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Kakuma, el viaje de los refugiados a «ninguna parte»

 

  Nombre: Ignacio Gil
Fecha: 25/12/2017
Tipo:

Fuente: ABC
URL relacionado: http://www.abc.es/internacional/abci-kakuma-viaje-refugiados-ninguna-parte-201712250318_noticia.html

Kenia alberga dos de los mayores campamentos del mundo, donde se hacinan más de 184.000 acogidos

Ninguna parte, eso es Kakuma, que en swahili significa algo así como «la nada». La vida va deprisa en este campamento de refugiados de Kenia, uno de los mayores del mundo. Su historia arranca en 1992, con la llegada de «los niños perdidos de Sudán», rendidos de miedo y cansancio en su huida del hambre y la guerra. Un cuarto de siglo después, Kakuma se ha convertido en una gran «ciudad» de 187.000 refugiados de guerra. De estos habitantes, 14.000 son menores huérfanos que han llegado solos o en compañía de algún familiar.

En el noroeste de Kenia, a 90 kilómetros de la frontera con Sudán del Sur, en la región de Turkana, un lugar desértico y pobre acoge una de las mayores poblaciones de refugiados del mundo. Personas llegadas de todos los países de la región de los Grandes Lagos, del Cuerno de África y lugares más lejanos, componen una población de dieciocho nacionalidades (sobre todo de Sudán, de donde proceden más de 100.000, y Somalia, con 50.000).

Los refugiados hacen cola para recibir productos de higiene
Los refugiados hacen cola para recibir productos de higiene-IGNACIO GIL

Kakuma se ha convertido en «el destino» en el que cientos de exiliados de guerra encuentran seguridad, alimentos, sanidad y, sobre todo, educación. El 60% de la población tiene menos de 18 años, cada mes nacen 700 niños y muchos de sus habitantes son ya «ciudadanos de segunda generación»: sus madres ya nacieron en este campamento y no conocen sus lugares de origen.

Hutus y tutsis

Lomu Yuduwan, de Etiopía, o Samson Rokak, de Sudán del Sur, ambos de 16 años, llegaron a este lugar sin acompañante. Christiane Ininahazwe, de 31 años y de la etnia tutsi, llegó procedente de Burundi, donde fue violada repetidamente por hombres de etnia hutu en presencia de su hija. Desde entonces, la niña no ha conseguido volver a hablar.

Kakuma ya funciona como una ciudad. Entre las casas de adobe con techos de plástico o metal aparecen pequeños comercios, servicios de moto- taxi o improvisadas salas de cine, donde se puede ver alguna película en pantallas de televisión instaladas en una sala oscura.

Numerosos refugiados regresan a sus casas, en el asentamiento de Kalobeye, después de la misa oficiada por el jesuita padre Francoise
Numerosos refugiados regresan a sus casas, en el asentamiento de Kalobeye, después de la misa oficiada por el jesuita padre Francoise - I-GIL

En este escenario es donde actúa el Servicio Jesuita al Refugiado, socio de la ONG española Entreculturas, que ofrece programas para niños con necesidades especiales y otros de protección y seguridad para menores y mujeres. También facilita que los jóvenes puedan seguir sus estudios universitarios en otros centros del mundo a través de aulas virtuales. Y como el Servicio Jesuita, una veintena de ONG trabajan en Kakuma bajo la administración de Acnur.

Un trabajo conjunto que logra la proeza de que Kakuma registre unos resultados académicos por encima de la media del país. La mayoría de los cinco componentes del Equipo de Refugiados, que participaron en el reciente Campeonato Mundial de Atletismo celebrado en Londres, residen en Kakuma. Allí entrenan motivados por las historias de Mo Farah, refugiado somalí y campeón olímpico; o de López Lomong, uno de esos «niños perdidos de Sudán» que llegó a ser abanderado de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Pekín.

Kenia es el séptimo país del mundo en número de refugiados. Pero su presidente, Uhuru Kenyatta -elegido el pasado octubre en unas segundas elecciones en las que el opositor Raile Odinga pidió no votar por el fraude reconocido de las primeras-, parece empeñado en cerrar campos de refugiados como el de Dadaab, el mayor del mundo, situado en la frontera con Somalía. Su argumento es que lugares como éstos sirven para reclutar a terroristas.

Los pequeños milagros siguen ocurriendo, pese a que disminuye el apoyo de los donantes al mismo tiempo que aumenta el flujo de los refugiados. Aunque el horizonte para quienes llegan es mucho más que incierto, pues desde Kakuma solo salen dos caminos: el de retorno a sus países o la autopista al primer mundo. Una lotería para residir en países como Estados Unidos -difícil por las nuevas leyes migratorias de la Administración Trump-, Canadá o la remota Australia.

TESTIMONIOS DE ACOGIDOS

Leónidas Bukuru
Leónidas Bukuru - I.GIL

Una década de huida para no ser vendido. Leónidas Bukuru nació hace 16 años en Ruanda y es albino. Su padre vendió a su hermano gemelo en Tanzania cuando tenían cinco años. Con la ayuda de su madre logró escapar antes de que le sucediese lo mismo y vivió en un orfanato religioso hasta los siete años. Su padre le seguía buscando, volvió a escapar y huyó a Uganda. Un amigo le aconsejó que se refugiara en el campamento de Kakuma, donde llegó en 2016. Reside en un centro del Servicio Jesuita al Refugiado para menores. Estudia y le gustaría ayudar a las personas más vulnerables.

Ajah Tit
Ajah Tit - I.GIL

Escapó de una limpieza étnica en Sudán del Sur. Ajah Tit, de 27 años, nació en Nimule (Sudán del Sur). Hoy vive en Kakuma con sus dos hijos, Anyak y Abit, acogida por el Servicio Jesuita al Refugiado en su programa de protección y seguridad de mujeres. De la etnia nuer, se casó con un hombre de etnia dinka. La guerra que derivó en limpieza étnica provocó que su marido asesinara a su padre. Huyó con su marido, que también sería asesinado. La violencia le hizo escapar a Kenia, donde sigue recibiendo amenazas y pide protección. En Kakuma se siente más segura y tiene alimentos para sus hijos.

Sandra Ayoo Leah
Sandra Ayoo Leah - I.GIL

Una huérfana dedicada a los demás. Sandra Ayoo Leah nació hace 23 años en Lira, al noreste de Uganda. Una organización extremista que busca instaurar un poder teocrático en Uganda, Lord's Resistance Army, asesina a sus padres. Vive con su abuela hasta que esta muere en 2014. Por miedo y en busca de un futuro, Sandra y su prima deciden viajar a Kakuma. Allí se diploma en intermediación social y trabaja para el Servicio Jesuita al Refugiado. Cree que su futuro está en Kakuma para ayudar a los que han tenido que comenzar una nueva vida como ella.