Testimonios orales de migrantes, historias de vida complementadas con la galería de retratos.
Antonia Brosed Sanz: Los años sin tregua

 

  Nombre: Manuel Benito Moliner
Fecha de nacimiento: 22/09/2008
Tipo: Enlaces

URL relacionado: http://www.diariodelaltoaragon.es/index.php?mod=noticias&mem=detalleSuplemento&relcategoria=1039&idn

Antonia fue una de esas mujeres abnegadas que consiguió sacar adelante a su familia. Nació en Robres en una casa humilde de abuelos y dos hijos casados con prole. Por ser la mayor tuvo que dejar la escuela y cuidar de sus hermanos y primos, mientras su madre y su tía espigaban por los campos para poder criar cuatro bichos en casa.

Su padre era esquilador todo el año, empacador en verano y picapedrero cuando se terciaba en alguna obra como la de Canfranc. Cuando los niños se sabían cuidar solos marchaban a emplearse: de pastores ellos y ellas de sirvientas sin horario y por poco más que la comida. Con doce años Antonia marchó a Zaragoza al domicilio de unos parientes, luego su padre la fue a buscar y la trajo a Robres a Casa del Secretario. Cuidaba de la señora enferma, de cuatro hijos morrocotudos y de toda la casa. No podía más y se marchó a la Tienda del Almoldano donde atendía el negocio y la vivienda. Más tarde fue a ayudar a unos tíos que tenían el café. En aquellos años en Robres había unas tres mil personas trabajando en las obras del Canal. Había que limpiar tres salones de café y uno de baile, después fregar la vajilla por la noche. Sus tíos, enriquecidos, traspasaron el negocio y a ella con él, a un matrimonio recién casado que no sabía llevarlo. La ruina se iba acercando y cuando empezó a pasar hambre se marchó a Zaragoza.

Allí sirvió en la vivienda de un ingeniero de Casa Launa de Poleñino, había mucho trabajo -dieciocho personas, pero lo que peor le sentó fue la costumbre de la cocinera de hacer desaparecer un cubierto de plata cada vez que entraba una sirvienta y obligarle a pagar las cuarenta pesetas. Por una amiga se enteró de que los Condes de Samitier necesitaban una doncella. Le pagaban cuarenta pesetas y la trataban con educación. Conoció el lujo y la ostentación. El Palacio que tenían en Calatayud era inmenso, no lo terminó de ver: salones, cuartos de fotografía, sala de armas, establos con los nombres de cada caballo, campo de equitación, jardines? Era julio de 1936 y le dieron vacaciones para que marchara al pueblo con su familia.

Ya no volvería, la Guerra envolvió Robres, por arriba el Cerco de Huesca, por abajo la Sierra de Alcubierre y al oeste Santa Quiteria. Los obuses y las bombas silbaban por encima de las casas. Conoció a Carmelo Brosed, que había sido excedente de cupo. Las chicas vivieron un momento de libertad, surgió el amor sin los condicionantes de antaño y cuando llamaron a filas a los chicos muchas parejas decidieron casarse por el Comité. Un acto tan solemne como cualquier otro, estaban presentes los oficiales de la que sería 27 División, los testigos y el alcalde.

Carmelo marchó al Frente y al evacuarse Robres, Antonia se refugió en Monzón con sus suegros, allí nació Carmela unos días antes de que los fascistas entraran. Huyeron a una viña donde el abuelo conocía una cueva desde donde vieron pasar a los temibles moros. Antonia tuvo que volver a trabajar duro, picando en el Vivero, limpiando en la Azucarera, haciendo morcillas en una carnicería y cuidando a los niños de los dueños.

Carmelo acabó preso en Carabanchel y cuando comenzó a trabajar para la redención de pena su familia tenía derecho a 150 pesetas. Pero no estaban casados. Antonia marchó a Madrid y se casó en la cárcel en una fría ceremonia en la que ni siquiera pudo repartir unos dulces que llevaba. Carmelo tuvo suerte, el contratista de la obra que edificaba la Cárcel Modelo donde trabajaba, era de Castejón del Puente, primo de un jefe de la azucarera de Monzón. Lo enchufó de ordenanza y no pasó hambre ni penalidades.

Volvió a Monzón con avales de las monjas a las que había protegido en el Hospital de San Francisco cuando entraron las columnas catalanas. Vuelta al trabajo sin descanso, un hermano le vendió por 100 pesetas una bici de chatarra a la que tuvo que poner sogas en las llantas.

Marcharon a Sangarrén y pusieron tienda. Carmelo traía los suministros con la bicicleta a la que pronto le pudo poner neumáticos. Las cosas mejoraron paulatinamente y entre panes de harina de algarroba, aceite de grasa de ballena, café de ordio tostado y cartillas de racionamiento consiguieron salir adelante.

Tiempos heroicos de sacrificio donde hombres y mujeres codo con codo sacaron adelante un país que los señoritos habían hundido para verlo renacer desde los casinos y salones domésticos, sin inmutarse.

Por Manuel BENITO