Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
La nueva vida vieja de la familia Al Shaidun

 

  Nombre: Manuel Jabois
Fecha de nacimiento: 01/05/2017
Tipo:

Fuente: El País
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La primera noche de la familia Al Shaidun después de huir de su casa transcurrió al raso. Padres, hijos y nietos se tumbaron en el suelo frente a una mezquita. Ibrahim Al Shaidun, 54 años, y su mujer, Kafaa, 38, empezaban la vida de cero y sin nada: sin casa, sin ropa, sin dinero y sin pasado. Con nueve hijos y dos nietos. Ibrahim era taxista y criaba palomas mensajeras en Idlib, al noroeste de Siria. Vivía en una casa de tres plantas.Cuando empezaron las hostilidades se hacinaron en el sótano. "Allí escuchábamos los bombardeos. Algunas casas vecinas fueron destruidas. Había que elegir entre seguir allí o marcharnos". Decidieron irse de Siria, refugiarse en Líbano. Corría abril de 2011. Ahí siguen.

Los Al Shaidun salieron de Idlib el 21 de abril de 2011 a las tres de la madrugada. Corrieron hasta la carretera y se dispusieron en fila india y muy pegados, "como se camina en una guerra, recto y sin movimientos extraños", dice Ibrahim, por miedo a los francotiradores. Así se desplazaron decenas kilómetros bajo un cielo iluminado por el fuego y viendo de vez en cuando cadáveres que llamaban la atención de los niños: "¿Por qué nadie los despierta?", preguntaron.

Toda la vida de la familia Al Shaidun está en la galería de fotos del teléfono móvil de Ibrahim. Allí enseña imágenes de sus palomas mensajeras, los baños en la piscina de verano y su casa antes y después de la guerra; la vivienda está vacía y controlada por su hermano. Fue saqueada y su aspecto ya es el de una casa más abandonada por una familia de refugiados.

Cuando llegaron a Ghazze (Líbano), un pueblo del valle de la Bekaa en el que se acumulan campos de refugiados de la guerra siria (más de 1.500 asentamientos dispersos), apenas había cuatro familias en esa tierra que luego se llamó Ghazze III. Poco a poco fueron construyendo su tienda con lo que encontraban, primero, y con material aportado por organizaciones humanitarias después.

Kafaa, que se anima a fumar y reclama foto del momento, vacila a su marido preguntándole por la capital de España. Ibrahim no lo sabe; ella responde: "Madrid". "Yo soy la lista de la familia", dice. Fuera calientan en una olla el agua para los baños. En esa casa no entra dinero. Ibrahim no puede pagar el permiso de residencia, así que sólo a veces se reclama a las niñas en los campos de cosecha: cobran cuatro euros la jornada. En el valle de la Bekaa, donde viven dispersos medio millón de refugiados de la guerra siria, las temperaturas llegan a 40 grados en verano y hay nevadas en invierno que a menudo hacen ceder las estructuras de las viviendas. En seis años se ha ido acumulando basura hasta formar un enorme vertedero abierto. Por allí juegan los niños nacidos sin patria, sin nacionalidad. Pueden ver las montañas nevadas que les separan de Siria, las gallinas picoteando entre la basura del vertedero y las estructuras de plástico que se han convertido en sus únicos países conocidos.

"El principal problema que tenemos con el agua es que antes de que llegasen los refugiados ya era de mala calidad. Ahora el problema se agrava", dice en la base de Acción contra el Hambre en Zahle Jesús Capilla, responsable del programa de agua y saneamiento. Por el país se multiplican pozos ilegales en los que no existen certificados de calidad. Los pesticidas utilizados en los cultivos se filtran en la tierra y llegan al agua. La labor de la ONG en esta materia consiste en abastecer de agua a 125.000 personas en Líbano, 30 litros al día por persona; en total un millón y medio de litros de agua.

Los refugiados sirios tienen un problema con Líbano. El país les ha acogido, pero no les ha ayudado a que se establezcan ni les ha ofrecido unas condiciones mínimas de subsistencia. Líbano tiene cinco millones de habitantes y un millón extra de refugiados sirios. A Líbano no le interesa que las familias se acomoden; el Gobierno espera que después de la guerra los refugiados regresen a su país. En Líbano un refugiado puede sobrevivir, pero no vivir. Y muchos refugiados, tras seis años de crisis, han agotado sus mecanismos de adaptación y capacidad de endeudamiento, y están empezando a recurrir a soluciones extremas como el trabajo infantil, la explotación laboral o el peligroso retorno a Siria.

