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Refugiados en tu casa

 

  Nombre: Rafa Torre
Fecha: 27/12/2019
Tipo:

Fuente: Las Provincias
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Compartir piso a través de un alquiler social es la fórmula de una ONG española para favorecer la integración de las personas solicitantes de asilo. Ya llevan ochenta mudanzas en cinco años

Me gusta el hiphop porque puedo contar mi historia, mi vida. Solo quiero estudiar. Yo quiero estudiar. Solo eso», repite Mamadou, como si hiciera eco, mientras corrige en una libreta la letra de una canción. Es de Guinea-Bissau, de donde logró escapar con tan solo catorce años. Llegó a España después de pasarse siete dando tumbos. Es solicitante de asilo. Uno de los 54.065 que lo demandaron el año pasado. Se considera afortunado. Una española le abrió las puertas de su casa, lo que le facilitó la integración. Un grupo de entusiastas activistas importaron de Alemania hace cuatro años el proyecto de Refugees-Welcome (Bienvenidos-Refugiados), para intermediar entre desplazados y ciudadanos dispuestos a compartir su hogar bajo la fórmula de un alquiler social. Ya han conseguido hacer 80 mudanzas. Más de 600 meses de convivencia.

Los que prueban dicen que engancha. «Es una manera muy natural de abrir y ampliar la mente», asegura Pablo Suárez. «Y de trabajar por los derechos humanos a través de la acción y la experimentación», añade. Es uno de los cofundadores de la versión española. Ahora son treinta voluntarios que trabajan, principalmente, en los cuatro focos donde han conseguido montar un equipo estable: la isla de Mallorca y las provincias de Madrid y Barcelona, además de una persona que tienen implicada en Valencia. El funcionamiento es sencillo. Los refugiados se registran en su página web, al igual que los que quieren compartir su hogar. Ellos hacen de nexo y buscan perfiles compatibles. Luego dirigen las presentaciones y ayudan en la mudanza. También elaboran un seguimiento semanal. Si surge algún problema, intervienen. Si no, esperan a que pasen los seis meses, que es el tiempo mínimo establecido. A partir de ahí, el futuro ya depende de los nuevos compañeros de piso. Pueden prorrogar la convivencia o darla por terminada. «Pero no dejamos tirado a nadie. Si la persona de fuera necesita ayuda, seguimos actuando», subraya Pablo.

Esta organización no trabaja con casos en situación de emergencia, pero tampoco discrimina a los que no tienen papeles. «Disponer, o no, de un permiso de residencia solo hace referencia a una situación de regularidad o irregularidad administrativa», dejan claro. Su modelo se basa en lo que se denominó hace unos años 'cultura de la bienvenida'. Cuando los países europeos se tornaron reticentes a la hora de acoger al cada vez mayor número de desplazados. Más de la mitad de las entradas a la Unión Europea del año pasado, 123.641 según Acnur, fueron a través de España -65.383, un 53%-; el 26%, 32.497, por Grecia; y el resto, un 19%, 23.770, a través de Italia. Desde Refugees-Welcome evitan la palabra acogida -«acoger, acoge el Estado», afirman-. Ellos prefieren usar la expresión «solidaridad horizontal». Recomiendan el cobro de un alquiler social, nunca a precio de mercado, que se pacta previamente. Una cantidad simbólica en función de los ingresos de la persona refugiada. También, compartir los gastos cotidianos. «Es la mejor manera de que el trato sea de igual a igual. Hay quien no quiere coger el dinero. En esos casos, nuestra sugerencia es que lo metan en un sobre y se lo entreguen al final, a modo de ahorro», cuenta Pablo Suárez.

