Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Un extranjero rico siempre será "expat"; uno pobre, inmigrante

 

  Nombre: Javier Brandoli
Fecha de nacimiento: 22/09/2019
Tipo:

Fuente: El Confidencial
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"Son bajitos y de piel oscura. No aman el agua, muchos huelen mal porque no se cambian la ropa. Muchos usan a sus hijos para pedir limosna. Hacen muchos hijos que les cuesta mantener. Se dedican a robar y si se les detiene son violentos. Nuestras mujeres los evitan no solo porque son poco atractivos y salvajes, sino también porque se corrió la voz de algunas violaciones en calles periféricas cuando las mujeres regresan del trabajo".

¿Adivinan de qué pueblo en vías de desarrollo habla este informe lleno de estereotipos racistas? Pues habla de italianos, de italianos en Estados Unidos. Es un informe realizado por la oficina migratoria norteamericana y enviado al Congreso de Estados Unidos en octubre de 1912, según recoge en un interesante artículo de investigación, titulado "Inmigrantes indeseados: la historia de los italianos en el extranjero", de la periodista Chiara Formica. En 1924, se endurecieron las leyes migratorias contra los italianos y se redujo un 90% la inmigración llegada desde este país europeo.

Los políticos tienen la memoria muy corta, los muertos no votan. Los ciudadanos no deberían repetir ese defecto, a ellos no les vota nadie, pero en general el pueblo tiene más miedo que memoria. Hace dos años, M., un buen amigo y excelente persona nacido en la región del Véneto, Italia, me dijo en Ciudad de México: "Nosotros en mi región éramos un pueblo que no conocíamos lo que era hacer cosas ilegales hasta que llegaron los inmigrantes, empezaron a robar y entonces la gente aprendió". Es curiosa su visión porque él es un inmigrante de un país, medio mío, que tiene una fuerte carga de estereotipo criminal a sus espaldas: la mafia. ¿Los italianos enseñaron a robar a los estadounidenses? El éxodo italiano de finales del siglo XIX y siglo XX fue masivo. ¿Por qué? Porque en Italia había mucha pobreza.

El restaurante Portofino, en Palm Cove, norte de Australia, tenía dos virtudes: abría la cocina hasta las 21 horas en un lugar que confunden la siesta con la hora de irse a dormir y su dueña, italiana, era de una sinceridad abrumadora: "Ragazzi', marcharos de aquí, la playa es una porquería y hace una semana dentro de la zona de redes de baño entró un cocodrilo". ¿La pizza es al menos buena? "Dejadme que vea si está mi marido en la cocina".

La 'mama' italiana formaba parte de una larga comunidad que habíamos visto en el Puerto Darling de Sidney, en unos paneles explicativos sobre la historia migratoria australiana, que es la segunda más grande tras la británica. Italia tiene en sus antípodas, no en el país que está al otro lado del Mediterráneo, casi un millón de descendientes. La misma historia se tropieza en Buenos Aires y el Puerto de La Boca o Nueva York y la Isla de Ellis. Es posible que si hay vida en Marte sea porque un napolitano ha abierto una pizzería.

Sin embargo, muchos italianos parecen hoy haber olvidado ese pasado o creen, como cree buena parte de Occidente sobre sus migraciones, que es un pasado lejano y que ellos sí se integraron y contribuyeron al progreso social y económico de muchos países en los que se instalaron. La premisa es cierta. Lo han hecho y de forma destacada en muchos casos. Pero tan cierta como que un Salvini de turno hace tres generaciones en EEUU hubiera dejado subidos en un barco a miles de italianos incultos y pobres que según las autoridades migratorias eran "pedigüeños, criminales y sucios" y que era aconsejable no dejarlos desembarcar.

Dar un 'me gusta' no salva vidas

El Mediterráneo se ha convertido en una especie de frontera de nadie por donde se desaguan vidas y vergüenzas. El Open Arms no encuentra un puerto donde descargar decenas de seres humanos y la sociedad se revoluciona. A favor y en contra. Lo ven desde sus televisores, en sus casas, desde sus teléfonos donde sudan su solidaridad y sus recelos en las redes sociales.

