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15 de Noviembre 2008
Esquilache


En España, en tiempos de Carlos III, un ministro, el marqués de Esquilache, quiso modernizar a la población y librarla de los miasmas que la suciedad producía. En este sentido, promovió la creación de pozos sépticos y la construcción de jardines, paseos y distintas obras que contribuyeran a la salubridad de la que, seguramente, era la capital de estado más sucia de Europa. Asimismo, promulgó un edicto por el que se prohibía la capa larga, que se sustituía por la corta, y el sombrero de ala ancha, que se cambió por el de tres picos.

La medida encerraba otros objetivos, como el dificultar que tras los amplios ropajes se ocultaran armas como espadas o trabucos y que, bajo los amplios sombreros, los delincuentes pudieran disimular sus facciones. La oposición a tales medidas provocó la reacción que ha pasado a la historia como `motín de Esquilache`. En definitiva, la medida, que era acertada, triunfó a pesar de que a Esquilache le costó el exilio.

Doscientos cincuenta años después y con algunos de los inmigrantes que llegan a Europa, nos encontramos con el mismo problema. Tenemos sistemas de identificación, que resultan inútiles si se niegan a enseñar sus facciones. Yo estoy totalmente de acuerdo con la igualdad de oportunidades, el derecho a una vida mejor y la fraternidad universal como símbolo humanitario.

Pero claro, estamos corriendo el riesgo de que todos los delincuentes, adopten el antifaz como prenda común y cuando la autoridad pretenda saber quienes son, en aras a su libertad para vestir, o al dogma de su religión, le nieguen la legitimidad de conocer sus rostros. Claro que, tal y como están las cosas, con apresurarse a llamar racistas a quienes sostenemos la necesidad de que todo el mundo se adapte a nuestras costumbres, ya tenemos el problema resuelto.



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