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La pequeña gran frontera del sur: todas las contradicciones de Europa caben en una valla

 

  Nombre: Marc Ferrá
Fecha de nacimiento: 26/06/2022
Tipo:

Fuente: El Confidencial
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El Confidencial, en colaboración con el Parlamento Europeo, presenta la segunda entrega de 'Las fronteras de Europa', parte del proyecto editorial 'Decodificando la mente del Parlamento Europeo', cofinanciado por la institución. Durante el último año, hemos publicado más de 50 entrevistas con eurodiputados de todas las familias políticas sobre los grandes debates que van a marcar nuestro futuro. Ahora, aterrizamos esta amplia mirada en una serie de reportajes para comprender estos desafíos sobre el terreno. En esta crónica, analizamos la frontera más desigual de Europa: la puerta del sur. Una divisoria en la que confluyen todos los elementos ideológicos, económicos, culturales y geopolíticos que hacen de la inmigración uno de los debates más polémicos del bloque comunitario.

El sur de Europa empieza y termina en una valla de 10 metros. Media ciudad de Ceuta está rodeada por esta reja; la otra, por el Mediterráneo. Junto a Melilla, son los únicos territorios de la Unión Europea en el continente africano y albergan dos de las fronteras más desiguales del mundo. Dos ciudades que viven y conviven con la llegada, casi a diario, de inmigrantes del Magreb y toda África. Hoy, el cruce fronterizo de ceuta es un punto blindado por unos 800 policías y docenas de cámaras de seguridad cada vez más reforzado. Es un lugar de paso para miles de personas con aspiraciones a llegar al norte en búsqueda del 'sueño europeo'. Un embudo político, diplomático y económico en el que muchos de ellos se quedan varados durante meses de espera.

Esta frontera condensa la paradoja migratoria europea: un factor de alto voltaje político que alienta discursos extremos en todo el bloque, un elemento clave para amplios sectores de la economía y un arma geopolítica que algunos vecinos incómodos de Europa, desde Bielorrusia a Turquía pasando por el propio Marruecos, utilizan para obtener de Bruselas concesiones a cambio de evitar tensiones políticas internas en el bloque. En la Europa del futuro, la frontera de la inmigración y cómo abordarla es uno de los grandes temas pendientes donde parece no haber terreno neutral.

En una de las gasolineras que hay en el puerto de Ceuta, Bangoura, de 15 años, y Mamadú, de 17, esperan sentados al sol que se acerque algún coche para limpiar. Uno de ellos pasa el tiempo jugando al parchís con su teléfono. Están con un grupo de una decena de jóvenes que, como ellos, proceden de diferentes países de África Occidental: Camerún, Costa de Marfil, Guinea, Senegal… El primero de los jóvenes lleva tres meses en Ceuta y el otro, 10. Llegaron en una pequeña embarcación desde Marruecos. "No hay nada, no hay trabajo", explican. Viven los días esperando que finalice el proceso administrativo para que les trasladen a la Península.

Su intención es intentar establecerse en Francia. Allí conocen a gente, explican; pero les da igual dónde, por ahora solo quieren superar el último muro que les queda para dejar atrás su continente. En Ceuta se sienten encerrados. Explican que durante el día ganan unos pocos euros lavando coches y por la noche duermen en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI), en el que la comida "es horrible". En este centro hay actualmente unas 300 personas, según detallan. Lamentan que no reciben ninguna ayuda: "No tengo dinero para comprar ni una camiseta, tampoco para mandar a mi familia". "Únicamente les pido a los españoles que nos ayuden a salir de aquí", desea el camerunés, Bangoura. A veces jóvenes, en situaciones parecidas, intentan esconderse en los camiones o vehículos que cruzan en ferri hasta la Península.

