Trabajos de investigación agrupados por temática
¿De verdad necesitamos más inmigración?

 

  Nombre: Rafael L. Bardají
Fecha de nacimiento: 06/12/2018
Tipo:

Fuente: Expansión
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Un reciente informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, conocida como Airef, que se ha aireado mucho en los medios estima que España tendrá que recibir al menos unos ocho millones de nuevos inmigrantes para garantizar la sostenibilidad de nuestro sistema económico de aquí a 2050, dando a nuestro país una población cercana a los 55 millones de habitantes, de los cuales solo (si las matemáticas no me fallan) algo menos del 71% serían los nacidos en nuestro suelo, bien de padres españoles, bien de padres extranjeros ya afincados en España. No hay ningún país en el mundo con tal proporción de población no nativa. Por lo tanto, es justa una reflexión sobre qué puede significar esta tendencia, cuáles serían sus implicaciones más allá de lo meramente económico y por qué habría que aceptar de buena gana esta situación o, en caso de que consideremos que no es conveniente, pensar cómo se puede evitar.

He de reconocer, en primer lugar, que el asunto de la inmigración ni es fácil ni responde a los encasillamientos habituales de izquierdas y derechas, ricos viviendo de las rentas y trabajadores, emigrantes legales e inmigrantes indocumentados e ilegales. Es más, nadie en su sano juicio puede decir que la inmigración, toda la inmigración, es perjudicial. Particularmente en el doble entorno de rápido cambio en el ámbito laboral y de acusada decadencia demográfica que aqueja a Europa y, singularmente a España. Pero tampoco nadie en su sano juicio puede defender una política de puertas abiertas a todo el que quiera venir y una estrategia que, en lugar de intentar frenar la arribada ilegal de inmigrantes, la incentiva con su efecto llamada. La inmigración es y va a seguir siendo necesaria, pero de forma limitada, selectiva y siempre que responda a las necesidades reales del país receptor. Lo contrario, la llegada descontrolada de cientos de miles o de millones de inmigrantes no solo no va a resolver nuestras estrecheces económicas y los planes de pensiones, sino que va a agudizar los problemas del estado de bienestar, a erosionar la cohesión y, finalmente, a complicar la paz social.

LOS COSTES

La derecha ha sido tradicionalmente favorable al inmigrante por razones económicas. La inmigración se ve, en primer lugar, como mano de obra más barata que la nativa y con el efecto "positivo", además, de que, por estar dispuesta a aceptar condiciones laborales menos estrictas, presiona los salarios a la baja en los sectores donde se concentran los inmigrantes. Pero esto me parece una mera competencia salvaje cuyos beneficiaros son siempre los empleadores.

En segundo lugar, los inmigrantes son catalogados como consumidores de bienes y servicios que estimulan la demanda y, por tanto, hacen que la venta de bienes y servicios crezca. Esta lógica además de, en alguna medida amoral, es errónea porque no tiene en cuenta más que un lado de la moneda, lo que aportan los inmigrantes, pero descuida su coste. Sobre todo, cuando el inmigrante que viene no está cualificado, apenas habla nuestro idioma y aspira sobre cualquier otro interés a que sea el Estado y las instituciones públicas quienes lo mantengan.

En la España de 2017 cada inmigrante costaba a las arcas públicas en torno a los 60.000 euros en su primer año de acogida, si se computan todos los costes sociales que lleva aparejada su presencia en nuestro país. Un análisis detallado de los bienes sociales que consumen los inmigrantes nos ofrecería una fotografía no tan rosa como la que se suele pintar: acceden a mayores ayudas de supervivencia, son favorecidos en la adjudicación de vivienda social, disfrutan de sanidad y educación gratuitas e incluso ven cubiertos los gastos de reunificación familiar. Basta ver los boletines oficiales para comprobar que esa es una situación de discriminación positiva, y que es la que explica que muchos españoles que querrían un trato similar piensen que hay muchos extranjeros en nuestro suelo. Y también ayuda a entender que los inmigrantes que ya han conseguido arraigo entre nosotros quieran que se controle cuántos llegan ahora, por miedo a perder sus ayudas.

