Aragoneses en la revolución cubana

02 de Junio 2010
Aragoneses en la revolución cubana





El caserón de la familia Miralles, emigrada desde Teruel, sirvió de refugio de los rebeldes de Fidel Castro durante los años de lucha en Sierra Maestra

La señora Pilar se levanta todos los días a las cuatro y media de la madrugada, y prepara el café que, una hora después, venderá por un miserable peso cubano a los que confluyen en la calle Amistad, junto al boulevard San Rafael, mitad madrugadores por obligación, mitad noctámbulos por devoción. Es el centro de La Habana, un barrio en eterna rehabilitación en el que conviven turistas con caché de lujo con proxenetas y camellos, cuyas mafias no se han hecho con el control del barrio por la implacable presencia de los boinas grises, unidad de élite de la policía cubana.

Pilar intenta que todos los días haya un puchero en el fuego. Sus padres eran aragoneses -de la población turolense de Mas de las Matas- y comunistas de los tiempos de La Pasionaria, y eso se nota. La abuela es una luchadora y a sus casi 70 años no se da por vencida en las acometidas furibundas que da la vida. Su hija mayor vive en Estados Unidos, donde da clases de español. Enseña sus fotos con gran anhelo, casi con desesperación. Pronto podrá abrazarla de nuevo. El gobierno de Aznar otorgará la nacionalidad española automática a los hijos cuyos padres emigraron y mantuvieron su ciudadanía. Este es el caso de Pilar, que a partir de ahora será considerada como hispano-cubana.

Mientras prepara los formalismos burocráticos, la abuela y su hija Yamila trabajan sin cesar para sacar adelante a sus dos nietas, de 22 y 14 años, Yulianela y Lissandra. Pilar, aquejada de males infinitos, abre el cajón para reforzar la moral con las medallas que guarda celosamente y que le acreditan como heroína de la Revolución. De hecho se jugó el físico en innumerables ocasiones, allá por el 57, cuando la casa que sus padres habitaban en Sierra Maestra servía de refugio para guerrilleros de primera línea como el Che Guevara o Camilo Cienfuegos, el tercer comandante, fallecido misteriosamente a los pocos meses del triunfo revolucionario.

La relación de Pilar con Camilo, hombre nacido en una humilde familia de la capital y a quien se encargó oficialmente la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), fue muy estrecha desde que se conocieron fortuitamente en las primeras incursiones rebeldes en Sierra Maestra. La de ella fue casi de noviazgo, aunque finalmente aquella hermosa joven de 19 años se decantó por un policía de Matanzas, con el que tuvo tres hijos.

Sus padres, Juan Antonio Miralles y Remedios Calvo, habían dejado a principios de los años 30 Mas de las Matas, un pueblo por aquel entonces anclado en la pobreza con grandes latifundios que luego colectivizarían a sangre y fuego los anarquistas en el 36. El matrimonio decidió cruzar el charco en busca, como todos, de fortuna al otro lado del Atlántico. Años antes, un hermano de Juan Antonio, Andrés, había fijado su residencia en la provincia interior de Matanzas y les conminó a que dieran el paso. Y lo dieron, inducidos además por el vaticinio de los terribles años que se avecinaban en España. Remedios salió del puerto de Santander embarazada y los recién casados tuvieron su primer vástago en pleno viaje. La parturienta, deficientemente atendida en un barco atestado de buscavidas, no pudo sino ponerle el nombre de Marino Eustaquio. Luego nacerían Pilar (1934), Elena Isabel (1943) y Armando (1944), ya en la casa donde se instalaron en Sierra Maestra, una zona entonces tranquila pero que años más tarde se convertiría en un auténtico campo de batalla y en cuna del nuevo orden político.

Todos, menos Marino, que todavía vive en el caserón que sus padres construyeron hace más de 50 años, estuvieron ligados a la trayectoria de Camilo Cienfuegos, segundo lugarteniente de Fidel, al que conoció en México en el exilio tras el fallido asalto de Castro al cuartel de Moncada (1953). Elena Isabel fue secretaria y mensajera, mientras que Armando, con sólo 13 años, se convirtió en hombre de confianza de Camilo cuando éste, al frente de unos cuantos guerrilleros, llegó a las selvas de la sierra en busca de refugio, acosado por las tropas de Batista. Era diciembre del 56. Fidel, el Che y Camilo formaban parte del operativo de 82 rebeldes que viajaron a Cuba desde México en el yate Granma y que iniciaron la Revolución.

Después del triunfo de los castristas, Armando siguió la carrera militar. Ahora, tras haber dirigido una de las tres academias de formación de mandos que existen en Cuba -la de Interarmas Antonio Maceo- y sufrir la pérdida de un hijo en Angola, es coronel retirado y trabaja para el Ministerio del Azúcar.

