A Fernan Diallo le dejaron inconsciente al grito de "negro de mierda". Un grupo de nazis le abrió la cabeza a botellazos a la salida de una discoteca del barrio madrileño de Aluche. A golpes, le recordaron que el racismo es todavía una lacra y que, a diferencia de lo que creía, también existe en Europa. En España, es el ámbito que mayor número de delitos de odio registró en el año 2020. Además según el último informe del Observatorio de Racismo y Xenofobia el rechazo y los discursos de odio han crecido en los últimos meses. Del total de los mensajes analizados en Internet y las redes sociales en julio y agosto, el 30,8% eran discursos de odio dirigidos a los inmigrantes como Diallo. 

Para reunirse con Diallo hay que hacerlo en el que considera su punto seguro. Es un edificio sobrio, abandonado, de unos cinco pisos, del que entran y salen personas continuamente. "Aquí viví yo hace unos años", cuenta a 20minutos mientras sube unas escaleras repletas de mensajes reivindicativos. Fue y sigue siendo el lugar en el que él, y tantos en la misma situación, sienten que tienen un hogar. Llega al segundo piso y se adentra por una puerta que permanece abierta noche y día, y que da a una sencilla habitación forrada de un papel amarillento y en la que solo hay una mesa, dos sillas, un ventilador y una pizarra con el mensaje de 'BlackLivesMatter'.

"¿Cómo llegaste a España?". La reacción de su mirada ya avanza que la historia va a ser dura y complicada. De sus ojos se percibe la expresión que se adquiere solo a base de golpes. Demasiados, para los 23 años de vida que carga a sus espaldas. Diallo nació en Conakri, capital de la República de Guinea, donde permaneció hasta que decidió arriesgar su vida para, paradójicamente, conservarla. Salió en 2017. No se acuerda del mes, dice, pero sí que recuerda que era un martes. Le costó un año atravesar medio continente y superar los aproximadamente 5.000 kilómetros que separan su ciudad natal de Madrid, donde vive ahora.

"No sabía que había gente que pega por el color de la piel o por la nacionalidad"

"No fue fácil", cuenta, resumiendo en tres palabras el instinto de supervivencia que impulsaba su cuerpo mientras cruzaba desiertos, selvas y mares. Pasó por tres países -Mali, Argelia y Marruecos- hasta llegar a España en patera después de haber sido ninguneado, explotado y maltratado por las mafias que se lucran de la necesidad y la desesperación. El joven relata cómo lograron ir pagando a los que les amenazaban con matarles si no lo hacían, gracias al dinero que mandaban los familiares de sus "hermanos". Les llama así, aunque no sean de sangre, pero haciendo hincapié en el vínculo que se genera tras cruzar medio África con otra persona.

Cuando llegó a España, a Madrid, pensó que lo peor había pasado. Llevaba ya unos meses en la capital cuando salió a una discoteca con unos amigos que había hecho recientemente. "Yo entonces no sabía nada de racismo. No sabía que había gente que pega a alguien por el color de la piel o por la nacionalidad. Tenía en mi cabeza que la seguridad estaba garantizada en Europa", confiesa. Fue de camino a la parada del autobús, a la que se dirigía para volver a casa, cuando un grupo de hombres le pararon y le empezaron a increpar. "Yo todavía no entendía muy bien el idioma, pero entendí unas palabras que no voy a olvidar en la vida: negro de mierda", cuenta.

Acto seguido, uno de ellos le golpeó con una botella de cristal en la cabeza, dando inicio a la paliza que le dejaría inconsciente en el suelo sobre un charco de sangre. Muestra una cicatriz en la mano, no muy grande, pero con un relieve que da a entender que allí un día hubo una herida profunda. Resalta en su piel oscura con un blanco brillante, como una especie de metáfora y recordatorio de que el color de piel puede convertirte en víctima.

Un recordatorio de una problemática que él mismo se ha propuesto fulminar. Canalizó su impotencia y dolor a través de palabras. Palabras de otros, de las que se empapó a través de decenas de libros sobre racismo; y palabras suyas, compuestas en poemas y canciones que escribe para desahogarse. Es, de hecho, su sueño y de lo que pretende vivir en unos años. "Saco toda la rabia que tengo. Si tienes muchas heridas, a veces eso te empuja a comportarte de otra forma. Yo decidí exteriorizar todo lo que me ha sucedido cantando", concluye.

"Solo se conoce la punta del iceberg"

"El racismo no fue únicamente la principal causa de los delitos de odio en 2020, sino que también lo fue en 2019, 2018 y en 2017, cuando empezaron las primeras estadísticas. El tema es muy grave y ha ido creciendo en los últimos años", explica a 20minutos Esther Peña, especialista en temas de igualdad de trato y no discriminación en 'Accem', una ONG que además lanzó recientemente la campaña 'Ódiame' para visibilizar las consecuencias del odio en Internet.

"Además, hay infradenuncia, lo que imposibilita que lleguen los casos a los tribunales y, por tanto, que se conozcan los hechos. Realmente solo se conoce la punta del iceberg", añade. Aun así, destaca que España no es un país racista -así lo muestra también la última encuesta del CSIC- y que hay una "gran movilización por parte de la sociedad y de los interlocutores concernidos para abordar estas cuestiones".

