Pedro Baños, coronel del Ejército en la reserva y exjefe de Contrainteligencia y Seguridad del Ejército Europeo en Estrasburgo, es experto en geopolítica y terrorismo yihadistas y, en un ciclo de conferencias, acaba de ofrecer su visión del actual fenómeno migratorio que sufre España y Europa.

–¿Cree que algunos países de la UE no toman en serio al Islam como proyecto político que va más allá de una religión?

–Entramos en un tema muy delicado, porque es el ámbito de las políticas nacionales, ¿no?; políticas nacionales guiadas muchas veces por ideologías, más que por una racionalidad de estado. Creo que no se está suficientemente en alerta sobre el significado verdadero de este Islam político antidemocrático, que empieza a asentarse con cierta fuerza en algunas partes de Europa. Es muy importante tenerlo en cuenta. No estamos hablando, por supuesto, de ir en contra del Islam ni de los musulmanes, ni muchísimo menos. Estos ciudadanos tienen derecho a vivir en Europa y, además, la inmensa mayoría cumple con los valores democráticos. Pero hay una minoría creciente en ciertos países impulsada por fuerzas que pretenden hacerse con parte del control político de Europa. Además, aunque sea nada más por unas diferencias de natalidad acusadas, pues pueden ir teniendo una cierta preponderancia con el paso de los años. Y en los países democráticos no se pueden consentir actitudes que vayan contra los valores y principios que defendemos en Europa.

–¿Cómo valora la percepción que hay en España?

–Tenemos grandes ventajas, ya que, hasta ahora, no se han formado importantes guetos, como ya existen en otras partes de Europa, con barrios que están al margen de la legalidad nacional. Aquí somos un pueblo muy tolerante, abierto, que acepta muy bien la diversidad en todos los órdenes; cosa que no ocurre en otros países europeos, que presumen de ser democracias más asentadas que la española, y tienen elementos de racismo, xenofobia e, incluso, islamofobia. Aquí vivimos en un contexto diferente. Pero eso no significa que no tengamos que saber lo que sucede en otras partes de Europa, aprender las lecciones de lo que han hecho mal otros estados.

–¿Hay barrios de Barcelona en los que, de facto, funciona y se aplica la Sharia (Ley islámica)?

–Sí. Aquí, como digo, estamos en unos estadíos muy inferiores a los de otras partes de Europa, pero quizá ahora mismo el problema principal en el conjunto de España esté en Cataluña.

–¿Por qué? ¿Qué factores han contribuido a esa situación?

–Pues quizá el contexto político, pues en algún momento se primó una inmigración de musulmanes (no todos ellos), pero, evidentemente, a medida que aumenta el número, también crece esa radicalización. Y quizá no se ha prestado la atención suficiente por los poderes políticos. Se ha vivido en un contexto diferente al del resto del Estado.

–¿Y qué clase de atención hay que prestar en estos casos?

–A cualquier guiño que no coincida con nuestros valores democráticos. Una cosa es respetar la idiosincrasia de las religiones, pero no se puede tolerar cualquier gesto que vaya en contra de nuestros principios. Y en algunos casos ha habido esos comportamientos y vemos que no se toman las medidas adecuadas; por ejemplo, si hablamos de respeto a la mujer e igualdad. En algunos casos, eso no se materializa en algunos grupos extremistas, que son una minoría.

–¿Qué consecuencias puede tener la pandemia a la hora de reajustar las potencias mundiales? ¿Esto es una exageración?

–No. Con la pandemia se agudizan situaciones ya existentes. Apreciamos el enfrentamiento entre Estados Unidos, que se ve como potencia decreciente, y una China, que se ve de forma clarísima como potencia creciente. Pues esto significa una acentuación de ese enfrentamiento. Tiene toda la lógica, porque China, al menos en apariencia, sale bien de la pandemia, mientras que en EE. UU. y Europa todavía la padecemos con intensidad y probablemente aún nos queden muchas etapas de sufrimiento. Y China avanza aún más rápido en ese intento de sorpasso a Estados Unidos como potencia mundial.

–¿Cómo ve el actual fenómeno migratorio hacia islas como Canarias?

–La disparidad de renta per cápita y del PIB entre los países europeos y los africanos es tan gigantesca que provoca estos movimientos en un mundo híperconectado donde todo el mundo sabe lo que hay en las zonas más remotas del planeta. Y, cuando se les limita por unas vías, buscan otras. Como se les limitó el paso por Marruecos, buscan otras rutas para venir, no para quedarse en Canarias ni en la Península, sino ir a otros países de la Unión Europea. No había infraestructuras preparadas ante un fenómeno sobrevenido; no se había preparado, pues era imposible prever que viniera una avalancha tal de personas. Lo primero que hay que pensar es que son seres humanos, que hacen lo que haríamos cualquiera de nosotros en su situación. Eso no significa que no haya que tener también un control estricto, sobre todo pensando que en esas partes de África desde donde vienen, hay grupos salafistas-yihadistas que pueden tener intereses en enviar a ciertas personas que se conviertan en combatientes. Pero la inmensa mayoría viene buscando un mundo mejor, una esperanza, labrar un futuro. Nosotros tenemos que adaptar las medidas preventivas de seguridad necesarias, que, de hecho, se adoptan porque aquí tenemos personal muy capacitado de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y de los servicios de Inteligencia.

–¿Qué opina de la estrategia de la UE para frenar las migraciones con dinero, en teoría, para desarrollo de esas regiones?

–Sucede igual que con una isla: aunque sea la más paradisíaca, dependiendo del número de personas que habiten en ella, puede terminar como un verdadero infierno. La inmigración debe estar bien regulada, pensando primero en la atención humanitaria, pero también que tienen que venir en condiciones aceptables, no solamente para los que llegan, sino también para los que ya están aquí. Respecto al dinero de la UE, esto no es de ahora, es de hace más de 20 años. Pero muchas veces ese dinero se diluye y se queda en manos de una corrupción endémica en algunos de estos países africanos y no llega donde tiene que llegar para, precisamente, mejorar sus condiciones de vida y que no ansíen emigrar. Lamentablemente, a veces ese dinero solo sirve para políticas coercitivas, dado el grado de corrupción que hay, y no para acciones de desarrollo.

–¿Cree que alojar migrantes en hoteles de forma temporal ejerce un efecto llamada?

–Siempre influye. Hay que pensar que, además, el inmigrante, cuando llega a un lugar, intenta transmitir una imagen más positiva, incluso, de la que vive en realidad. Tiene su lógica, porque es una persona que ha hecho un esfuerzo por llegar. Y entonces trata de tranquilizar a sus familiares y amigos, para que consideren que está bien. Sin duda, esto es atractivo, tiene un efecto llamada. Pero también es muy difícil juzgar, sobre todo porque es una situación sobrevenida. No había capacidad, no había medios para poder alojar a estas personas en unas condiciones de dignidad. La cuestión es qué otra medida cabía hacer. Esto, de forma probable, no puede perpetuarse en el tiempo, porque puede tener, al final, efectos colaterales negativos, incluso para el turismo y la imagen de Canarias. Era difícil buscar con rapidez otra solución alternativa.