INFORMACION SOBRE LAS MIGRACIONES DE ARAGON

España limita la intervención de la UE en Ceuta y asume la resolución del conflicto

 

  Nombre: Pablo R. Suances
Fecha: 19/05/2021
Tipo:

Fuente: El Mundo
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Bruselas confía en la vuelta a la normalidad de dinero a cambio de control, porque va en el interés de todas las partes y Marruecos se juega mucho

Hay varias formas de mirar a la decisión de Marruecos de abrir, literalmente, sus fronteras para que miles de personas llegaran a Ceuta esta semana. Se puede interpretar como una represalia, como una venganza, como una provocación, como un desafío o un órdago, o un poco como todas las anteriores a la vez. Se puede interpretar también como un globo sonda. Con un gesto sencillo, pero de enormes consecuencias, Rabat ha salido de dudas sobre cinco elementos clave en su siempre complicada y tensa relación con España: qué haría Moncloa ante una llegada masiva de personas dirigida e intencionada, qué haría la sociedad española (desde la ciudadanía a la oposición política), cómo respondería la UE, qué pasos daría (si es que alguno) Estados Unidos y qué impacto tienen las imágenes de cientos de niños abandonados a su suerte en las aguas de Ceuta, de cara a la opinión pública global y a la marroquí.

La apuesta internacional de Mohamed VI no estaba en Bruselas, sino en Washington. Y las imágenes le dan completamente igual, sabiendo además que el ojo continental está casi insensibilizado cuando no le afecta directamente y que las imágenes de bombardeos son más impactantes. Con la UE no tiene lazos bilaterales directos o personales realmente fuertes, pero con EEUU sí. Las relaciones exteriores de ambos países se remontan a finales del siglo XVIII y, ahora mismo, Joe Biden necesita a Marruecos en su partida de ajedrez en Oriente Medio. De ahí el reconocimiento de EEUU sobre la soberanía del Sáhara Occidental, de ahí la conversación de esta semana reforzando lazos para que el rey alauita no corte lazos con Israel a pesar de lo que está ocurriendo en Gaza. Y de ahí también el silencio del Departamento de Estado sobre los incidentes en Ceuta. No hay un desplante intencionado a España, pero sí quedan claras las prioridades.

Marruecos ha dado marcha atrás en apenas 48 horas, pero interpretar esa decisión como una derrota, una humillación o el resultado de una fuerte presión de España y de la UE, sería un error. Rabat entiende, tan bien o mejor que Ankara, que la UE y sus miembros los necesitan y que el margen para estirar es muy grande. Recep Tayyip Erdogan firmó un acuerdo migratorio con los 27 para frenar la salida de demandantes de asilo (sobre todo sirios) desde su territorio, a cambio de cientos de millones de euros, la reapertura de las negociaciones de adhesión o un debate sobre la posibilidad de suprimir el requerimiento de visados a sus ciudadanos. Pero también para garantizar que la UE ladrará y no morderá ante sospechosos golpes de estado fallidos, ilegalizaciones de partidos y, básicamente, cualquier decisión, política o geopolítica en la región. Y así ha sido.

Respaldado por EEUU

Lo ha puesto a prueba muchas veces, incluyendo un precedente directo de lo visto esta semana. En febrero y marzo de 2020, Erdogan lanzó a decenas de miles de personas desesperadas contra la frontera griega, usando incluso munición real, para provocar una desestabilización. Hubo palabras, condenas y muestras de solidaridad comunitarias, pero todo siguió igual. Un año después volvieron las tensiones, los presidentes de la Comisión y del Consejo viajaron a verle, y devolvió el favor con una maniobra con un sofá para humillar y dividir. Salió 'bien'. Las relaciones entre ambos bloques son pésimas y no hay ninguna posibilidad de reflotar las conversaciones de adhesión que una vez se soñaron, pero Erdogan y los 27 saben que si abre la mano y vuelven las llegadas en decenas o cientos de miles de personas, el espacio de libre circulación de la UE no lo resistiría. Y están dispuestos a casi todo para impedirlo.

