Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Memorias de un emigrante Carmen Floristán Gimeno

 

  Nombre: Carmen Floristán Gimeno
Fecha de nacimiento: 26/09/2011
Tipo: Testimonios escritos


Cierro mis ojos y veo igual que ayer el lugar donde nací, en Barbastro, provincia de Huesca de de la Región de Aragón, el 12 de abril de 1933. Allí vivíamos placenteramente mis padres Nicolás y Carmen y mis hermanos: Joaquín, Julio y Ana. Papá era apoderado del banco de Barbastro, vivíamos en una casa rodeada de comodidades donde no nos faltaba bienestar. Era una casa grande, bien amueblada, papá tenía un auto, teníamos cámara fotográfica, manta eléctrica para calentar las camas en el invierno y no carecíamos de nada, y según mi madre estaba valorada en una cantidad de pesetas considerable. Entre lo que más recuerdo de la vivienda era una pecera que había en la sala cuyos peces eran de cristal y variados colores, que se movían dentro como si fuesen reales, donde yo me pasaba ratos y ratos viéndolos. Otro de mis recuerdos eran los dos barriles de aceitunas, uno era de aceitunas negras y el otro era de color verde. Estos barriles estaban expuestos al sol en la galería que había al fondo de la casa. Mis hermanos y yo cogíamos a nuestro gusto todas las aceitunas que quisiéramos; esto claro está, lo hacíamos a escondidas de mamá. Mis hermanos varones y yo nos lo pasábamos jugando en la carretera de Huesca, y sus alrededores, allí lo mismo le pedíamos uvas a los carretoneros que transitaban con sus carros cerca de la casa, que nos dedicábamos a saltar entre los bultos de paja que había en un lugar no muy lejano. Era una vida de tranquilidad y dicha que nadie perturbaba nuestra paz.

De repente estalló la guerra civil española y todo cambió. Ya no podíamos jugar afuera, teníamos que estar alerta para cuando se escucharan las sirenas, correr lo más rápido posible hacia el refugio que quedaba enfrente de la casa. Las bombas caían muy cerca, tanto que en los cristales de las ventanas, se oían y veían las piedras chocar contra ellos. Una de esas bombas cayó a poca distancia de donde vivíamos , dejando un gran hueco en la tierra. Otra noche vi a través de los cristales de la galería como quemaban vivo a un hombre que estaba amarrado a un madero. En una de esas ocasiones que bombardeaban y teníamos que ir al refugio, al entrar allí, vi a una señora sentada con una niña entre los brazos como yo, que tenía una gran herida sangrante en el cuello, ocasionada por la metralla de una bomba, yo me quedé asustada y muda, no dije nada, sólo miraba a esa pobre niña pequeña que, posiblemente, estaba mortalmente herida y a su madre llorando. El refugio era oscuro y tenía agua en lo que hacia de piso, habiendo unas tablas para que pisáramos por ellas y pudiéramos mojarnos menos los pies. Yo no comprendía estas cosas y otras más que vi por mis pocos años; pero, quedaron para siempre en mi memoria, dejándome una sensación de pena.

Un día un vecino se acerco a i padre y le dijo:-“Nicolás, tu mujer no está asistiendo misa los domingos”. Él le contesto que con cuatro chicos que atender, no tenía tiempo para asistir. A los pocos días después, otro vecino que era amigo de mi padre le comunicó muy confidencialmente que tenía que irse lo antes posible, si quería conservar la vida, según un comentario que había oído y se despidió de mi padre con un fuerte abrazo.

Todo esto y algunos incidentes más provocaron que mi padre tuviera que decidir marcharse del lugar y la única alternativa que tenía era la emigración; pero ¿a dónde ir? ¿con qué documentos?¿con qué dinero?. Todos estos interrogantes tenían que tener respuestas en breve tiempo. Mi padre le planteó a mi madre que se quedará con nosotros en España y que fuera donde vivía su familia. Mi madre le contestó que no, que ella correría la misma suerte que él, que a dónde él fuera, ella lo seguiría. Y así fue como una noche de invierno nos vimos con mis padres y mis hermanos subidos a un camión que nos condujo cerca de los Pirineos. Sólo llevábamos lo mínimo de ropa , escasa comida y mucho susto. El objetivo de mi padre era ir hasta Francia y para llegar allí, tuvimos que atravesar los Pirineos donde los aviones cazas lanzaban proyectiles a la caravana de españoles que íbamos huyendo de la guerra. Nosotros como única protección, sólo teníamos a los pocos pinos que había entre la nieve, donde la misma nos llegaba hasta casi las rodillas y nos impedía avanzar rápidamente con nuestras piernecitas y manos entumecidas. En una de las partes de la travesía , como era una ladera con un camino muy estrecho, varias personas resbalaron y quedaron sepultadas en la nueve , ya que nadie podía bajar a rescatarlas, eso me impactó muchísimo. Allí quedaron sus cuerpos cpmo testigos  mudos de la terrible pesadilla que sufrió un grupo de españoles en el año 1938. El trayecto desde Barbastro hacia la frontera de Francia no fue nada fácil . El mayor de mis hermanos tenía siete años y la menor 8 meses de nacida y era transportada por mi madre en una mochila que llevaba sobre sus hombros. Llegamos a Burdeos y allí permanecimos entre 3 ó 4 meses. De mis recuerdos de Francia, el que más vivo conservo en la memoria es cuando una vez que mamá iba por una acera ancha, donde en los prtales de las tiendas era costumbre que hubiera toldos, en uno de los toldos había colgados un grupo de globos de distintos colores y de pronto se zafó uno de color rojo, redondo, que empezó a subir y subir y se me perdio de vista en el espacio y yo, niña al fin, me quedé pensando si ese globo rojo iría a parar a España y si lo verían allá. Esto me dio cierta nostalgia y pena. Ahora, al cabo de los años, interpreto que lo que sentí entonces era como si yo hubiera querido ser ese globo y poder volver a mi patria que se había quedado atrás y que desde que salí de ella ya no volví a sentirme feliz, por el cambio tan grande experimentado en esos años.

