Las Migraciones en Aragón

15 de Noviembre 2011
Crónica de una emigración canalla


No ha sido el polaco Slawmir Mrozek un autor dilecto de la cartelera española. Y eso es un hecho lamentable porque Mrozek es un autor importante. Lamentable e incomprensible pues, en 1976, José María Rodero ganó el premio Mayte por su interpretación estelar de esta obra, en compañía de Agustín González, y Los emigrados resultó un acontecimiento de público y de crítica. La ausencia de Mrozek marca las limitaciones de una cultura teatral como la española, temerosa por la derecha y sectaria y doctrinaria por la izquierda. En algunos momentos ha tentado a grupos alternativos, independientes o de resistencia pero con escasa fortuna. Dramaturgo y narrador prohibido en su país e ignorado en otros. Bien por esta recuperación de Mrozek por parte de su compatriota Bielski.

El momento de Los emigrados, acaso la pieza más representativa, es ahora: un mundo desencuadernado por una guerra económica más virulenta que la guerra de los cañones, una Europa incendiada por las migraciones multirraciales y un fin de época de devastación. En medio de todo, el derecho a la libertad.

Los dos personajes de Los emigrados resumen una dialéctica de individualismo y libertad. AA (Jare Bielski) es un exiliado político de un lugar ignoto en un lugar desconocido; XX (Frank Feys) es un emigrante laboral. Idealismo frente a materialismo; el egoísmo del pensamiento frente al egoísmo primario de la supervivencia. Ambos conviven en un sótano miserable: las tripas sucias, el submundo de un edificio. Es un mundo de terror al que una escenografía más visionaria podía haberle sacado más partido. Como se lo han sacado hasta el límite dos actores enfrentados en su espejo contrario, dos actores capaces de iluminar tan sórdido habitáculo. La iluminación no es posible; el intelectual es un cínico egocéntrico y engreído y el trabajador es una bestia insolidaria y primitiva; en ambos, una lección actoral, aunque el papel de Frank Feys cala más fácil en el público que las abstracciones retóricas e intelectualizadas de Bielski. La superioridad del intelectual siempre es más difícil de digerir que la inferioridad zoológica. Son las dos caras de la misma moneda, de un dudoso contrapoder estéril por insolidario. Parece claro que Mrozek simpatiza poco con la élite pensante y menos todavía con la escoria proletaria. Es un autor incómodo por su defensa de la libertad, por la dialéctica de sus personajes; seres de carne y hueso, poco recomendables, víctimas de sus instintos.



Fuente: htpp://www.elmundo.es
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