Aparece la foto de un bebé ahogado en una playa y las conciencias se agitan ante tanta mierda. Porque los bebés no deben emigrar en barcazas y morir en las playas ahogados. Pero pasa, a diario. Sin cámaras, sin testigos ni campañas globales, sin famosos llevando alimentos en sus yates ni una troupe de medios esperando a captar las imágenes. Es una muerte casi invisible. Como el racismo. Como la demagogia del buenismo que siente que el mundo se transforma dejando un mensaje ingenioso en Twitter.

"Dar un me gusta no salva de morir a nadie", me dijo en Kenia una vez una cooperante. La inmigración es cruel, como la vida en algunos casos, pero eso es algo que no pasa sólo en Europa. La pobreza no hace bueno a nadie.

Cubanos que se comen salvadoreños

En 2015, se produjo un fenómeno de inmigración masiva de cubanos que intentaban llegar a Estados Unidos a toda prisa ante la noticia de que la Administración Obama iba a cambiar la llamada ley Pies Secos, Pies Mojados. Los cubanos gozaban de unas condiciones de asilo espléndidas, que incluían papeles inmediatos y una serie de ayudas económicas que el Gobierno norteamericano anunció que iba a derogar. Eso provocó una masiva carrera que durante meses colapsó el continente americano desde Ecuador hasta México en una caravana que enseñó lo "hijo de perra" -perdonen el término y los perros, que son bastante más buenos- que puede ser en ocasiones el ser humano.

El mar Caribe se ha zampado durante décadas de exilio a miles de personas que decidían ejercer una libertad que la dictadura de Fidel Castro les negaba. "Ese mar se ha tragado a 78.000 compatriotas", me dijo Eduardo Matías, abogado cubano que trabajaba en temas migratorios de sus compatriotas en Ciudad de México. No hay una cifra oficial de fallecidos, pero el miedo a engrosarla hizo que muchos cubanos encontraran otra opción mejor y aparentemente menos arriesgada que "caminar" sobre el agua entre tiburones. Vendían todo lo que tenían, volaban a Ecuador, único país que no les pedía visado, y subían a pie hasta llegar al Río Grande. ¿Resultado? Los tiburones resultaron ser más nobles.

Entrevisté a varios cubanos que hicieron la ruta y escribí diversos reportajes sobre este tema. Me impresionó su relato. Daba asco, miedo y pena. Pagaban a las mafias de cada país, los coyotes, que en ocasiones los vendían a otras mafias que los secuestraban y pedían su rescate sabedores de que muchos tenían familiares en EEUU y por tanto dólares para pagar por sus vidas.

"Tuve a un grupo de cubanos que secuestraron los Z (grupo narco mexicano) en Tamaulipas. Eran cinco. Los metieron en unas jaulas y vivían en una granja donde había un matrimonio de salvadoreños que habían también secuestrado hace unas semanas y que trabajaban como sirvientes. No les daban comida. Un día los sentaron a la mesa y les dieron carne. Comieron y al acabar les enseñaron las cabezas del matrimonio de salvadoreños. Se los habían comido a ellos. Los salvadoreños no pudieron pagar. Los cubanos comenzaron a vomitar y a llamar a sus familiares en EEUU para que pagaran sus rescates", me explicó Matías.

Rafael Hernández y José Enrique Manresa son dos cubanos que se hicieron entera la ruta americana a pie. El segundo, junto a una hija de 23 años, me narraba que llevaba ya gastados 8.000 dólares con las mafias. Estaba detenido en Tapachula, México, en la frontera con Guatemala. Recordaba con pavor su paso entre Colombia y Panamá por la selva de Darién: "Fueron cuatro noches horribles. Dormimos bajo la lluvia, el frío y los animales salvajes, serpientes, arañas... Encontramos los cadáveres de dos cubanos. Uno era un cubano de 24 años que se quedó dormido y no vio venir la crecida del río que le ahogó".