La supervivencia en Francia era muy difícil y es cuando mi padre decide venir desde Cuba, pues su madre, que era española, también vivía y trabajaba en eses país desde hacía unos pocos años.

Con los ahorros que le quedaban a mi padre, que no eran muchos, pagó nuestros pasajes de tercera categoría a bordo del buque “Orbita” de bandera alemana. Llegamos a La Habana un día de mayo de 1938. Había un sol resplandeciente y el azul del cielo era bellísimo y el mar estaba sereno. Por primera vez desde que salí de España, me sentí feliz. Me llamó mucho la atención el ver a numerosas personas, en especial negros, sentados en el muro del Malecón habanero, donde pocos días después, sería el lugar de esparcimiento y distracción de mi familia, ya que era frecuentado por personas mayoritariamente humildes, que no podían gastar dinero en otras diversiones.

Al llegar el barco al puerto ocurrió otra tragedia. Como no teniamos pasaporte, las autoridades de Inmigración se hicieron cargo de nosotros y no podíamos desembarcar. Fuimos a parar a su casa los primeros meses, hasta que mi padre se buscó un trabajo como rotulista, después vendió libros de uso en lugares públicos y con lo poco que ganaba buscó un cuarto en un solar de Habana Vieja y nos mudamos a vivir allí. El baño era colectivo para más 25 familias. El cuarto no nos alcanzaba para vivir dentro de los seis que éramos, así que la estancia era un suplicio. Casi sin muebles, sólo las camas, la mesa para comer y unas pocas sillas y un fogón para que cocinara mi madre. Luego de vivir así 4 años, nos trasladamos para otra vivienda donde el cuarto era mayor y con balcón hacia la calle, pero el baño también era colectivo. Así transcurrieron 7 años de vida en estos solares (que es como se le dice en Cuba a la casa de vecindad con muchas habitaciones y un solo baño  donde se le alquila a cada familia una sola habitación). En frente del primer solar donde vivíamos había una droguería (que existe aún) que se llama “Sarrá”, que día a día para avisar a sus trabajadores los horarios de entrada y salida para empezar a trabajar y descansar, hacía accionar una sirena  que se oían por la mayor parte de la Habana Vieja y que sonaba igual a la que nos avisaba en España cuando se acercaban los aviones para bombardear y teníamos que correr a protegernos en el refugio. Al escuchar esta sirena mis hermanos y yo corríamos hacia la escalera , muertos de miedo, con el corazón latiéndonos fuertemente, pues pensábamos que venían otros aviones a atacarnos de nuevo. Sólo después de pasado un tiempo y con las palabras de sosiego de nuestros padres, entendimos que aquí no había guerra que temer,

Mis padres sufrieron mucho esta separación obligatoria de su país, familia, costumbres, casa, trabajo, y todo el camino recorrido hasta poder llegar a Cuba, con cuatro hijos pequeños.

Papá no quería que nosotros olvidáramos nuestra tierra y la mayoría de sus conversaciones y amistades era de España. Siempre vivió con la idea de retornar; pero los sufrimientos le produjeron unas úlceras que al poco tiempo se le perforaron y le produjeron la muerte temprana; aunque, la realidad es que su muerte fue provocada por lo mucho que tuvo que pasar para poder salvarnos y empezar la vida desde cero, sin la ayuda de nadie, con su mujer y cuatro chicos pequeños.

Aquí, en Cuba, están enterrados mis padres y mi abuela paterna en el panteón que tiene la Sociedad Aragonesa de Beneficencia, donde somos socios los cuatro hermanos con nuestros cónyuges e hijos.

Si bien es que aquí pasamos muchos sinsabores, también tenemos que agradecerle a este país que nos acogiera y permitiera que creciéramos, educáramos y trabajáramos, pues el humano debe querer tanto a la tierra que lo vio nacer como la que le brindó su mano en el momento más crucial de su vida.

Quisiera algún día volver a ver España, recorrer sus calles y, en especial, ver la carretera de Huesca, el lugar donde nací y tratar de reconocer aquellos lugares en que transcurrió mi infancia tan feliz, cuyos recuerdos no se han borrado de mi memoria y los revivo como si fueran una película, aún a pesar de los años transcurridos.

Antes de terminar esta vivencia, quiero dedicar estas letras a la memoria de mis padres por lo mucho que sufrieron y pasaron junto a nosotros, y por haber siempre luchado con afán, honradez, ejemplaridad y tesón para poder abrirse camino poco a poco a una nueva vida en otro lugar del mundo.

 

Carmen Floristán Gimeno visitó Barbastro a principios de este año, gracias a un programa de la Diputación Provincial de Huesca.