"Los revolucionarios -cuenta Pilar Miralles- hostigaban a las tropas de Batista continuamente". En Sierra Maestra, una zona de paisaje agreste, inaccesible y selvático, los hombres de Fidel llevaban siempre la iniciativa y los soldados leales apenas tenían posibilidad de respuesta.
Líderes con carisma

"El Che y Camilo, siempre con sus armas cargadas, eran no sólo protagonistas por su rango de comandantes, sino también por su carisma", explica Armando, que cayó herido en una pierna y cojea ostensiblemente. "El Che -recuerda Pilar- desprendía muy mala olor. Era asmático y tenía pánico al agua fría que discurría por los ríos de la sierra. Así que escasamente se lavaba. Sin embargo, su discurso era atractivo y convincente. Era un hombre cultísimo que subyugaba a cualquiera que conversara con él". ¿Y Fidel? El comandante en jefe de la isla aparecía poco por la casa, narran os hermanos Miralles. "Él preparaba las operaciones en su cuartel general", explican.

Pilar no sólo se dedicó a apoyar logísticamente a los rebeldes desde la casa de sus padres, sino que empuñó un arma e hizo frente a las tropas de Batista como cualquier barbudo que combatiera en Sierra Maestra. Tanto ella como su hermana menor, mensajera de Cienfuegos, integraban uno de los Batallones de Mujeres, a cuyo mando estaba una tal Universo Sánchez. Un nombre de vedette para una convencida revolucionaria.

Camilo Cienfuegos era el tercer comandante, destinado a estructurar el ejército rebelde. Pilar no lo recuerda precisamente como un burócrata, sino como un guerrillero audaz con cartucheras en la cintura y un fusil colgado del hombro. "Aquellas melenas, y esas barbas. Camilo era un cubano del pueblo, querido por el pueblo, además de un revolucionario comprometido. Siempre estaba en primera línea", asegura.

Por su parte, la colaboración entre Armando y Camilo duró poco, ya que éste, pocos meses después del triunfo de la Revolución y la toma de La Habana, desapareció inexplicablemente al caer la avioneta al mar cuando regresaba de sofocar una revuelta contrarrevolucionaria en la provincia de Camagüey.

Sólo unos días antes, Elena, una atractiva jovencita de 17 años y tercera de la saga de la familia aragonesa, había realizado un corto viaje en el mismo aparato, y con el mismo piloto. Los Miralles no entran en detalles de lo que pudo suceder en aquel viaje. Sólo rememoran el terrible impacto que causó. "Al conocerse la noticia y propagarse el rumor de que la avioneta había caído en aguas de La Habana, todos los ciudadanos de la capital dejaron sus tiendas, sus negocios, sus quehaceres habituales para convertir las aguas que bañan la ciudad en un inmenso dispositivo de búsqueda". Sin embargo, nada apareció.

Familiares en Aragón

En Mas de las Matas apenas queda constancia de la ascendencia de la familia, ya que los archivos municipales fueron arrasados en la Guerra Civil, aunque sí se han logrado reconstruir las partidas de nacimientos, según testimonios de familiares, que han aparecido en abundancia después de un meticuloso trabajo de investigación del párroco de la población, Alfonso Belenguer. Armando Miralles también recuerda emocionado el tercer encuentro de Jefes de Academias Militares Iberoamericanas, en el que participó en 1996 junto a una delegación de la AGM de Zaragoza, con el general José Ramón Lago al frente. Hasta hoy, había sido su único contacto con Aragón.

Después del triunfo revolucionario, Juan Antonio y Remedios, fundadores de la saga de los Miralles, siguieron cultivando la caña de azúcar en los terrenos adyacentes al caserón que años antes había servido de refugio de guerrilleros. Mucho más tarde, tras su muerte todavía como ciudadanos españoles -Juan Antonio falleció a los 81 años en 1981-, los avatares de la vida distanciaron inexorablemente a sus hijos. Pilar hace ya tres décadas que ejerce de viuda. "Llevo 28 años sola", se queja con frecuencia.

La cuarta generación está asegurada. Con la abuela viven en un minúsculo apartamento Yulianela, que a pesar de sus problemas de rodilla tiene buenas maneras como bailarina, y Lissandra, que a sus 14 años, quiere aprovechar su fotogenia para ser modelo.

La de hoy es una Cuba diferente a la que conocieron sus abuelos y la juventud que abandona los estudios en secundaria está más preocupada en conseguir ropa de marca que en asimilar el modelo de economía comunista que aún predican los hermanos Castro. Lo imposible sucedió hace bien poco, en mayo, cuando, con ocasión de la visita del expresidente norteamericano Jimmy Carter, la bandera estadounidense ondeó en el aeropuerto José Martí por primera vez en 45 años. Ahora, entre los jóvenes de la capital está de moda lucir un pañuelo en la cabeza con los colores de barras y estrellas. Los viejos revolucionarios han quedado algo trasnochados, pero Fidel y su curia de comandantes siguen controlando con mano férrea el país. Pilar Miralles luce con orgullo sus medallas, pero quizá a estas alturas hayan perdido todo su valor. El encuentro con la hija perdida ha sido ahora su verdadera y más dura victoria.




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