Ese punto crítico de la selva de Darién se solventaba a veces por mar. Era aún peor. "Las mafias colombianas lanzan a la gente al mar a veces a un kilómetro de la costa. Los tirotean para que se tiren de la barca. Algunos han muerto intentando llegar a la orilla", me explicaban los cubanos. Quizá, para resumir lo inhumano de esa ruta sin tirar de más vísceras, vale con explicar la regla que Rafael Hernández me dijo que había para todo el camino: "El viaje se hace siempre en silencio para que no descubran que eres cubano. No hablas con nadie. Te subes a los autobuses, disimulas y no abres la boca. Los conductores están compinchados y a veces te denuncian a la Policía o te entregan a las mafias si te descubren. Se llevan una parte del botín".

El Estados Unidos africano

"Mis compañeros hablan en 'xhosa' (lengua sudafricana) para que no les entienda. Sólo si está delante el gerente me hablan en inglés. Nos odian y tratan fatal porque estamos mejor preparados y les quitamos el trabajo", me decía Douglas, un amigo zimbabuense que trabajaba en el restaurante Beluga, en Ciudad del Cabo. Echaba tantas horas y ganas que el gerente lo acabó ascendiendo a encargado aunque tuviera que comunicarse en morse con sus compañeros sudafricanos.

Esos eran tiempos, 2010 y 2011, muy duros para la comunidad de Zimbabue que vivía en Sudáfrica. Su país estaba destruido económicamente. Daba impresión cada vez que cruzabas la frontera y comprobabas el erial en el que había convertido Zimbabue el genocida Robert Mugabe. Con la llegada de la democracia a Sudáfrica en 1994 y la presidencia de Mandela, el país abrió las puertas a sus "hermanos" africanos. La cálida bienvenida pronto se volvió un portazo. A un mozambiqueño, namibio, zimbabuense o botsuano no le hacía falta cruzar el Mediterráneo para encontrar la riqueza. En los últimos diez años, el PIB de Sudáfrica ha multiplicado cada ejercicio por entre cinco y ocho el PIB sumado de sus cuatro países vecinos: Zimbabue, Mozambique, Namibia y Botsuana. En términos comparativos, Sudáfrica es una especie de Estados Unidos para el resto del sur del continente.

Sin embargo, las bolsas de pobreza sudafricanas, muy elevadas pese a su gran PIB fruto de la enorme desigualdad social, se rebelaron racialmente contra todos los extranjeros y hubo graves disturbios con quemas de casas, tiendas y hasta muertes. "Este es un país de locos donde todos odian a todos", me dijo en una ocasión un taxista del Congo en Ciudad del Cabo. Daba igual que fueran congoleses, nigerianos mozambiqueños... todos sufrieron ataques. Pero entre esos todos, los zimbabuenses eran los que se llevaban la peor parte.

"No he visto nada igual en mi vida. Son una tropa de zombis. Hay violaciones, disparos, partos, olor a vómito. Viven hacinados en condiciones infrahumanas", me explicaba Ariane Bauernfeind, la responsable de Médicos Sin Fronteras en Sudáfrica sobre un edificio abandonado de Johannesburgo en el que vivían escondidos cientos de zimbabuenses. Fui a ver aquel lugar y, sin atreverme a pasar casi de la puerta porque iba solo y era un sitio muy complicado, lo que vi era un cementerio de seres vivos que deambulaban entre hogueras. "Han quemado varias casas de compatriotas y también algunos negocios", me explicaba entre lágrimas Grace, una mujer que limpiaba casas y que había tenido que dejar su casa de Hout Bay por los ataques raciales. Hablaba de los sudafricanos con total desprecio: "Me parecen unos estúpidos que ni siquiera saben hablar bien inglés".