Desde inicios del año, han entrado a Ceuta por tierra o mar un total de 430 personas, según datos del Ministerio de Interior. "Para nosotros es como el día a día, quizás es malo que lo hayamos normalizado, pero es algo habitual en Ceuta", explica Isabel Brasero, responsable de Comunicación de la Cruz Roja en la ciudad autónoma.

"Todos los días y todas las noches nos llegan personas", explica Brasero. Hay un aviso que recuerdan especialmente. El 17 de mayo de 2021. "En un primer momento, nos alertaron, como cualquier otra madrugada. Ya llevábamos varios días con entradas de personas migrantes (...) Esa mañana nos avisaron de que estaban entrando irregularmente personas por Benzú [paso fronterizo en el norte de la ciudad]". Relata que se sorprendió, porque la entrada de personas era continua. "Al mediodía, la atención se trasladó a la zona del Tarajal [en el sur de Ceuta]", recuerda esta trabajadora de Cruz Roja.

Ese día entraron más de 10.000 personas procedentes de Marruecos por la playa más próxima al paso fronterizo. Un momento que la ciudad recuerda perfectamente: "Nosotros estamos acostumbrados a ver estas situaciones, incluso peores o más dramáticas, pero nunca tantas personas a la vez y todos pasando por el mismo lugar", explica Brasero. Y añade que "nunca nos habían llegado tantos niños solos juntos, ni tan pequeños; también venían núcleos familiares juntos. Había niños de hasta ocho años".

"Lo vivimos con miedo, además, estábamos en pandemia, todos nos quedamos en casa durante el día", explican Carlos y Juan Carlos, dos jóvenes ceutíes que están sentados en una terraza del centro de la ciudad. A pocos metros, Loli y Maite también toman café. "Marruecos abrió la puerta y nos invadió", consideran estas dos mujeres jubiladas. "Nos sentimos utilizados por la política y los periodistas", lamentan. En Ceuta, cada uno tiene un recuerdo diferente de ese día, pero la mayoría coincide en que se han sentido usados, "somos los perjudicados de los conflictos, te sientes vulnerable y utilizado", lamenta Carlos.

Nadie duda en la ciudad que la entrada de más de 10.000 personas fue intencionada por parte de Marruecos. Coincidió con una de las peores crisis diplomáticas entre los dos países. España acogió, en abril de 2021, al líder del Frente Polisario en un hospital español. Un gesto que enfadó a Rabat.

"Desde que Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, viajó a Rabat, todo está muy tranquilo en Ceuta", explica un taxista de la ciudad, en refencia al viaje del mandatario español a Marruecos a principios de abril. "No hay que enfadar a Mohamed VI", bromea este hombre en alusión al fin de la crisis diplomática entre España y Marruecos. Una disputa que terminó tras el apoyo del Gobierno español, en marzo, al plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental.

Conscientes de lo delicado del debate en Europa, los vecinos de la UE han utilizado cada vez más la inmigración para ejercer una presión geopolítica. Primero fue Turquía, pero también Maruecos, y luego el líder de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko, con el traslado de miles de inmigrantes y refugiados de Oriente Medio a la frontera con Polonia y Lituania. El problema es que, con la excepción quizá de Lukashenko, la UE necesita a sus vecinos para el control de esos flujos migratorios.

"Marruecos es uno de los países más valiosos para la UE en términos de controlar la migración. Es cierto que a veces lo utiliza, pero a veces también nos ayudan mucho. Por ello debemos encontrar el equilibrio. Sin esta cooperación, los perderemos y ello tendría consecuencias mucho peores para nosotros", afirma a El Confidencial el eurodiputado checo Tomas Zdechovsky, del Partido Popular Europeo. "España comenzó un diálogo estructural con Marruecos y debe continuar. No tenemos muchos instrumentos en términos de migración y por ello es tan importante tener a países como Marruecos o Turquía de nuestro lado. Pero ellos también nos necesitan porque somos su principal mercado", añade.

