Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Jóvenes supervivientes

 

  Nombre: Pablo Fdez. Quintanilla
Fecha de nacimiento: 14/10/2017
Tipo:

Fuente: Diario de Cádiz
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Al otro lado de la puerta principal, un joven marroquí de unos 20 años que viste ropa deportiva invita a pasar. "¡Entra, entra! Hola, soy Achraf!", dice hospitalario. Michel Bustillo se retrasa unos minutos. Es el encargado, la cara más visible en Jerez, de la ONG Voluntarios por otro mundo. A su llegada explicará que estaba en la oficina de Extranjería, donde ha presentado dos contratos de trabajo para regularizar la situación de un par de ex tutelados. Los ex tutelados son jóvenes inmigrantes a los que la entidad aloja en pisos de protección tras su salida de los centros para menores. El sistema de acogimiento está gestionado por la Junta, y a la vez que obliga a dar un techo y manutención a los inmigrantes por ser menores, significa igualmente que les dejan en la calle cuando cumplen los 18 años. El día del cumpleaños, exactamente.

El encuentro consiste en un rato de charla con ellos en una de las casas en el que conviven. Son 14 para 12 camas y dos sofás en siete dormitorios (son dos pisos corridos). El inmueble fue cedido a la ONG hace un año por la congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón. Mientras llega Bustillo, nos ofrecen agua. "Está fresquita", insiste sonriente Achraf. En el salón espera también una decena de chavales. Charlan. Algunos no aparentan los 18 que tienen. Algunos más, otros menos. Empezamos a hablar y se muestran tímidos. Abdellah explica que llegó en patera a España. "¿A Tarifa? ¿Barbate?", le preguntamos. "A Cádiz". La primera impresión es que el chico ha confundido Cádiz provincia con Cádiz ciudad. "Pero, ¿a qué pueblo llegaste?". "A Cádiz", insiste. "¿Cuántas horas estuviste en la patera?". "Tres días", dice con un tono de voz casi inaudible, como tímido. "¿Llevábais comida?". "No", contesta. "¿Agua?". "No", contesta. "Llegan muy mal", añade otro chico que también emprendió el camino del mar.

La mayoría huye de Marruecos, donde, dicen, si no tienes padrino no eres nadie"Trabajarán bien, que es lo único que quieren hacer, si se les dan oportunidades"

La mayoría huye de un sistema político y económico sostenido por la corrupción. Si no tienes padrino, vienen a decir, en Marruecos no eres nadie. Varios proceden de la zona de Moulay Bousselham, a hora y media al sur de Tetuán. Otros de Kenitra. Internet revela estampas bellas, playas y algún que otro resort turístico privativo para el marroquí común. Vivían del campo y del mar. Jornadas duras por las que apenas ganaban unos cinco euros diarios. "Yo escuchaba a mi padre decir que alguien se había ido, que otro estaba en Europa y estaba bien. Un día me dijo que me tenía que ir en patera". El objetivo siempre es el mismo, ayudar a su familia. "Si tu padre te llama y te dice que necesita 80 euros, 100, 1.000, se los das y bien, bien. Los míos son mayores, ya no pueden trabajar, el campo es duro". Encontrar a algún traficante de seres humanos en la zona no es difícil. Consigues un teléfono y pides un asiento en una simple patera o goma, por el que se paga alrededor de 500 euros. A menudo son todos los ahorros de la familia. Los chicos que cruzan el Estrecho son inversiones. Al igual que en España se invierte en educación universitaria y se asume el pago de altas cifras para escolarizar en los mejores centros, cuando cumplen cierta edad, si las necesidades apremian, los más desesperados en estos pueblos rurales mandan a sus hijos a España como sea. Se ven dentro de cinco años con un trabajo estable, con casa y con coche. Insisten en esto último. "Y volver con mi coche a visitarles", explica uno de los chicos.

Las tres patas de su proceso de integración la conforman la obtención de documentos de estancia -"papeles"-, aprender el idioma y un oficio. Lo primero eso una batalla que se libra desde que llegan siendo menores. "La Junta está obligada a regularizarles para que al salir del centro de menores no estén de forma ilegal, pero aduce que no les da tiempo y muchos se ven simplemente con el pasaporte de su país", dice Bustillo. Algunos obtienen un carné de paro -sin derecho a ninguna ayuda económica- en el que se lee lo siguiente: "No permite trabajar". Es un carné de desempleo para recibir cursos. "Esa batalla la estamos peleando, nos vamos a reunir con diputados del PP", detalla Bustillo.

En cuanto al idioma, resulta sorprendente comprobar cómo chicos que no son más que agricultores o pescadores en su país son capaces de defenderse bien en castellano en tan solo unos meses. "Para que se queden con nosotros, les exigimos que cumplan, que se formen. Estudian muchas horas de español", cuenta Bustillo. "Aquí se quedan mientras lo intenten. Si consiguen trabajo a los seis meses y se pueden independizar, se marchan, pero si estudian y no encuentran, pues se les da el tiempo que necesiten".

En otro de los pisos de Voluntarios por Otro Mundo se reúnen casi todos los jóvenes acogidos que se encuentran realizando grados medios. Se decantan por las cocinas, la jardinería... Alrededor de las dos y media vuelve a casa uno de los que tiene mejores perspectivas de empleo, Younes. Pasado un período de contacto, trae buenas noticias. "Me han dicho que me van a hacer un contrato". El salón aplaude de forma atronadora. Él ríe y hace una reverencia agradeciendo el cariño. Bustillo irrumpe. "Luego nos querrán matar, nos dirán que hay mucho paro y que no quiten el trabajo, que se vayan a su país. Mira, yo me llamo Michel porque nací en Francia, mis padres eran inmigrantes españoles. ¿Cómo nos hemos olvidado de eso? Trabajan, sí, pero no porque les regalen nada. Al contrario, para ellos es más difícil. Lo que pasa es que se esfuerzan muchísimo, porque necesitan trabajar para vivir. Yo doy la cara siempre por todos ellos, se merecen esa oportunidad".

"Si se les da oportunidades, trabajarán bien, que es lo único que quieren hacer. Estamos desbordados, porque nos hacemos cargo las ONG. Y debe ser el Estado, la Junta". Ahora entrarán dos chicos más en el piso, Ibrahima y Abdilah. "Llevan dos semanas en el albergue, que tampoco tiene camas suficientes. Hacemos lo que podemos, pero luego ves que se empiezan a ganar la vida... Eso es una alegría, ver que trabajas con ellos y lo consiguen. Han sufrido mucho para llegar aquí. Se lo han ganado".