LOS INGRESOS

También sabemos que el paro es mucho mayor entre los inmigrantes que entre los españoles (con la excepción de la comunidad china) y que, por tanto, su aportación a la riqueza nacional y a las arcas del Estado es significativamente inferior a la que hacen los españoles que tienen un empleo, no ya en términos absolutos, sino en términos relativos. Un 12% de la población que apenas contribuye con el 3%.

Una tercera justificación económica, muy extendida entre la opinión pública, es que el inmigrante viene a cubrir un trabajo que ningún español está dispuesto a realizar y, sin embargo, no por extendida esta creencia es más realista: salvo en momentos determinados y en zonas específicas, no hay ninguna profesión donde los inmigrantes sean mayoritarios (perdónenme, pero me niego a considerar un sector productivo el top manta). Esto es, en todo tipo de trabajo hay españoles y españolas.

Desde luego, en una sociedad que ha redescubierto la hidalguía (aun sin saberlo) y que solo ve en el trabajo un castigo del que escaquearse y no un camino para mejorar y progresar en la vida, un camino de realización y responsabilidad, habrá muchas personas que prefieran vivir de subsidios antes que tener que levantarse temprano para acudir a desarrollar su empleo. El problema es que entre estos zánganos 2.0 que nuestro fallido sistema educativo ha generado y los millones de inmigrantes que van a necesitar las garantías de las ayudas públicas no hay estado de bienestar viable. Los inmigrantes no pueden cubrir el trabajo que todo español debe realizar. Y da igual el número que aceptemos. Los españoles deben trabajar en todo y eso solo se logrará inculcando los valores de una sociedad responsable que genere riqueza, no que se crea rica por poder tener un asistente, una cocinera o un jardinero extranjero.

SEGURIDAD

Desde la izquierda, los argumentos a favor de la inmigración se condensan en dos: obligación moral ante los desmanes imperialistas de nuestro capitalismo y enriquecimiento de nuestras sociedades vía diversidad cultural. En lo primero no voy a entrar, ya que es harto complicado fijar hasta dónde debemos retrotraernos en nuestras supuestas culpabilidades y cuánto pesa la historia en los jóvenes que vienen hasta nuestro país, que, me temo, es bastante poco, la verdad.

Pero donde sí hay datos fehacientes es en lo relativo al enriquecimiento del acervo cultural y social. Y no voy a referirme a los ejemplos típicos, por fáciles, como la introducción de la práctica de la ablación, los matrimonios arreglados con menores, la poligamia o el burka. En cambio, sí quiero subrayar un hecho: cuando los inmigrantes provienen de culturas distintas a la nuestra, la occidental o judeocristiana, tienden a formar guetos cerrados donde viven según sus costumbres y leyes. Ha pasado en nuestros vecinos europeos y está ocurriendo en nuestras ciudades, léase en el Raval de Barcelona o en Lavapiés en Madrid. Y ejemplos hay desde Alicante a donde se quiera.

Lo que se suele llamar en Europa zonas no-go son en realidad bastante inocuas para cualquier varón occidental, pero no así para las mujeres, que suelen ser acosadas, insultadas y hasta agredidas. Ni tampoco para los representantes de la ley, porque es la autoridad y la ley del país de acogida lo que rechazan. La violencia y el descaro que muestran una vez y otra sí algunos de nuestros inmigrantes contra los agentes del orden va en la misma tónica. No es que todos los inmigrantes sean unos delincuentes: esto hay que dejarlo meridianamente claro. Pero no es menos cierto que están sobrerrepresentados en nuestras cárceles, donde la población reclusa alcanza casi el 30%, menor que en años anteriores, pero casi tres veces por encima del peso de la población inmigrante en España. Es más, los datos se refieren únicamente a los reclusos y no a los criminales que por alguna razón han sido detenidos, pero no encarcelados. España no es diferente a Europa en el terreno de la seguridad. Y desde 2015 todos los países (más transparentes que España) han publicado datos que subrayan lo que muchos sienten: que sí hay un vínculo (y estrecho) entre los inmigrantes de sociedades musulmanas y africanas y el aumento de la delincuencia.