En el enloquecido problema racial africano, donde hay un enorme peso de los siglos de esclavitud y colonialismo europeo, viví el momento más bizarro cuando Alberto, Bola, un cocinero que trabajaba en el hotel Villas do Indico de Vilankulos (Mozambique), me dijo: "Yo no acepto órdenes de un negro", en referencia al capitán del barco, Mario, un mozambiqueño negro. Lo bizarro es que Bola, el chef, era un excombatiente de Frelimo, de piel negra, que había luchado contra los portugueses en la Guerra de la Independencia.

El rico que abusa del pobre

La riqueza es por tanto un término relativo. La pobre Sudáfrica para un español es la rica Sudáfrica para un congolés. En Malaui, en abril de 2012, la escasez de gasolina y productos era preocupante. Muchas veces la única forma de encontrar combustible era ir al mercado negro. En algunas gasolineras lo único que se encontraba eran botellas de agua. Llegamos a la frontera de Mandimba, para regresar a Mozambique, y un largo número de malauís esperaba con sus motos y sus recipientes de plástico para cruzar al país vecino y cargar gasolina.

Intentar hacer una clasificación de pobreza entre Malaui y Mozambique es complicado: los dos son pobrísimos. En ese instante y en ese lugar, Mozambique era el país rico porque tenía gasolina y Malaui el país pobre porque no la tenía. "Nos cobran más cara la gasolina y debemos pagar a los funcionarios para pasar al otro lado. Nos roban porque somos de fuera", se quejaban los malauís. Una tropa de pobres abusaba de una tropa de más pobres que inmigraban un ratito a hacer compras a su país.

En México, la llegada de Donald Trump a la política levantó unas justificadas quejas ante los ataques racistas que el neoyorquino realizaba contra los mexicanos. Un poco más al sur, y al mismo tiempo, yo estaba en El Salvador haciendo un reportaje de las maras, y me sorprendí en medio de un restaurante donde todos menos yo celebraban con entusiasmo la victoria por 7-0 de Chile a México en la Copa América.

Unos días después entrevistando a un salvadoreño al que las pandillas habían matado a su hijo de 14 años de un tiro en la cabeza comprendí la razón de ese resquemor: "En México, si uno tiene el pelo parado dicen 'este es centroamericano', a este le vamos a pedir dinero. Si uno rompe la armonía de la gente alrededor con pelo parado y una estatura de 160, 'este trae dinero'. Me detuvieron en Tuxtla", me decía un hombre que había intentado ya dos veces llegar a Estados Unidos. La misma sensación que un mexicano tiene sobre el racismo y prepotencia que sufren de los estadounidenses, la tiene un salvadoreño sobre los mexicanos.

En Catar, al subirme al coche camino del desierto, le pregunté al conductor si era catarí. Soltó una carcajada y me dijo: "Los cataríes no conducen, para eso nos tienen a nosotros". Él era paquistaní.

En una tienda del zoco, al día siguiente, el vendedor me dijo al saber mi procedencia: "Yo quiero irme a España, allí he leído que son muy libres". ¿De dónde eres? "De Nepal, como casi todos los que estamos aquí trabajando". La pobreza nepalí que vi durante dos semanas en 2008 me pareció ya dura. Un amigo fotógrafo que visitó el país tras el terremoto de 2015 me describió así lo que encontró: "El país es una enorme escombrera".

La gente no quiere vivir en escombreras. No ser libre es mejor que pasar hambre. Por eso Catar, que es un extraño país donde la población mayoritaria es de India, la segunda es de Nepal y los cataríes son en un su propio país la tercera nacionalidad mayoritaria, se ha convertido en tierra de acogida pese a que sus leyes laborales rozan la esclavitud. Sólo los escándalos provocados por informes de organizaciones como Amnistía Internacional en los albores de la Copa del Mundo de Fútbol han cambiado normas como la 'kafala' que obligaba al trabajador a tener el permiso de su jefe para salir del país o cambiar de empleo.

