Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Aïna Coscollola: "No cambiaré el mundo, pero quizá sí mi trocito"

 

  Nombre: Olga Merino
Fecha de nacimiento: 31/10/2016
Tipo:

Fuente: El Periódico
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El proyecto Ma,isah (Caminar con orgullo en urdu), echó a andar en 2012 gracias a la asociación Enxarxa. Aïna Coscollola Orero (Barcelona, 1984), el alma de la iniciativa, explica cómo se produjo la magia.

Estaba en el paro y llegué al casal del barrio del Besòs gracias a un plan ocupacional del Ayuntamiento, un proyecto de apoyo a jóvenes inmigrantes, de 12 a 18 años, llegados por la vía de la reagrupación familiar.

Les daba clases de catalán. Y los ayudaba con los deberes. Sobre todo venían chicos de Pakistán [origen mayoritario de la inmigración en Besòs-Maresme], pero ninguna chica; había alguna latina o china, pero paquistanís, nada. Me chocó.

Y averiguó el porqué. Los alumnos me explicaron que, por razones culturales, la mayoría de las chicas paquistanís no comparten espacios con varones fuera de la escuela. Van del instituto a casa. Son un colectivo invisivilizado.

¿Qué hizo? Propuse crear un grupo de refuerzo solo de chicas paquistanís como prueba piloto, y me fui a los institutos a explicarlo.

¿Y? Un buen día apareció una chica, y empezamos a dar catalán las dos, mano a mano. Al cabo de un mes y medio, llegó una segunda. Iban viniendo con cuentagotas y siempre por el boca oreja, muy poco a poco.

Al final se creó un vínculo de confianza. Eso fue fundamental. Un día, una alumna llegó al casal con cara de preocupación y pidió si podía explicarnos lo que le había sucedido. La acogida de sus compañeras resultó magnífica. Fue entonces cuando les propuse que una vez a la semana hiciéramos una rueda de emociones para poner nombre a lo que una siente.

Al fin y al cabo, es usted psicóloga. Ellas dicen que soy "médico de la cabeza"… Pasamos de los "pronoms febles" a crear un espacio de encuentro, un lugar donde se fomenta su autoestima. Una vez que estábamos conversando sobre lo que les gustaría hacer en su tiempo libre —ir al cine, conocer otras culturas, acudir a las bibliotecas—, surgió la idea de jugar a críquet.

¡El deporte estrella en Pakistán! Aunque también necesitamos tiempo para que cuajara la iniciativa, todo se produjo de una manera mágica. Me puse a estudiar las normas y pactamos unos horarios con el polideportivo municipal para que estuvieran solas. Logré convencerlas de que se pusieran leggings debajo del vestido y calzaran bambas.

Pero no tienen con quién competir. Me encantaría que la experiencia se extendiera a otros barrios, pero tengo claro que el equipo de críquet habría sido imposible si no se hubiese forjado antes con paciencia el vínculo de confianza. También hay dos chicas marroquís en el equipo.

¿Le tocó ir a casa de los progenitores? No, pero sí pedí a las chicas que sus padres acudieran al "casal" a firmar una autorización. De paso, podía ir conociéndolos.

Un proceso difícil. Cuando empezaron a venir las madres, hubo un antes y un después, y se apuntaron más chicas… Me emocioné cuando los padres me regalaron un ramo de flores el día en que inauguramos en el casal una exposición fotográfica sobre el equipo. A veces, me traen fiambreras con comida.

Es para sentirse orgullosa, desde luego. No me considero una heroína. Nadie va a cambiar el mundo, yo tampoco, pero quizá sí el trocito que te haya tocado vivir.

[La exposición "Criquet femení amb orgull", con fotografías de Sulemán Amanat, hermano de una de las jugadoras, puede verse ahora en el Museu Blau. Hasta el 9 de enero].