Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Mor Diaw, senegalés: “Mi idea es no seguir siendo inmigrante hasta que me muera”

 

  Nombre: Eloy Vera
Fecha de nacimiento: 13/08/2020
Tipo:

Fuente: Diario de Fuerteventura
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"No volvería a meterme en un cayuco y tampoco quiero que lo haga mi familia, no vale la pena. Cada uno tiene un destino y puede que el mío fuera venir ahí, pero no le voy a aconsejar a nadie que lo coja", asegura Mor Diaw, un senegalés que llegó en 2006 en cayuco a Tenerife. Desde 2014, reside en Fuerteventura.

En la Isla ha logrado un empleo en el sector turístico y vivir "en calma". De joven, fantaseaba con trabajar en Europa para poder ayudar a su familia. Ahora, sueña con poder regresar algún día a su país y montar su propio negocio.

Mor, de 43 años y padres agricultores, nació en Gassane, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Louga. Su primer trabajo fue en el campo, ayudando a sus padres en las plantaciones de cacahuetes y en el cuidado de los animales.

Hasta los 20 años pudo atender a los estudios de lengua árabe: "Quería seguir estudiando, pero tenía siete hermanos, yo era el mayor y tuve que dejar de estudiar, buscarme la vida y mejorar para poderles ayudar", cuenta.

En 1997 se fue a Mauritania. Sin saberlo, el joven iniciaba un viaje migratorio que 11 años más tarde le traería a Europa en un cayuco junto a 52 hombres más. Antes de tomar el cayuco, Mor vivió nueve años en Nuakchot, la capital de Mauritania. Trabajaba en la venta ambulante hasta que encontró empleo en un chiringuito. Cada año, viajaba hasta Senegal para visitar a su familia.

Un día empezó a ver a jóvenes que llegaban a Mauritania en busca de un cayuco que les acercara a Europa. La idea de hacer él también el viaje empezó a rondarle en la cabeza hasta que decidió echarse al mar.

Recuerda que cuando estaba en Mauritania no pensaba venir a Europa, pero "después de cinco o seis años allí, veía que la gente venía y me dije 'yo también lo voy a intentar'. Tenía familia en Zaragoza que estaba haciendo casas, mejorando su vida y pensé 'lo voy a intentar'".

En octubre de 2006, se subió al cayuco en una playa de Nuadibú. No sabía nadar, pero asegura que siempre tuvo la idea de que iba a llegar. "Pensé 'pase lo que pase voy a luchar' porque en España tenía familiares que lucharon y ganaron y yo iba a hacer lo mismo. Necesitaba ayudar a la familia y tampoco quería depender de nadie", explica.

Después de cinco días en la embarcación, llegaron a Tenerife. La Policía los llevó al Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Hoya Fría. Mor llegó a Canarias en plena crisis de los cayucos.

Ese año, 2006, las Islas recibieron más de 30.000 personas inmigrantes en pateras. La inmigración ocupaba titulares y discursos políticos, pero el objetivo de Mor estaba fuera del Archipiélago. Un mes después de llegar al CIE, lo subieron a un avión con destino a Valencia.

Con camiseta del Real Madrid y una gorra que le protege del sol majorero, Mor cuenta cómo llegó a Valencia: "Nos metieron en una Casa de la Cultura y nos preguntaron si teníamos familia que nos pudiera acoger, les dije que en Zaragoza, y me llevaron en un autobús hasta allí".

En la capital de Aragón, Mor intentó buscar un futuro en la venta ambulante. A pesar de sus ganas de trabajar y comenzar una nueva vida, seguía siendo un sin papeles al que, en cualquier momento, la Policía podía pararle y pedirle la documentación. Al final, terminó regresando a Valencia.

Temporero en Valencia

Trabajó como temporero en Valencia, cogiendo naranjas y compartiendo piso con tres personas más. Recuerda la complicada situación que vivió en el campo: "No ganábamos mucho. Unos 40 euros al día, pero no trabajábamos todos los días. Si llovía, no íbamos y, si hacía mucho frío, tampoco. Había semanas que sólo íbamos al campo tres o cuatro días".