En datos

Una evolución al alza
La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) contabilizó el año pasado 54.065 solicitantes de asilo en España. Una cifra que no para de crecer. Hace cinco años solo se registraron 5.947.
76%
de las resoluciones de petición de asilo fueron rechazadas en España. En cifras, hubo 8.980 casos denegados del total de 11.875 resueltos por la Administración. El 24% restante fueron aceptados (2.895).
Siria, a la cabeza
El mayor porcentaje de solicitudes atendidas en España en 2018 correspondió a ciudadanos sirios, según un estudio realizado por Eurostat. 1.805 obtuvieron la protección subsidiaria y otros 30 el estatuto del refugiado. El Gobierno solo denegó la solicitud a 145 casos.
Los venezolanos, a la espera
Venezuela es el país que terminó 2018 con más ciudadanos a la espera de respuesta de solicitud de asilo en España. En total, 31.620. Le siguen, pero de lejos, Colombia (10.385), Ucrania (4.300), Honduras (3.690), El Salvador (3.685) y Palestina (2.510).
185.853
peticiones de asilo recibió en 2018 Alemania, más del triple que España. Francia es el segundo país de la Unión Europea con mayor número, 122.743. El que menos contabilizó fue Suecia, que solo registró 21.502.
Ochenta mudanzas
La ONG española Refugees-Welcome ha conseguido propiciar 80 convivencias en España entre voluntarios dispuestos a abrir la puerta de su hogar, a través de un alquiler social, y personas desplazadas. El objetivo es llegar a quinientas en los próximos cinco años.
La tarjeta roja
El Ministerio del Interior expide este ansiado documento que, pese a su color, no es una amonestación. Reconoce a los solicitantes de asilo antes de pronunciarse sobre su caso. Es la tarjeta que les permite entrar de forma legal en el mercado laboral. Un trampolín para su futuro.
Búsqueda de voluntarios
Refugees-Welcome opera en Madrid, Barcelona, la isla de Mallorca y cuenta con una persona en Valencia. Aunque acumula ofertas y demandas de convivencia por toda España, no dispone de grupos locales para atenderlas. Busca voluntarios que quieran colaborar.

Actualmente hay 18 hogares de estas características en activo en España. El objetivo de la ONG es llegar en cinco años a las 500 convivencias. «Nos gustaría ser una alternativa real al mercado de alquiler, una forma más solidaria que redunda en beneficios más humanos», destacan desde dentro. Para ello necesitan ampliar su red nacional. Les resulta frustrante que haya oferta y demanda por todo el territorio, pero que no se pueda conectar porque no hay equipos de voluntarios en todas las provincias. «Animo a los que sientan curiosidad a que se junten, se pongan en contacto con nosotros a través de la web y formen un nuevo grupo local. Solo se necesitan ganas y energía», explica el cofundador del colectivo en España. Incluso han editado una guía en la que detallan todos estos pasos. «Es voluntario, no cobras, pero recibes mucho a cambio», explica Izaskun. «Conocer otras vidas me ha permitido ampliar mi visión del mundo, también poner en perspectiva mis problemas, que me he dado cuenta de que son menores», apostilla.

El vínculo local

Izaskun es chilena. Desempeña el rol que en el colectivo denominan vínculo local. La persona que se encarga de presentar a las partes, que facilita la conversación y el entendimiento en los temas importantes antes del comienzo de la convivencia. También echa un cable en la mudanza. No sirve cualquier cubículo. «Es como si tú fueras el que alquilara», explica Pablo Suárez. La casa tiene que ser un espacio tranquilo y seguro. Al menos, con una habitación amueblada. «No se puede ofrecer sofás para dormir ni nada parecido. Tienen que ser unas condiciones dignas», sentencia. El tiempo mínimo que se pacta son seis meses, aunque en la mayoría de casos se amplía. Otros, en cambio, acaban antes. No han dado con la fórmula maestra. A veces se encuentran sorpresas. Quince de las dieciocho convivencias actuales son en casas de personas mayores. En 2018, más de 2 millones de ciudadanos con más de 65 años vivían solos en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Muchos disponen de habitaciones vacías y para ellos es una forma de combatir la soledad con solidaridad. Es el ejemplo de César. Tiene 75 años y comparte su piso de Madrid con un refugiado sirio y otro senegalés. «Estamos los tres encantados. Esto es mejor que un Erasmus», explica entusiasmado.

El número de solicitantes de asilo se ha multiplicado por cinco en el último lustro. Los países de origen que más demandas acumulan son, por este orden, Venezuela, Colombia, Siria, Honduras y El Salvador. El año pasado el Gobierno resolvió 11.875 peticiones. Tres de cada cuatro fueron denegadas. En otros casos, el problema es la espera. Eurostat cifró en 127.520, hasta agosto, las pendientes de resolver. Es vital para los refugiados despejar cuanto antes la incógnita de su futuro. El sistema de acogida de asilo en España funciona en dos fases bien diferenciadas. La primera dura medio año, con un apoyo integral por parte del Ministerio de Migraciones y todas las ONG que colaboran.

La segunda, llamada de inclusión, por un periodo similar, ofrece ayudas para el alquiler y las necesidades básicas. Es aquí donde Refugees-Welcome centra su base de acción y estrategia. La tarjeta roja que obtienen, lejos de ser una amonestación como en el fútbol y otras competiciones deportivas, es un deseado documento que les permite acceder de forma legal al mercado laboral. El mejor trampolín para poder quedarse aquí y no tener que regresar.