La migración es una de las grandes discusiones europeas, como confirma un sondeo realizado por El Confidencial, en colaboración con el Parlamento Europeo, que se publicará íntegramente la próxima semana. La gestión de los flujos migratorios y sus efectos culturales fue mencionada por un 19% de los eurodiputados como uno de los tres mayores riesgos para la estabilidad del bloque, incluyendo un 11% que ve la 'pérdida de los valores europeos' como una de las tres grandes amenazas. Pero la encuesta refleja también la división del debate, donde la percepción de la migración como problema está muy concentrada en las familias políticas más conservadoras.

Tampoco hay unanimidad en cómo abordar la cuestión. En torno a un 43% de los consultados considera que debería haber solidaridad entre los Estados miembros, con distribución por cuotas; frente al 18% que sostiene que cada país debería hacerse cargo de las llegadas de inmigrantes por su cuenta. Pese a los roces que hay en el Consejo Europeo, en el Parlamento Europeo crece la idea de una gestión más conjunta. Mientras, casi un 23% aboga por unir fuerzas para reducir la migración a mínimos, enfocándose la repatriación de migrantes a sus países de origen. Apenas un 9% opina que hay que mantener el sistema actual.

"Ceuta es la puerta del primer mundo para el tercer mundo, es la fuga, el escape para marroquíes, para subsaharianos y todo aquel que intenta buscar una nueva vida en Europa", explica Karim Prim, que se presenta como empresario y agente cívico. "Esta es una ciudad de paso para todos estos inmigrantes, en los últimos 20 años todo el que ha venido aquí se ha ido", explica. También denuncia que "Ceuta para algunos se ha convertido, por desgracia, en el mayor negocio de la miseria". Defiende que "varias organizaciones no gubernamentales, empresas e incluso instituciones se han beneficiado con el fenómeno migratorio por las subvenciones que no dejan de llover en esta ciudad. Es una pena muy grande", lamenta Prim.

En el centro de Ceuta se mezclan las conversaciones en castellano y en árabe. Se pueden ver velos en la calle y mujeres haciendo 'topless' en la playa. Es una ciudad de 84.000 habitantes y 18 kilómetros cuadrados, construida con siglos de convivencia intercultural. Es una ciudad pequeña, pero compleja; con muchos matices y diferentes realidades sociales que coexisten. La frase más repetida por los caballas (gentilicio que también reciben las personas de Ceuta), es que en la ciudad históricamente siempre han convivido cuatro culturas: la cristiana, la musulmana, la hindú y la hebrea. "Hay buena relación entre todos, con sus roces, pero como en cualquier otro sitio", explica uno de los taxistas de la ciudad.

En la playa del Tarajal, las opiniones son muy diferentes a las del centro de la ciudad. Es la playa más próxima al barrio del Príncipe, de mayoría musulmana. Es un distrito que vive aislado. La mayoría de ceutíes del centro nunca lo han pisado porque lo consideran "peligroso". "Nos sentimos discriminados por nuestra religión, si vas a pedir trabajo y dices que eres del Príncipe, no te lo dan", cuenta Ismail. Este chico de 29 años explica que lleva siete años apuntado en la lista del paro, pero nunca le han llamado. "En Ceuta solo trabajas si tienes enchufe", asegura.

"El que está separando la convivencia entre estas cuatro culturas es Vox", lamenta Ismail y añade indignado: "No tienen derecho a decir que nos vayamos a nuestro país. Somos españoles, y me llaman emigrante, aunque he nacido aquí y tengo pasaporte español". Otro taxista que espera en la parada próxima a la frontera explica que tienen miedo de la entrada de la ultraderecha en la Asamblea de la ciudad, "solamente buscan el conflicto, cuando aquí siempre hemos estado bien entre todos".

