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15 de Septiembre 2008
Difícil pintar otra cosa que no sea Nicaragua



José Aragón es uno de los mejores pintores nicaragüenses de la actualidad. Aunque eso, lamentablemente, lo saben aquí relativamente pocas personas. La causa de tal desconocimiento es, como en muchos casos de magníficos artistas, el exilio. Aragón reside en Barcelona, España, desde hace trece años. Allá ha realizado la mayoría de sus exposiciones, aunque también lo ha hecho en Alemania y Costa Rica, donde ha sido objeto de una entusiasta recepción crítica y donde sus cuadros no tardan mucho tiempo expuestos en las galerías. Su estilo particular, sus trazos y sus colores le han granjeado cierto éxito comercial, lo cual le permite trabajar con relativa tranquilidad y suficiente libertad personal.

Oriundo de Tipitapa, Nicaragua, este joven pintor se inició en las artes plásticas de la mano del nicaragüense Luis Manuel Cuadra. Luego ingresó a la Escuela de Bellas Artes, de Managua, la cual abandonó poco tiempo después para empezar una empeñosa e inteligente formación autodidacta. Ha sido ilustrador, diseñador y caricaturista. El año pasado visitó Nicaragua para presentar su libro Siempre nos quedará la poesía, una antología de textos poéticos nicaragüenses ilustrada con sus obras. Ahora está de nuevo en el país, de vacaciones, aunque también aprovechó para exponer en San José y empezar a prepararse para una exposición en Barcelona. Nosotros aprovechamos la oportunidad para entrevistarlo.

En tu formación como pintor pasaste primero por la Escuela de Bellas Artes, pero luego continuaste de manera autodidacta, ¿cuáles son, en ambos sentidos, tus mayores influencias? ¿Te ha servido algún pintor en especial como modelo a seguir artísticamente?
Como bien señalás, mi formación es más bien autodidacta. Mi paso por la Escuela de Bellas Artes fue un poco breve. La mayor acumulación de mis conocimientos artísticos ha sido a través de la búsqueda personal. En esa búsqueda he visto mucha pintura, pero siempre me he quedado con Picasso, Diego Rivera, Rufino Tamayo (por la magia de su color), David Alfaro Siqueiros, Chagall y los grandes escultores catalanes. La escuela de arte ha influido muy poco en mi trabajo.

Curioso que lo mencionés, porque precisamente iba a decirte que tus trabajos me recuerdan a Rivera. ¿Reconocés cierta influencia suya en tu obra?
La verdad es que cuando descubrí la pintura de los muralistas mexicanos me quedé maravillado por la obra de los tres grandes (Rivera, Orozco, Siqueiros). De Rivera me atrajo su capacidad para narrar, su maestría en el dibujo, así como el equilibrio de sus colores. De Siqueiros me deslumbró la fuerza de su trazo, de sus pinceladas y de su carácter personal. Te diría que fueron Diego Rivera y Siqueiros los que más influencia ejercieron en mi formación como pintor.

¿Podría situarse tu obra como intermedio entre lo naif y el vanguardismo?
En realidad he tratado de hacer una obra con carácter universal, pero manteniendo una profunda raíz latinoamericana. En esa búsqueda he aprovechado toda la experiencia de artistas de todas las corrientes y de todas las temáticas. He tenido la suerte de poder admirar y aprender de la obra de los pintores nicaragüenses, aunque también de todas las corrientes europeas, y creo que en mi obra eso queda reflejado. Yo no sabría ubicarme, pero si algo he buscado expresar en mi obra es el sentimiento y la poesía, así como mi identidad centroamericana.

No pertenecés a ninguna escuela nicaragüense y prácticamente te has formado solo, ¿qué pensás de Peñalba, Morales, el grupo Praxis y subsiguientes?
Como te decía antes, me siento privilegiado por haber tenido la suerte de haber aprendido admirando la obra original de grandes genios de la pintura mundial. Eso ha hecho que mi trabajo se aparte un poquito de las corrientes y escuelas nicaragüenses, pero yo he admirado mucho la obra de los maestros nacionales. Todo lo que pueda decirte sobre Peñalba o Armando Morales sería un poco redundante, porque para mí, la obra de Armando Morales es sencillamente genial, es la cumbre de la pintura nicaragüense y debería conocerse y divulgarse más, porque tengo la sensación que para la mayoría de nicaragüenses es un desconocido. Mi admiración por Peñalba se enfoca más en el aspecto docente; su magisterio queda patente en los grandes pintores que formó y en haber abierto el camino de la verdadera pintura nicaragüense. Del grupo Praxis mi gran pintor es Pérez de la Rocha, pero también admiro grandemente al maestro Aróstegui.