Reno. Solicitante de asilo religioso «Ahora estoy muy tranquila, ya no paso miedo; antes, sí»

Sonríe hasta cuando pronuncia la palabra «miedo». Es su forma de afrontar el destino, que ahora se encuentra a varios miles de kilómetros de su casa en Pakistán. A Reno, que convive en Castelldefels (Barcelona) con Montse, una profesora que le ha alquilado una habitación, sus creencias religiosas le obligaron a emigrar. Era católica en un país de musulmanes. Su vida estuvo en peligro. Vio morir asesinadas a personas de su entorno por el simple hecho de profesar un credo diferente. Su familia pudo brindarle un futuro mejor. Primero Zaragoza, luego Barcelona y finalmente Castelldefels. Ahora espera que le concedan el estatuto de refugiada.

Reno casi no tiene tiempo para nada. Ni para nadie. Trabaja de lunes a sábado desde hace unos meses de cajera en un supermercado. Al menos eso le permite tener la cabeza ocupada y no pensar demasiado en lo que dejó atrás. Su familia le recomendó marchar y se sacrificó para que pudiera conseguirlo. Ya lleva dos años y medio aquí. A casa de Montse llegó gracias a Accem, una ONG que trabaja en contacto con Refugees-Welcome, pero antes no tuvo una buena experiencia en otra convivencia. Con Montse «está encantada». Se entendió desde el primer momento. «Me gusta mucho hablar con ella después de cenar. Es el mejor momento del día, cuando aprovechamos para ponernos al día y escucharnos la una a la otra», explica. Reno se esfuerza con el idioma, que es básico para una buena integración, y está empezando con el catalán.

«Me gusta hablar con Montse tras la cena. Es el mejor momento del día»»

«Una de las cosas que más me gustan de Montse es que me aporta mucha tranquilidad», añade. Es lo que más valora: saber que hay alguien detrás que la apoya y se preocupa. «Ahora estoy tranquila, muy tranquila», puntualiza. «Ya no paso miedo, antes tenía mucho», subraya. Que ambas sean católicas es uno de los puntos que más han fortalecido la relación. Reno ya se ha acostumbrado a vivir en España, un país muy diferente de Pakistán. Pero reconoce que, al principio, le costó. «Sobre todo que la gente beba y fume tanto. Me llamó muchísimo la atención», dice riendo. «Pero no es muy difícil relacionarse aquí. Los clientes en el trabajo me ayudan y me lo ponen fácil», cuenta. Otra cosa es la Administración. Aunque prudente, reconoce que «el trato hacia los refugiados podría ser mejor. Siempre se puede mejorar». La burocracia es lenta y uno de los mayores obstáculos.

Cocina y salsa

La cocina es otro de los nexos de unión en la convivencia. Cada una prepara su comida, pero muchas veces, cuando Reno llega a casa tras una dura jornada, es Montse quien le ha preparado algo de cenar. Incluso se han ido a bailar juntas. A Montse le gusta la salsa y en una ocasión le pidió que la acompañara a una clase. «No se atrevió a probar pero se lo pasó muy bien», explican desde Refugees-Welcome.

Reno es parca en palabras. Solo quiere tener cuanto antes los papeles para edificar su futuro con más seguridad. Mientras tanto, cuando sale del supermercado, comparte confidencias con sus amigas. Suele desplazarse con ellas a Barcelona. «También he conectado con los vecinos de enfrente, que son mayores. Pero, claro, es que trabajo tanto que apenas tengo tiempo para las relaciones sociales», explica.

Montse G. Arrendadora «Puedo cambiar el mundo de una persona»

Su viaje en Semana Santa al campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos, frente a la costa turca, le cambió. «Quedé sensibilizada y prendada», admite. Montse, una profesora de Castelldefels, regresó con una convicción: «Sola no puedo cambiar el mundo, pero sí está en mi mano cambiar el mundo de una persona». Meses después, en septiembre, decidió recibir a una refugiada en su casa. Cumplió su promesa. La trayectoria de su nueva compañera de piso había dado un giro de 180 grados.