Este territorio español en África mira a la Península, al mismo tiempo que mira a Marruecos y al continente africano. "Aquí debemos mirar a ambos lados, al norte y al sur. Yo como empresario tengo que mirar más al sur", explica Karim Prim. Cuenta que desde el cierre por la pandemia en 2019, muchas de las tiendas han cerrado. "Todo lo que traían para Ceuta no era para la ciudad, era para Marruecos. El Lidl que tenemos aquí era el que más facturaba de toda Europa, pero no por los ceutíes, sino por los marroquíes que venían a comprar. En vez de llevarse un paquete, se llevaban un palé", relata.

Ceuta y Melilla son la frontera sur de la Unión Europea, las únicas en territorio africano. Durante la pandemia, los pasos fronterizos estuvieron cerrados dos años. Una vez reabiertos, a mediados de mayo, las restricciones para acceder en este territorio europeo se han endurecido. Por ahora solo pueden acceder las personas con pasaporte de la UE o visado Schengen, también algunos de los trabajadores transfronterizos, que viven en Marruecos y trabajan en Ceuta; aunque a la mayoría les ha caducado el permiso para cruzar y están bloqueados en uno u otro lado de la frontera.

Rachida Jraifi, portavoz del colectivo de trabajadores transfronterizos atrapados en Ceuta, lleva más de dos años sin salir de la ciudad. Después del cierre por la pandemia, no pudo volver a cruzar a Marruecos, donde tiene su casa. Explica que la situación de centenares de mujeres como ella es muy difícil, antes tenían un permiso que les permitía cruzar la frontera para trabajar, pero sin derecho a pernoctar en la ciudad. Algunas de ellas llevaban más de 20 años cotizando a la Seguridad Social española.

A la mayoría les ha caducado este permiso y de momento no lo pueden renovar porque en muchos casos también se han quedado sin contrato de trabajo. "Es un trámite burocrático muy agotador", definen. Durante el último año, los trabajadores transfronterizos que se han quedado atrapados en Ceuta se han concentrado cada lunes delante la Delegación de Gobierno. Relatan que no quieren cruzar a Marruecos porque temen que, si lo hacen, no saben cuándo podrán volver a Ceuta y, por tanto, su trabajo podría peligrar. Además, cuentan que se sienten olvidados por las autoridades.

Con la reapertura, España y Marruecos han defendido que se va a acabar el contrabando en la frontera. Una actividad que en el pasado ha nutrido económicamente ambos lados, pero que suponía a la vez una actividad inhumana para muchas mujeres que pasaban hasta dos veces por día la frontera cargadas con kilos y kilos sobre sus espaldas de productos para revender.

La normalidad pospandemia también ha supuesto más dificultades para cruzar. Antes del cierre, los marroquíes que vivían en las localidades próximas podían acceder a Ceuta sin visado, solo enseñando su carné de identidad, una excepción que por ahora no se ha vuelto a aplicar. Incluso sobre la ciudad autónoma, planea la posibilidad de que entre en zona Schengen y únicamente puedan acceder los que tienen este visado, que les permite circular por toda Europa. En toda Europa, la pandemia, más que la inmigración, puso precisamente en cuestión el sistema Schengen, con cierres unilaterales de cada país, pese al intento de la Comisión Europea de establecer cierta coordinación.

A última hora del día todavía quedan decenas de personas en la playa: si miran al horizonte, poco a poco pueden ver las farolas y luces del lado marroquí que se encienden. En el otro extremo de la ciudad, pero mucho más lejos, también se aprecian las del sur de la Península. Los ferris siguen saliendo. Bangoura, Mamadú y sus colegas vuelven al CETI donde cenan y duermen. En la frontera, algunas personas cruzan para ir a Marruecos, no hay prácticamente cola. La policía vigila cada kilómetro de valla y costa. Los comercios cierran y muchas terrazas de bares y cafés de la ciudad se llenan. En pocos kilómetros cuadrados, la ciudad muestra todos sus rostros. La rutina diaria la marcan los que viven en Ceuta, los que están de paso, pero también los que se juegan la vida para intentar llegar.