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11 de Septiembre 2008
Política activa de inmigración


Desafortunada porque, si en algún ámbito del debate político deberíamos efectuar un continuo ejercicio de serenidad, es, justamente, en el de la política de inmigración. Durante demasiado tiempo esta se ha caracterizado por su no existencia. Desde finales de los 90 hasta mediados de la década actual, contemplamos el proceso inmigratorio con una mezcla de asombro y preocupación. Y cuando Zapatero planteó la última regularización, quedó claro que la inmigración había llegado de forma masiva, aunque nadie sabía cómo. Todos somos responsables de la generación de esa no-política migratoria. La derecha ha insistido en exceso en la seguridad, mientras que la izquierda ha tendido a confundir asilo, ayuda al desarrollo y política inmigratoria. En general, no se ha contemplado el proceso inmigratorio en relación con las necesidades generadas por una demografía pavorosa y un mercado de trabajo alcista. Pero cuando la política inmigratoria se contempla como lo que debe ser, conectada con la ocupación, esta ha de implicar un estricto control de flujos. Y quien, en aras de una solidaridad mal entendida, pretenda que la situación del mercado laboral es secundaria, está sentando las bases de problemas futuros. Bienvenida sea la necesaria definición de una política proactiva migratoria, en la que el control de flujos es una pieza esencial. Tratándose de la futura convivencia de ese nuevo país que emerge de la incorporación de la pasada inmigración, y de la que seguro que continuaremos necesitando cuando la recuperación tenga lugar, las buenas intenciones deben dejarse de lado. Como dice el adagio, el infierno está empedrado de ellas. ¿Control de flujos? Ahora, y siempre. Es la necesaria cara, una menos amable, de la deseable y adecuada integración. Periodista

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