Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
José Manuel Colón: "La mejor forma de frenar la ablación es el conocimiento"

 

  Nombre: Mario Gracia
Fecha de nacimiento: 17/02/2018
Tipo:

Fuente: El periódico de Aragón
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–¿Cómo llegó al tema de la mutilación genital femenina?

–Yo conocía los problemas que acarreaba, pero no su envergadura. Rodando mi anterior documental conocí la historia de Adriana Kaplan, una antropóloga de la Universidad Autónoma de Barcelona. Gracias a la labor de su fundación, la ablación se ha prohibido en Gambia. Tirando del hilo llegué a la historia de más mujeres, fui conociendo los distintos tipos de mutilación… Y a más mujeres que la habían sufrido, como Asha Isamael, o las niñas del centro de Tasaru Ntomonok, en Kenia, que habían huido de la ablación en el último momento. Vi las repercusiones que tenía para estas mujeres, vi la dimensión del problema, pues más de 200 millones de mujeres la han sufrido, y decidí que había que contar esta historia porque en el 2030 se les habrán sumando 90 millones de niñas más, si no ponemos remedio.

–¿Qué mensaje lanza su película?

–Yo creo que una labor muy importante de los periodistas es la denuncia de aquello que la sociedad no conoce o no quiere ver. Y aún más si esa historia conlleva víctimas, entonces hay que contarla para acabar con ese dolor gratuito. Mi película muestra algo que mucha gente no conoce, y es que hay varios tipos de mutilación: del clítoris, de este más los labios menores, y una tercera en la que además se cose la vulva para que el marido, en la noche de bodas, la descosa y haga posesión de la mujer. Es una auténtica locura. En Somalia, el 92% de las mujeres han sido sometidas a la ablación, la mayoría a la del tercer tipo. Es la que sufrió Asha Ismael, pero su testimonio da esperanzas de que las cosas pueden cambiar. En la película toco temas duros, pero creo que lo hago con mucha sensibilidad, y desde la esperanza. Sin ella no hay manera de cambiar las cosas. En el montaje no hay una sola imagen dolorosa, aunque sí testimonios muy fuertes. Pero son de mujeres y niñas que están haciendo que las cosas cambien, incluso aunque ellas mismas lo hayan sufrido.

–En el imaginario colectivo, la ablación queda restringida a África, pero usted rodó en tres continentes. ¿Por qué?

–Rodé en España, Chile, Kenia y Gambia. En España quise mostrar que nosotros también tenemos este problema cerca, pues en nuestro país hay 60.000 mujeres mutiladas (600.000 en Europa) y 17.000 niñas en riesgo. Esta práctica, en sus distintas modalidades, se da en 28 países africanos, pero también en Asia (India, Malasia, Yemén, Omán…), en regiones amazónicas y, con las migraciones, ha llegado a Europa y América. En Kenia rodamos para conocer el trabajo de la oenegé Mundo Cooperante. Allí encontramos un centro liderado por Agnes Pareyio, que trabaja para que las niñas masáis no pasen por esto. Por cierto, son cristianas.

–¿No es la ablación una práctica exclusiva de culturas islámicas?

–No. En Kenia, todas las víctimas que conocí eran masáis cristianas. En Gambia, sin embargo, todas las que grabé eran musulmanas. La mutilación no entiende de religiones. Es una costumbre anterior a la llegada del Cristianismo y del Islam. Se cree que empezó a practicarse en Egipto y que fue llevada a países como Brasil o Colombia por esclavos negros. También viajamos a Chile para entrevistar a la presidenta Michelle Bachelet, que fue la primera directora de ONU Mujeres y quien consiguió en el 2012 que Naciones Unidas prohibiera y persiguiera esta práctica.

–¿No lo estuvo hasta entonces?

–No. Y a finales del 2015 también la prohibió la Unión Africana, pero esto es papel mojado. En Guinea Conakry también quedó prohibida en 1984, cuando estaban mutiladas el 96% de las mujeres. Y 34 años después, en el 2017, todavía lo estaba el 92%. A ese ritmo, harían falta siglos para erradicarla en este país.

–¿Cómo se puede acelerar ese proceso?

–La mejor forma de frenar la ablación es que en donde se practica se conozca que es mala, pero no porque nosotros lo digamos, sino porque es perjudicial para la salud de sus hijas. Ellos no creen que les estén haciendo ningún mal, porque piensan que así las están introduciendo en el mundo de las mujeres, purificándolas. Creen que mutilándolas van a tener más hijos, van a ser más fieles a sus maridos… Cuando lo que conlleva la mutilación es muerte por desangramiento en algunos casos, problemas de fertilidad en otros, pérdidas de orina o infecciones. Algunas por VIH, como es el caso de Fátima Djarra, una de mis protagonistas, que fue mutilada cuando tenía 5 años junto a 300 niñas más, todas con la misma cuchilla. La clave está en empoderar a las mujeres para que desde el conocimiento puedan contribuir a erradicar esta práctica.

–¿Cómo se logra ese empoderamiento?

–Este cambio hay que buscarlo en la educación de las mujeres y de las niñas. Este fenómeno se da siempre en sociedades patriarcales, pero las que cogen la cuchilla son siempre mujeres.

–Y, al mismo tiempo, son también mujeres quienes están liderando la lucha para erradicarla.

–Las mujeres que han comprendido el dolor que han estado causando, incluso antiguas mutiladoras, que es una profesión con mucha consideración en los países en los que se practica, se arrepienten e intentan que la costumbre cambie. Sus testimonios, y los de mujeres como los que aparecen en mi película, son fundamentales para caminar hacia ese cambio.

–¿Ha conocido prácticas interesantes para acabar con la ablación?

–Hay organizaciones como Médicos del Mundo, Amnistía Internacional o Save the Girls, Save the Generation, o la misma ONU, con Michelle Bachelet al frente, que están haciendo un trabajo magnífico. Pero yo me quedo con una iniciativa que parece sencilla aunque está dando muy buenos resultados. Es una medida impulsada en España por la Fundación Wassu-UAB de Adriana Kaplan, y que podría exportarse fácilmente a otros países europeos. Ha puesto a trabajar juntos el derecho, la sanidad y el trabajo social. Así, la persona que viaja con su hija a su país de origen, si es una zona riesgo, firma un documento en el que se compromete a que la niña pasará unos controles a su regreso. Si viene mutilada, sus padres irán a la cárcel. Muchos padres utilizan ese documento para enseñarlo a las abuelas y que sepan que si practican la ablación a sus nietas, quien envía el dinero desde Europa irá a la cárcel. Iniciativas como esta hay que acompañarlas con conocimiento sobre todo lo que provoca la mutilación. A ello hemos tratado de contribuir con esta película.