Después de un año y medio de temporero en Valencia, decidió regresar a la venta ambulante. Durante un tiempo se estuvo ganando la vida en mercadillos y ferias por León y Galicia. En dos ocasiones, intentó lograr el permiso de residencia, pero siempre había algo que le echaba el fechillo a su sueño de vivir en España en situación regular.

Asegura que Fuerteventura le ha dado "una vida", aunque el día de mañana, si le van bien las cosas, le gustaría regresar a Senegal

En 2013, su vida empezó a cambiar. La responsable fue Mónica, una mujer gallega que apareció un día en su camino y a la que le contó su vida y ella le dijo "que no le importaba", dice orgulloso.

Mónica fue la culpable de que Mor hiciera las maletas y se mudara a Fuerteventura en 2014. Ella había tenido una oferta laboral en los hoteles de la Isla y, debido a que en Galicia "la vida se estaba poniendo difícil", decidieron arriesgarse y comenzar una nueva etapa en Canarias.

Mor estuvo un año esperando la llamada de un trabajo hasta que lo consiguió en un hotel de la cadena Iberostar como freganchín. "La vida en Fuerteventura ha sido mucho mejor. Al principio era muy complicado, pero, cuando pasó el primer año y encontré trabajo, me quedé tranquilo", asegura.

En su currículo cuenta que ha sido freganchín, ayudante de cocina, camarero de restaurante... "Yo valgo para todo, así que me dije 'cualquier cosa que me ofrezcan la voy a coger' y hasta hoy, que estoy trabajando en el Hotel Allsun Esquinzo Beach", dice.

"Fuerteventura es un sitio tranquilo donde uno se puede ganar la vida. He decidido quedarme aquí porque he encontrado trabajo", asegura convencido. Se encuentra integrado en la Isla. Ha conocido mucha gente inmigrante y senegaleses que son como familia, aunque reconoce que la integración con los majoreros ha sido menor.

Durante la entrevista, insiste en las dificultades que tiene el colectivo africano para conseguir empleo en la Isla. "Aquí para trabajar no basta con echar el currículo, hay que conocer gente", explica. Aunque apela a la necesidad de que los inmigrantes apuesten por la formación, "pueden tener la idea de trabajar, pero si no saben cómo se llaman las cosas es complicado".

Fuerteventura le dio su primer trabajo tras conseguir el permiso de residencia y la posibilidad de empezar a cotizar. En la Isla, ha iniciado una carrera de fondo, dispuesto a ir superándose día a día: "Cuando fui a mi primer trabajo no sabía nada. Me dijeron si podía lavar cacharros y dije que sí. Tengo dos manos, cabeza y fuerza. Les dije 'si me dicen dónde puedo lavar, empiezo', pero no me quedé solo ahí. Cuando estaba libre iba a la cocina a mirar cómo lo hacían. Tenía la idea de que no me iba a quedar para lavar cacharros", dice. Y apostilla: "La gente piensa que cuando se llega a Europa la vida cambia de repente, pero hay que luchar".

Mor vive con preocupación el repunte de pateras rumbo a Canarias. A veces, recibe llamadas de conocidos pidiendo ayuda desde los centros de acogida de Gran Canaria y Fuerteventura. Reconoce "lo complicado que es llegar hasta aquí justo cuando ha empezado la enfermedad del coronavirus. Ahora no tienen oportunidades de salir de la Isla para ir con los familiares que están en Península".

"Viví esa experiencia y me duele mucho cuando veo a migrantes por la calle sin tener dónde vivir. También hay quien vive en la Isla y está en una situación complicada y sin papeles. En casa, con mucha familia y sin residencia para poder trabajar", lamenta.

Inmediatamente después, añade a la conversación lo difícil que está resultando conseguir el permiso de residencia: "Es muy complicado porque las empresas ahora no tienen la oportunidad de dar trabajo y hacer un contrato por un año para poder conseguir la residencia".

Asegura que Fuerteventura le ha dado "una vida", aunque el día de mañana, si le van bien las cosas, le gustaría regresar a Senegal. Allí, desearía montar un negocio. Tal vez, un comercio de venta de piezas de coches. "En África hay muchas cosas que hacer", asegura antes de despedirse.

A las dos de la tarde, empieza su jornada laboral en el hotel. La llegada de los primeros turistas le ha permitido salir de las listas del Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) y continuar su sueño europeo.