Marruecos no tiene tanto 'leverage' y necesita la ayuda que viene de la UE. Su relación política y económica es menor en ese sentido que la de Turquía, pero su poder para presionar sigue siendo inmenso. En apenas unas horas Madrid y Bruselas han entendido que tras un año de pandemia hay decenas de miles de personas listas para intentar cruzar al continente, y eso da un gran poder negociador cuando llega el verano, tanto para cuestiones saharauis como meramente económicas. Mohamed VI ha visto que EEUU no se prestaba atención a un asunto para ellos secundarios en el tablero global, que en España la división y las críticas en el Gobierno y al Gobierno eran casi tan fuertes como a los vecinos. Ha visto que se pateaba el coche del presidente y se aplaudía. Y que algunos, empezando por miembros destacados del Parlamento o ex ministros de Interior, culpaban de todo lo ocurrido a Moncloa por ofrecer cuidados médicos a un moribundo enemigo de Marruecos. Información valiosísima a un lado, una lección importante para el otro cuando tenga que tomarse otra decisión parecida.

Rabat también ha visto que la UE reaccionaba de viva voz, pero poco más y se ha venido arriba chocando incluso con Berlín, aprovechando momentos de debilidad política en las dos capitales europeas. Es cierto que la situación ahora no es la de 1975 y que el tema migratorio es el más delicado en la Unión y no gustan las tonterías, pero también queda constatado que la forma de enfocar este tema no pasa en Bruselas por el choque, sino por el entendimiento. No se trata de cómo, sino de por cuánto. Lo de esta semana es una advertencia, y se ha escuchado. De ahí los reiterados mensajes sobre lo importante de la relación, la necesidad de entendimiento y de volver cuanto antes a la normalidad, si es que puede ser calificado como normal la externalización de los problemas migratorios de un continente a regímenes dictatoriales o autoritarios con fuerza para chantajear casi impunemente.

Confanza en la vuelta de dinero por control

Tras las llegadas descontroladas, España movilizó inmediatamente a sus servicios exteriores para lograr mensajes de las instituciones europeas, y logró comunicados unánimes, declaraciones y tuits coordinados de todos los presidentes comunitarios y de comisarios y eurodiputados. Pero si durante 12 horas las imágenes en los medios internacionales se centraban en las llegadas, los rescates y la ayuda, a partir de entonces los artículos ya hablaban de las devoluciones ilegales en caliente, de los golpes a menores y de las obligaciones internacionales. Y pocas cancillerías alzaron la voz. Nadie quiere el problema migratorio en su casa. Como se ha visto este último lustro, los 27 están dispuestos a pagar, pero no muy dispuestos a compartir responsabilidades, asilo y gestión.

A eso se une que España jamás ha querido que la UE juegue un papel principal en este tema. Quiere ser la interlocutora con su vecino más problemático, quiere controlar los tiempos, los términos de la negociación, el precio. España, desde hace 20 años y con todo tipo de gobiernos, ha hecho todo lo posible para que Bruselas no metiera la nariz. Los choques han sido constantes, con la Comisión, la Eurocámara o con Frontex, Agencia Europea de Guardia de Fronteras y Costas, creada en 2004.

España siempre ha pensado que era la Guardia Civil y sus funcionarios la que tenía que gestionar la frontera y las llegadas, y que eurofuncionarios finlandeses o checos jamás iban a entender los matices. No quiere que sea la UE (y, ejem, Francia) la que pueda llevar la voz cantante o tomar decisiones. Ni lecciones sobre devoluciones en caliente o concertinas. Quiere el apoyo, la solidaridad, los mensajes contundentes, pero también la autonomía para resolverlo. Quiere, desde luego, zanjar la situación. Y sabe, como el resto de actores, que la única vía que está sobre la mesa es la de siempre y que hay muchos euros en liza.

Bruselas siempre ha aplaudido a Madrid por la gestión con sus vecinos del norte de África, por la inversión, por las ayudas económicas, por el trabajo policial o militar conjunto. La salida pasa por ese esquema. Ahora será más difícil políticamente, más costoso mediáticamente, socialmente más sensible y diplomáticamente algo más desagradable, pero nadie concibe otra salida. Todos tienen algo que perder y la mayoría muchísimo que ganar. Al menos por ahora, porque desde esta semana Marruecos dispone de mejor información y algunas certezas.