Discursos de odio online según motivo de discriminación (julio-agosto 2021)
Discursos de odio online según motivo de discriminación (julio-agosto 2021)
OBERAXE

Coincide con ella Nuria Díaz, portavoz de CEAR, quien cuenta a este periódico que las discriminaciones tienen consecuencias "de diversa índole" para todas las personas que lo sufren "No deja de ser algo que se traduce en una violencia que sufren las personas a nivel psicológico. Al final incluso puede suponer un freno para la consecución de una vida digna, porque viven con miedo, y el miedo es paralizador", asevera.

Pretende dar visibilidad a las consecuencias del odio en Internet y analizar cómo actúa y cómo va cambiando de cara y de discurso.

Por ello, ambas aseguran que hay que "poner una lupa" y destinar mayores esfuerzos en detectar el origen de esos discursos que pueden estar contaminando la opinión de muchas personas y desencadenar en violencia, ya sea física o psicológica. Precisamente el pasado 14 de septiembre el fiscal contra los delitos de odio de Barcelona pidió dos años de cárcel a la primera tuitera acusada de difundir 'fake news' contra los menores extranjeros no acompañados. Se le acusa de un delito de odio, con la agravante de difusión por Internet, por publicar un vídeo de una pelea de un grupo de alumnos contra su profesora asegurando que sucedía en "un centro educativo para emigrantes ilegales" en España. El vídeo resultó ser de Brasil, y nada tenía que ver con los menores extranjeros no acompañados.

Las redes sociales, de hecho, se han convertido en un medio canalizador de todos los mensajes de odio, que han aumentado en los últimos meses. "Las cuestiones que se debatieron en la campaña política pasada agitan muchas veces situaciones que no son ciertas en absoluto y que sin embargo intoxican la opinión pública gracias a la rapidez de propagación en la red", asevera Peña. "Eso lo vamos viendo también hacia otras personas, como se ha visto también recientemente hacia personas de determinada orientación sexual", añade. 

"Aprendes a dejarlo pasar"

"Yo creo que es la ignorancia. Cuando uno no ha salido nunca se comporta así", apunta a 20minutos Mariama Coly. Ella cree además que la educación es fundamental a la hora de prevenir este tipo de pensamientos. Coly es de Senegal, pero lleva viviendo en Madrid desde 2008, cuando vino ya con un precontrato de trabajo en una cadena de restaurantes. Precisamente en uno de esos restaurantes es donde experimentó por primera vez el golpe de la discriminación. "Una mujer, que era cliente frecuente y venía siempre a comer, pidió que yo no le sirviera. Le dijo a mi jefa que no quería que le llevase a la comida una negra, así que cada vez que ella venía, tenía que servirle otra persona", explica.

Mariama Coly
Mariama Coly
David Omedes

Con todo, reconoce que no le resultó tan complicado integrarse, por venir ya con el trabajo asegurado. "Al final me conciencié. Cuando tú hablas con ciertas personas notas que no te aceptan por racismo, pero al final aprendes a olvidar y dejarlo pasar", declara. Coly lleva ya 13 años en España, se ha sacado múltiples formaciones, y aun así siempre ponen reparos a la hora de contratarla en cuanto ven una imagen suya.

"Le dijo a mi jefa que no quería que le llevase la comida una negra"

Se le acristalan los ojos al preguntarle por su sueño. Dice que su mayor deseo es terminar de construir la casa que empezó en un terreno en la costa de Dakar, la capital de Senegal, y abrir un centro educativo para "abrir la mente de la gente". "Me gustaría abrir una escuela en la que dar formaciones y ayudar a las chicas que han dejado la escuela muy temprano. Ya lo hacía en Senegal. Les enseñaba algo que les fuera a servir para ganarse la vida", explica.

Sus dos hijas, a sus ocho y diez años, ya han sufrido el racismo en el colegio. Es en esas edades donde Coly considera que deberían destinarse los mayores esfuerzos por educar en igualdad. Lo asemeja a un folio vacío, en el que se puede escribir sin odio ni injusticia. "Si cada padre o cada madre le enseña a su hijo que todos somos iguales, la situación va a ir cambiando, no de la noche a la mañana, pero sí poco a poco. Yo estoy haciendo lo máximo posible para que mis niños entiendan que el color no existe, que lo que está aquí -concluye, señalándose el pecho a la altura del corazón- es lo importante".

El poder de una mirada

El caso de Ionela ejemplifica las situaciones en las que la discriminación reside fundamentalmente en el país de procedencia. Ella nació en Rumanía, pero se vino a España cuando tenía 22 años, en 2007. "La vida allí era demasiado dura, así que decidí venirme, y lo hice sola", cuenta. Ahora, tiene una hija de 10 años y trabaja de noche en una empresa de limpieza, pero asegura que aún tiene que vivir situaciones incómodas. "Hay veces que solo con la mirada se dicen muchas cosas", asevera, confesando que más de una vez ha tenido que agachar la cabeza. No lo hizo en una situación que consideró especialmente insultante.

Ionela
Ionela
David Omedes

"Estaba sentada en el autobús, cuando vino una señora y me dijo que me levantase, que no tenía derecho a sentarme por no ser de aquí", afirma, asegurando que tiene el mismo derecho que cualquier otra persona, pues ella misma se paga el abono transporte.

Preguntada sobre la posible razón de que haya gente que actúa de esta manera, reconoce que no entiende esa forma de pensar, "porque en el fondo todos somos personas. Todos somos humanos", concluye.