REFUGIADOS Y REFUGIADOS

Se puede intentar disfrazar la realidad y manipular los datos hasta donde se quiera, pero el sentido común nos lleva a pensar que la inmigración actual y la que se nos avecina, va a tener más consecuencias negativas que positivas. Más cuanto más distinta sea la cultura de la que proceden. Y que conste que esto no tiene que ver nada con la raza y el color de la piel. Al contrario, tiene que ver con el sistema de valores y las instituciones sociales por las que se rigen. España no puede asumir más parados y dependientes que únicamente saben cómo exprimir el sistema para alcanzar unos niveles de bienestar que nunca han disfrutado. Simplemente no hay dinero para pagar la factura. Y una cosa es recibir humanitariamente a un refugiado de Siria y otra muy distinta a decenas de subsaharianos que lo acompañan en su huida. Una cosa es huir de una guerra y otra emigrar por razones económicas. Y también hay que decirlo, una cosa es un "refugiado" que ha sido militante de grupos islamistas y que huye de la represión, de un cristiano que ha sido doblemente perseguido por un régimen y los grupos terroristas islamistas. No todos los refugiados son iguales. Ni pueden serlo. Como tampoco es ni debe ser que la inmigración sea un derecho de quien emigra, sino más bien un privilegio que concede el país receptor.

Conviene tener algo muy claro. El tipo y la naturaleza de los inmigrantes que han llegado recientemente a España, los que están llegando hoy y los que van a llegar a partir de mañana no cuentan con el perfil de la inmigración que nuestro país necesita. Por lo tanto, lo que todo Gobierno debería poner en marcha urgentemente es un plan que desincentive la inmigración que estamos recibiendo así como una política migratoria capaz de traer a España la inmigración que sí necesitamos.

COPAGO

Los inmigrantes ilegales vienen porque están completamente persuadidos de que solo hay beneficios para ellos, sin coste alguno. Y eso hay que revertirlo. Todo inmigrante ilegal llega cometiendo ya un delito y debe ser rechazado por ello. Y desde luego, cualquier inmigrante que cometa un segundo delito, debe ser expulsado de inmediato. Acabar con el libre acceso a la sanidad, educación y otros bienes sociales tendría que ser imperativo. El Banco Mundial, ese altar de la ortodoxia económica, ya ha lanzado al respecto ideas como el copago durante un cierto tiempo e incluso un tipo de carga impositiva, un IRPF más alto, para aquellos inmigrantes que trabajen.

Y la razón para pensar en esta clase de ideas es muy sencilla. Un país se ha construido con el esfuerzo de generaciones. Con la gente que ha pagado con su esfuerzo el nivel de servicios públicos que hoy disfrutamos. Y aunque donde comen 10, comen 15, malcomen 30 y pasan hambre 100, para gozar de los mismos servicios que los españoles, hay quienes piensan, y yo me encuentro entre ellos, que los inmigrantes deberían pagar más por ellos, como una compensación por la historia que nos ha hecho lentamente ser lo que somos. Pero no lo digo solo yo: lo dicen también los expertos del Banco Mundial.

España, con más de un 11% de inmigrantes, ya es bastante multicultural y diversa. Con un 30% dejaría de ser España. Si eso es lo que quieren las instancias públicas, que mantengan la actual política de puertas abiertas. Si los españoles no lo quieren, que lo expresen en las urnas. La inmigración se puede controlar; la inmigración ilegal se puede detener. Hay países que lo han logrado. Australia es un claro caso, aunque quizá con demasiadas especificidades. Dinamarca lo está logrando, incluso con medidas tan poco presentables como la confiscación de bienes por encima de los 1.500 euros si se van a solicitar ayudas sociales. Italia lo ha hecho porque su ministro de Interior, Salvini, ha redireccionado los flujos de inmigrantes hacia nosotros. La UE estudia poner en marcha un amplio plan de construcción de campos de refugiados e inmigrantes en el Norte de África. Opciones hay muchas y todas bien conocidas. Se sabe lo que funciona y lo que no. Lo que nos falta es esa famosa voluntad política de hacerlo. Pero no hacer nada, no resuelve nada. Al contrario, el problema se agudizará.

PS. Los datos sobre los costes de la inmigración en España se pueden encontrar en "El coste de la Inmigración extranjera en España". GEES, Madrid, 2018. (http://www.gees.org/ contents/uploads/articulos/LainmigracionysusefectosenEspaña4.0.pdf)