El lujo de la higiene

Líbano no soporta el mayor número de refugiados de la guerra (ese país es Turquía), pero sí tiene la mayor tasa per cápita. Obtener el permiso de residencia cuesta 200 dólares. Según los datos facilitados por Acción contra el Hambre, nueve de cada diez familias refugiadas están endeudadas, el porcentaje de hogares refugiados con seguridad alimentaria cayó del 25% al 11% en el último año y el 70% de la población del Líbano (49% en 2014) vive por debajo de la línea nacional de pobreza. La guerra los ha devuelto a un lugar del que la humanidad salió teóricamente hace siglos: al monocultivo, el trueque. Un lugar en el que los lujos son la higiene y las semillas. Es un mundo de otro tiempo que convive con el actual: un mundo un poco retirado pero visible, cuya conexión con el real son las organizaciones humanitarias.

Para llegar a Hermel desde Zahle se atraviesa una carretera de baches y checkpoints.

Allí, en un pequeño descampado, vivían desde hace cinco años tres familias; una se marchó. Llegaron desde Sarsha, que está al otro lado de las montañas. Mohamed señala el lugar para excusarse por no haber huido a Canadá como su hermano. "Yo quiero regresar algún día a mi casa". Se casó con Dania y tuvo tres niños con ella. Los chicos corren descalzos jugando alrededor de las tiendas a diez grados. Mohamed dice: "No fueron hoy a clase porque están enfermos".

A estas familias las ayuda Acción contra el Hambre con huertos nutricionales. Las supervisoras de la ONG hacen una ruta por domicilios y campamentos en los que se plantan hortalizas y comprueban sus progresos. Tomate, pepino, cebolla, zanahorias y lechuga. También facilitan frutas y productos lácteos. Hace poco se empezó a donar a 70 familias seis gallinas y un gallo para cada una.

Mohamed era pastor de cabras en Siria y tiene una baja médica permanente por un problema respiratorio: "El médico me dijo que no podía levantar un vaso de agua". Algunas de sus plantaciones han comenzado de cero otra vez. "¿Qué ha ocurrido?". Mohamed se encoge de hombros: "Los niños no esperan a que salgan las verduras, se comen las raíces si tienen hambre".

Siete kilómetros

Su mujer espera otro hijo; Médicos Sin Fronteras chequea su estado y le da 50 dólares para ir al hospital a dar a luz. Mohamed señala las montañas: de su anterior vida le separan siete kilómetros. La distancia que hay entre un país en guerra y otro en paz. Huyó cuando empezaron a bombardear su ciudad y destrozaron su casa. No sabe quiénes, nunca ha preguntado.

En este tiempo de refugiados Ibrahim y Kafaa, el matrimonio de Ghazze III, tuvieron otro hijo. Es Yusuf, que tiene dos años y medio. Es más pequeño que los nietos de Ibrahim y Kafaa. Como muchos de los niños nacidos en el campo de refugiados, no han vivido ninguna guerra pero sus juegos son con metralletas de juguete. "La televisión", excusa Ibrahim, al que Yusuf corta el cuello con la mano.

En el lugar donde transcurre la entrevista con EL PAÍS, invitado a Líbano por Acción contra el Hambre, hay ambiente de hogar: detalles colgados de las lonas que hacen de paredes, sofás, un televisor encendido y café caliente. Como se fuma y la mañana no es muy fría, se ha abierto un enorme plástico que sirve de ventana. En Ghazze hay un mundo que imita al real: todos sus habitantes proceden de él, todos saben cómo hacerlo. Todo remite a un mundo que se dejó atrás. No hay casas, ni cuartos de baño, ni trabajo, pero han buscado algo que se le parece. La familia Al Shaidun de Líbano tiene la apariencia de la familia Al Shaidun de Siria. Su vida se esfuerza por imitar a la anterior con los materiales que han encontrado a mano. Los originales se han quedado en el teléfono de Ibrahim.