El racismo contra los 'expat blancos'

Viví cinco estupendos años en el sur de África (Sudáfrica y Mozambique). No paré nunca de viajarla de sur a norte. Y durante todos esos años, tuve un nombre que se repitió por dónde fuera: blanco (mzungu, mlungu, farangi, white...). En México, mil veces, me llamaron también güero (blanco). En Uganda, en 2010, con mi amigo Ricardo Coarasa nos reíamos viendo un periódico en el que en portada llevaban una recepción del presidente en cuyo pie de foto mencionaban a todos los invitados con su nombre menos a una persona a la que mencionaba como: "y una blanca". Era la única persona no negra de la foto, así que no era complicado identificarla. ¿Se imaginan a un periódico en Europa poniendo en el pie de foto "y una negra"? No me molestó nunca ni el mzungu ni el güero, me molestaba sólo que en ocasiones ese "pronombre" predecía a que se me encarecieran los productos o servicios.

"Llevo 30 años viviendo aquí y sigo siendo un jodido blanco que pone un pie fuera de este hotel y esos cabrones me quieren sacar todo", me decía completamente borracho Wolfang, el dueño alemán del Oasis Hotel en el Lago Turkana, entre Etiopía y Kenia, uno de los lugares más inhóspitos que vi en el globo. "Yo no pertenezco ya a ningún lugar. Aquí siempre seré un blanco y en Alemania soy un africano", me decía abatido.

Lo más absurdo de esto es que a muchos les parece racista justamente que una persona de piel blanca pueda denunciar que se siente señalada en esa tierra. Los africanos son exactamente igual que los europeos, los americanos, los asiáticos... lo que cambia desgraciadamente para muchos de ellos son sus condiciones penosas de vida. Pero su inteligencia, bondad o crueldad es igual que la de un tipo que nace en Helsinki o en Kuala Lumpur.

No se preocupen, los 'expat' entran por los aeropuertos y los inmigrantes lo hacen en pateras o a pie atravesando ríos y montañas

Todas esas características se potencian o mitigan según los condicionantes externos. Los europeos también sufren racismo y son señalados por su color de piel, aunque en general sus condiciones económicas sean tan buenas que para diferenciarlos de los inmigrantes pobres se haya inventado el término expatriados. En México conocí una comunidad, InterNations, a la que los extranjeros que llegan a un país pueden apuntarse para conocer otras personas. En la portada de su web dice: "Tu comunidad de expatriados. Conoce a otros 'expat' en tu ciudad". Nada tenía que ver esa web con las decenas de páginas que trataban también de extranjeros, pero de otro tipo de extranjeros, a los que llamaban inmigrantes. No se preocupen, no había problemas para diferenciar ambos grupos: los 'expat' entran por los aeropuertos y los inmigrantes lo hacen en pateras o a pie, atravesando ríos y montañas.

¿Clasistas o racistas?

El llamado racista italiano, húngaro, sudafricano, mexicano o español no es que no quiera inmigrantes, lo que no quiere es inmigrantes pobres. Son pocos estadísticamente los verdaderos supremacistas que existen. El tópico de que el racismo se cura viajando es cierto. El miedo a culturas que nos son extrañas se suele mitigar cuando se convive con ellas. Racismo y clasismo son dos términos que, con frecuencia, se confunden. El racismo es rechazo a otras razas, el clasismo es rechazo a otras clases sociales.

El segundo me parece mayoritario sobre el primero. "En Rusia son racistas con los negros. Una vez fui a un restaurante y cuando me marchaba rompieron los platos porque había comido un negro", me contó el genial conservacionista mozambiqueño Pedro Muagura. Eso sí es racismo. "El año pasado hicimos un crucero por el Mediterráneo y este año lo volveremos a hacer", me dijo en Damasco hace dos meses Tony Mezzanar, dueño del hotel Beit al Mamlouka. Él es sirio. A él nadie le impide desembarcar en ningún puerto.