Montse es católica. Y eso fue clave. Refugees-Welcome buscó un perfil compatible. Prefería que fuera mujer -«vivo sola y para la intimidad me resultaba mucho más cómodo»-, que no fumara y que respetara sus creencias. Esas fueron sus condiciones. El resto le daba igual. Así llegó Reno a su domicilio. «Acertaron. Ha sido la bomba», afirma Montse para describir cómo fue la conexión entre ambas. «Antes de cenar oramos juntas. Y por la mañana nos intercambiamos un versículo. Ella me lo manda en inglés y yo en español», cuenta.

Enseguida organizaron todo. Reno paga un alquiler social y van a medias en los gastos más cotidianos. La relación ha evolucionado con el tiempo. Ahora, además de compañeras, son amigas. La cocina ha sido un territorio común, que las ha unido más. «Le encantan los huevos rellenos que le he enseñado a preparar. Ella me hace 'dhal' de lentejas, de color amarillo, con muchas verduras, que está buenísimo. No utiliza casi carne. Me dice que allí es un artículo de lujo», explica. Apenas se ven porque el trabajo de Reno en el supermercado la ocupa todo el día. «Desde que vive con una española, me cuenta, la respetan más». En este tiempo le ha visto mejorar. «Cuando llegó, dormía con la luz encendida. Por miedo», relata. «Ahora en lo que más me insiste, cuando le pregunto, es en que se siente segura, que está tranquila. Ya casi no enciende las luces por la noche», cuenta. Atrás dejó un pasado traumático. Su familia pudo darle la oportunidad de abandonar Pakistán. Tuvo que superar la muerte de amigos suyos, víctimas de bombas en iglesias. Quizás por eso, nada más llegar a España, lo que más llamó su atención fue «la seguridad». «Ella siempre me dice que en Pakistán todos los policías son corruptos, y aquí no percibe eso. En cambio, en algún lugar de su mente, algo le dice que este grado de seguridad no es posible en su país, que nunca llegará a estas cotas de desarrollo», explica.

Montse y Reno solo llevan dos meses viviendo juntas. Han pactado, como es norma en Refugees-Welcome, cuatro más. «No sé qué pasará cuando acabe», dice Montse. «Ella es joven y tiene por delante una vida entera por construir. Quizás quiera compartir piso con otras personas o encuentra pareja y prefiere establecerse con ella. Es normal. Pero si eso no sucede, yo no tendría ningún problema en renovar la convivencia hasta que ella sea capaz de volar por sí misma», concluye.

Richard Lamah. Solicitante de asilo político «No he venido para quitar el trabajo a nadie: quiero estudiar»

Asus 28 años ya es todo un veterano. Richard Lamah pagó «tres mil euros para entrar en Ceuta por mar en una patera». Allí comenzó su largo periplo por España. Había salido de Guinea-Conakri por motivos políticos. Ahora solicita asilo. Se encuentra en la segunda fase. En la ciudad autónoma estuvo seis meses en un centro de asistencia temporal para inmigrantes. Después pasó tres semanas en Mérida y medio año en Málaga, antes de recalar en Barcelona, donde está instalado. Gracias a su activismo y colaboración con varias ONG pudo conocer Refugees-Welcome. Es ingeniero informático y comparte piso con Ramón.

«Uno de los principales motivos para marcharme fue que quería seguir estudiando», cuenta. «Para mí es muy importante. No quiero quitar el trabajo a nadie, quiero continuar con mi formación. Solo eso», explica con un marcado acento francés al otro lado del teléfono. Antes de abandonar Guinea-Conakri y llegar a Marruecos, donde buscó un contacto que le facilitó la forma de acceder a España, lo había intentado de mil maneras. «En mi país había un programa para que los francófonos pudieran estudiar en Francia. Hice todos los trámites, pero me pedían demasiado dinero y no lo tenía», cuenta. Decidió acabar la carrera. Luego comenzó a trabajar de contable en una ONG. Todo el dinero que consiguió ahorrar se lo pagó a la mafia que le facilitó un pasaje en la patera.

Es ingeniero informático y trabaja en Barcelona en una multinacional

Richard atiende a este periódico en una pausa laboral. Trabaja en la filial española de una multinacional japonesa dedicada a la electrónica y fabricación de fotocopiadoras. «También estudio programación de páginas web, así que me queda poco tiempo libre. Pero estoy a gusto», explica. En su caso, el idioma no ha sido una barrera. Aprendió español enseguida. Ahora practica el catalán con su compañero de piso. «Como mi intención es quedarme aquí, me hace falta para casi todos los trabajos», sentencia. «Me da igual los miles de papeles que tenga que rellenar, ya estoy acostumbrado. La burocracia, para mí, no es problema; aunque sea el principal escollo para otros refugiados», añade como declaración de intenciones.