Tu obra es más conocida (o más bien, reconocida) en España que en Nicaragua, ¿podés explicarnos las causas de ese exilio?
Bueno, es normal que mi obra haya sido más expuesta en España, ya que llevo viviendo allá los últimos 13 años de mi vida. Pero no me quejo de Nicaragua, aquí también la gente que conoce mi obra se ha sentido reconocida en ella, y ya hay quienes tienen alguna obra mía en su colección y me han ofrecido su apoyo incondicional. O sea que nunca me he sentido un exiliado cultural, porque aquí también he encontrado reconocimiento a mi trabajo.

A pesar de estar tanto tiempo fuera del país, tus trabajos no abandonan nuestro paisaje, tampoco nuestros rostros y nuestras figuras. ¿Has considerado expresar otros ámbitos en tus cuadros?
Para mí es muy difícil pintar otra cosa que no sea Nicaragua. La verdad es que ni siquiera he intentado hacer otros temas. Me gusta la figura humana, porque a través de ella se pueden expresar sentimientos universales, pero siempre he tratado que esa figura que expresa amor, ternura, tristeza o melancolía sea una figura que también exprese la belleza de nuestra gente. Viví mi infancia en el campo y quedé muy impregnado de esa Nicaragua. Soy un enamorado de la forma de ser del campesino nicaragüense, de su espontaneidad, de su gracia y de ese espíritu melancólico y reflexivo que desprende cuando está sentado a la puerta de su casa por las tardes o al caer la noche...

¿Por qué tan pocas exposiciones en Nicaragua?

Expongo poco en Nicaragua, porque tengo algunos compromisos que cumplir en España y Costa Rica, pero también porque soy un pintor bastante meticuloso y lento a la hora de trabajar. Me gusta disfrutar de cada cuadro que hago, porque eso lo percibe el espectador y creo que cuanto más he disfrutado yo, más lo disfrutará quien llega a ver una exposición mía... Me gusta estar seguro de cada cuadro terminado, porque siempre espero que a la gente que le gusta mi pintura le siga gustando, y a la que no por lo menos diga: "No me gustan los temas que toca, pero pinta bien".

Además de España y Alemania, has expuesto en Costa Rica… Me parece que hay otra exposición pronto, ¿cuándo?
Bueno, en San José he realizado una exposición hace un mes, más o menos, y hay expuestos unos cuantos cuadros permanentemente en la galería... Ahora tengo pendiente exponer nuevamente en Barcelona el próximo año. Vamos a hacer una retrospectiva de mi trabajo en un centro cultural de la ciudad de El Prat de Llobregat, del 23 de mayo al 23 de junio de 2007. Estoy muy contento con este proyecto. También tengo alguna cosa hablada con don Jesús de Santiago, de Hispamer, aquí en Nicaragua, para el próximo año. Pero bueno, tenemos que concretar más.


Las figuras de José Aragón
Esfinges de pupilas fijas
José Mario Cortés /EL PAÍS
La pintura del nicaragüense José Aragón es una ordalía, un método de averiguación en el que el artista nos muestra lo que hay más allá de la simple apariencia. Es una crónica en la que sobresalen las identidades; un mundo que se explica a sí mismo a partir de figuras humanas, más que de paisajes. Estas figuras concentran expresividad en las manos, en el tronco y en los ojos extáticos. Son esfinges de pupilas fijas. No sólo reflejan la naturaleza: la sienten. Ocupan un lugar pertinente en el espacio y el tiempo, como los páramos sombreados por nubes pasajeras que describe el escritor mexicano Juan Rulfo.

La América de Aragón es pétrea. El pintor se aproxima a un silencio milenario que se transmite de generación en generación a través del gesto y la palabra, más que de la escritura. El mismo proviene de una tradición oral recibida en la infancia cuando su abuela, en un jardín de flores silvestres y tamarindos, contaba historias que se entrelazaban con otros relatos de familiares y amigos en Tipitapa, su tierra natal.

Romper el espejo de la vida para mirar dentro del ser; indagar el modo natural de cada cosa para explorar el alma del pueblo. Aragón es un pintor primitivista en el sentido más consecuente. Su pincel y su plumilla luchan contra el olvido. Pertenece a una generación que vivió el dolor de una guerra, de la que resultaron con mutilaciones físicas y secuelas psíquicas tal como lo retrató el cineasta Ken Loach en “La canción de Carla”.

La visión nicaragüense del mundo no es lúgubre; no hay sitio para la tristeza. Sus niños de la calle describen la esperanza más que el desgarro. No tienen nada que ver, por ejemplo, con los niños pobres de Castelao, o de Sebastiáo Salgado; tampoco con la estética impoluta de las fotografías de Cartier Breson. La licencia del artista, a la hora de recrear el mundo, es una forma de libertad. Pero sólo se puede valorar esta libertad si se reconoce la realidad objetiva.



Fuente: El nuevo Diario
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