcazas nuevas y de segunda mano, motores nuevos y viejos, había pensiones clandestinas llenas de inmigrantes, vendían chalecos salvavidas, kits de linternas y comida salada para la travesía... Lo mismo que ocurre hoy en día en Marruecos. Un efecto espejo.

Volver a los artículos antiguos es como hacer un flashback con tu propia vida. Sin embargo, cuando uno lee esas portadas de Crónica sobre inmigración de hace 15 años y las que se publican sobre el mismo tema parece como si el tiempo se hubiese congelado... en las aguas que mojan las dos orillas del Estrecho. Aguas de pateras.