Unidos por la 'Play'

Ramón también estudia, en su caso una oposición, así que solo coinciden a partir de última hora de la tarde. «Vemos juntos la tele, tomamos una cerveza y jugamos a la 'Play'. Es nuestro entretenimiento, y lo que más nos une», ríe Richard.

Su recorrido por España le ha permitido conocer bien su país de acogida. «No puedo decir que me haya tratado mal. Todo lo contrario. Estoy muy agradecido. En este tiempo nunca nadie me ha faltado al respeto. No todos, como yo, pueden decir lo mismo, desafortunadamente», afirma.

Pero su bagaje también le ha forjado su propia impresión. «Por ejemplo, en el sur la gente es más abierta que en el norte, muchísimo más abierta. Pero eso no lo digo yo solo, lo dicen ustedes. En Barcelona, sin ir más lejos, tienes que ser amigo de alguien para poder entrar en un círculo de amistades. Es como si alguien te tuviera que avalar», explica. «Solo quiero que entiendan que no todos los que hemos llegado a España ha sido para robar. Por favor, que no juzguen al resto por unos pocos. Yo solo quiero seguir estudiando», vuelve a insistir.

Joan. Arrendador «Es convivencia, no caridad»

El caso de Joan es especial. No quiere dar sus apellidos ni su lugar de residencia ni hacerse una foto para proteger a la persona con la que convive en su casa, en un enclave rural de la provincia de Barcelona. Hamid es un refugiado económico sin papeles de Guinea. A Refugees-Welcome le da igual la situación administrativa de las personas que demandan un hogar. Para el colectivo, este es «un caso atípico» que está funcionando bien. Llevan dos años compartiendo techo. Y Joan tiene previsto ampliar la convivencia «hasta que su camino esté despejado y sea completamente seguro».

Todo comenzó para este activista catalán cuando regresó de Grecia. «Fui terco y me dije que tenía que seguir haciendo algo», explica. Así conoció esta iniciativa habitacional. «El problema era que yo residía en las afueras de Barcelona, así que me ofrecí a recibir a personas que necesitaran un tiempo de desconexión», añade. De esta forma llegó Hamid a su casa. «Su prioridad es conseguir los papeles, como sea», relata Joan. Aquí se ha topado con el primer obstáculo. «Esta gente se ve abocada a trabajar en negro, de forma clandestina e ilegal, sin cotizar y sin derechos. No pueden delinquir si quieren los papeles. Entonces, ¿cómo se las tienen que arreglar para subsistir?», reflexiona.

«Prorrogaremos la estancia hasta que Hamid tenga el camino despejado»

Hamid salió de Conakri. Tras muchos tumbos terminó en Libia. De allí a Francia, «en un viaje que prefiere olvidar». Acabó en España después de que le detuvieran en un par de ocasiones por las calles del país galo. Le amenazaron con deportarle. Joan y Hamid enseguida conectaron. Apalabraron un alquiler social; pero si Hamid no trabaja, no tiene que pagar. Aun así, Joan cree en la efectividad del modelo. «Al compartir gastos, la convivencia es más horizontal y equitativa. No es caridad». Durante todo este tiempo ambos han evolucionado. El idioma al principio fue un problema. «Hamid se recluía en su habitación y no salía para no molestar. No se atrevía. Le tuve que decir que podía deambular libremente por todo el espacio», cuenta Joan. Él tiene claro cuál es el rol de cada uno. «El activista soy yo, por tanto, el trabajo de comprensión debe ser mío», puntualiza. Nunca han tenido problemas. Hamid le acompañó el 8 de marzo para cambiar los nombres de las calles del pueblo en el que viven por el de mujeres, en una iniciativa para empoderar el papel de la mujer en su día internacional. «Al llegar a casa me dijo que en su país incluso era peor. Llegó a esta conclusión a la que, de no haberla visto aquí, quizás nunca hubiera llegado», relata Joan.

A la espera de ver lo que sucede con los papeles, este catalán tiene claro que repetiría la experiencia en un futuro. «Igual me tomo un descanso en el asunto de las convivencias, pero no cesaré en el activismo», sentencia. «Recomiendo a la gente que pruebe la experiencia. En esta parte del mundo donde vivimos, decidimos si cenamos carne o pescado. Pero en muchas otras es como lanzar una moneda al aire, pero para saber si podrán seguir viviendo o morirán. Somos privilegiados».