Las Migraciones en Aragón

16 de Noviembre 2014
Más de 260 misioneros aragoneses trabajan de forma continua en zonas desfavorecidas



Llegar hasta donde nadie llega y, en muchas ocasiones, para quedarse. La vocación misionera sigue llevando cada año desde Aragón a decenas de religiosos, sacerdotes y laicos a aquellos lugares más desfavorecidos del mundo. Una actividad a menudo discreta y que suele quedar al margen de la vertiginosa actualidad pero que sigue presente, ayudando a comunidades y regiones donde la llegada de los misioneros supone en muchas ocasiones el único lazo con el mundo occidental y el progreso.

En la actualidad, el número de misioneros repartidos por el mundo desde la Archidiócesis de Zaragoza y sus asociaciones afines ronda las 260 personas. Un número que, pese a haber menguado debido a la reducción del número de vocaciones y el envejecimiento de aquellos que una vez hicieron la maleta para evangelizar y colaborar en otros territorios, se mantiene gracias a la cooperación de un buen número de laicos que a día de hoy prosiguen el camino abierto en su día por sacerdotes y clérigos.

Antonio González-Mohíno, delegado de Misiones de la Archidiócesis, es el encargado de coordinar y apoyar la labor de estos misioneros desde Zaragoza, y lo primero que hace es romper la imagen característica del misionero masculino que tantas veces ha sido difundida en libros y películas. “La mayoría de los misioneros son mujeres” señala. En concreto, las monjas copan más de la mitad del censo total de misioneros que a día de hoy proceden de la Comunidad, los cuales se distribuyen principalmente por América Latina (unos 150) y África (40), pero también por territorios de Asia, Europa e incluso Estados Unidos, donde durante años las comunidades religiosas que estos formaban suponía la única vía de inmersión de los inmigrantes mexicanos que cruzaban la frontera.

“Cada región tiene sus necesidades y sus características, y el principal deber de un misionero al llegar es sumergirse en la cultura a la que llega. No se debe imponer nada ni pensar, aún en las zonas más desfavorecidas, que los métodos y el modo de vida que nosotros estamos acostumbrados a llevar en el mundo occidental es mejor que otro. Primero la persona que llega debe aprender y conocer todo lo posible sobre lo que le rodea, el idioma, sus costumbres... Para a partir de ahí, ayudar a cada comunidad a mejorar en la medida de lo posible su vida en todos los sentidos”, explica González-Mohíno desde la experiencia de haber vivido ocho años con varias tribus del Togo de mediados de los 70.

Las labores que llevan a cabo los misioneros, especialmente en África, van mucho más allá de predicar el Evangelio. La puesta en marcha de iniciativas sociales, colegios o el apoyo y desarrollo de proyectos médicos son las otras patas sobre las que se sostiene su labor, que aunque en muchas ocasiones tiene una fecha de regreso hacia sus lugares de origen, no está falto de personas que deciden continuar y dedicar su vida completa en aquellos lugares a los que una vez llegaron. Un ejemplo de ello es el sacerdote aragonés José Alberto Serrano, que tras casi cuarenta años en Zimbabue, fue nombrado obispo de la diócesis de Hwangue en 2007. A él se le unió recientemente un nuevo misionero religioso procedente de la Archidiócesis de Zaragoza, José Luis Lázaro, uno de los últimos en hacer las maletas desde Aragón.

Los misioneros laicos, cada vez más importantes


“Aún siguen saliendo en misión unos dos o tres sacerdotes jóvenes cada año desde Zaragoza”, explica González-Mohíno, quien no obstante reconoce que el descenso de vocaciones también ha influido en este aspecto. Este factor, no obstante, ha sido solventado gracias al surgimiento de varias iniciativas de carácter seglar que, aún vinculadas también a la Iglesia, han involucrado a personas laicas en la labor misionera.

Misevi es una de estas asociaciones, que desde comienzos de los 90 desarrolla varios proyectos en Bolivia, Honduras y Mozambique, vinculados principalmente a la educación de menores, la lucha contra la discriminación de la mujer, o la integración de discapacitados. “Es una realidad muy desconocida, pero hay un movimiento misionero laico bastante consolidado en España”, explica Trini Lacarra, quien coordina la delegación de Misevi en Zaragoza.

“Participar en las misiones es algo que una vez que te involucras casi das por hecho. Tú aportas parte de ti a la comunidad a la que llegas y definitivamente, ellos también te aportan muchísimos valores”, explica Montse, una profesora zaragozana que dedica sus vacaciones a acudir a alguno de los proyectos que lleva a cabo Misevi. Sus últimas experiencias han tenido lugar en La Moskitia, al noreste de Honduras, una zona prácticamente aislada del resto del país a la que hay que llegar en barca y en el que habitan varias pequeñas aldeas en medio de la selva tropical. Allí el proyecto de Misevi desarrolla desde 2011 tareas de alfabetización, intervención social, suministro de medicamentos básicos y formación en hábitos saludables, ya que son zonas en las que la intervención del Estado hondureño es inexistente. “Los Miskita -nombre de la la etnia que habita el lugar- son gente que quiere aprender, que ya han tenido contacto con otras regiones más desarrolladas, pero a las que no se les ha dotado de ningún tipo de servicio, y su aislamiento ha hecho que perduren hábitos discriminatorios sobre menores discapacitados y mujeres, algo que intentamos cambiar poco a poco”, explica Montse.

Los patrones que se dan en Honduras son también reconocibles en Nacala, Mozambique, donde otras misionera vinculada a Misevi, Cristina, partirá en enero, en principio sin billete de vuelta. “Es una decisión que se toma con naturalidad. Obviamente tienes que contar con unas facilidades, como estar en un momento de tu vida en el que no se cuentan con demasiadas cargas o tener la posibilidad de pedir una excedencia en tu puesto de trabajo, pero yo he estado dedicando ya varios años mis días de vacaciones a irme de misión, y ahora estoy deseando hacer la maleta hacia Mozambique”, señala. Allí, les espera un proyecto de educación infantil que intenta cubrir las necesidades de los niños más desfavorecidos de este país del este de África, y en el que se presta especial atención a los niños albinos, donde en las zonas rurales siguen siendo considerados como presagios de mala suerte, siendo brutalmente discriminados por su aspecto.


Fuente: Heraldo de Aragón
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