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02 de Julio 2008
Europa en su laberinto


LA Unión Europea ha sido un indudable éxito económico, propiciando la libre circulación de bienes y personas entre sus miembros, rompiendo barreras aduaneras, lo que ha dado lugar a un mercado `casi` libre en el que participan cerca de 500 millones de personas. Las políticas de solidaridad entre sus miembros, con todas sus insuficiencias, con todos sus lenguajes soterrados, han sido fundamentales para conseguir una progresión exponencial para países como España, Portugal y sobre todo Irlanda. Y lo serán en el futuro para los países del Este siempre que la corrupción no se convierta en un obstáculo insalvable. Políticas como la agraria, o la energética, son más que discutibles, pero en general podemos sentirnos satisfechos de pertenecer a un club, que agrupa a poco menos del 10% de la población mundial más rica y equilibrada del planeta.

Otra cuestión es el presente y el porvenir de la Europa política. Ya en sus momentos de gestación, la particularidad francesa, con De Gaulle como voz discrepante, hizo imposible dar cuerpo a una política exterior y de defensa comunes. La `grandeur` era la manifestación psicológica de la resistencia a entender que había terminado el tiempo de las naciones europeas como entes hegemónicos, en un mundo polarizado por la Guerra Fría. Una especie de pataleta senil, que determinó la visión particularista por encima de la construcción de una `nación europea`. Las naciones modernas nacen en el momento en que son capaces de articular una política exterior común, agrupando a todos los intereses contrapuestos que existen en su seno. España se crea cuando los Reyes Católicos y sobre todo a partir de Carlos V, logran que las energías de sus partes coincidan en la idea imperial. Y podemos decir lo mismo para Francia e Inglaterra en los Siglos XVI y XVII, para Rusia en el XVIII y para Alemania e Italia en el XIX. Europa, en su construcción `nacional` ha sido incapaz de seguir ese camino en el Siglo XX y no acaba de encontrar el remedio en el XXI.

La particularidad francesa, se continua con la alemana, cuando llevados por la omnipotencia que le da la reunificación, acude al reconocimiento de Eslovenia y Croacia (con la inestimable contribución del Vaticano. Juan Pablo II lo llevará en su conciencia), acelerando el drama inacabado de la ruptura balcánica. Alemania cree `ganar` la II Guerra Mundial sin pegar un tiro, al asegurarse la hegemonía económica (y también cultural) en toda la mittel Europa, un sueño del nacionalismo alemán desde que Bismark puso su sello en la política exterior alemana. Pero no cuenta con la brutalidad a que lleva el odio alimentado en los Balcanes por sus particualismos religiosos, sociales y culturales. Y Europa vuelve a ver, impotente, cruelmente pasiva, matanzas, violaciones, migraciones masivas... en las mismas puertas de su opulencia y su egoísmo.

Tiene que ser la denostada USA, el Clinton de turno, como antes lo fueron Wilson o Roosevelt, el que tome decisiones que la Europa política no sabe tomar, por la oposición de los presuntos intereses de alemanes, franceses e ingleses. Pero sobre todo, esa impotencia, se debe a la incapacidad de las élites para entender lo básico del proceso de construcción nacional, la búsqueda de una política exterior común. `Culos de hierro` para discutir la aportación a la PAC de un 0.1% de subvención al maíz, pero inexistentes cuando se tiene que abordar una crisis tan grave como la de los Balcanes, que es la piedra de toque para la construcción nacional de Europa.

De ese fracaso se arrastra la `crisis política` de Europa, incapaz de darse una constitución de mínimos. Primero fueron Francia y Holanda. Ahora la `pigmea` Irlanda nos coloca ante el espejo de la desunión, del particularismo. Europa, en lo poítico, sólo es entendida por sus pueblos como una mostruosa máquina burocrática, con funcionarios extraordinarimente bien pagados y con una productividad más bien escasa. Entendida como un lugar etéreo, pero caro, incapaz de articular una política de peso en el entorno mundial que se correponda con su indudable éxito económico. A esa visión de Europa, funcionarial y costosa, los pueblos, en cuanto se les pregunta, dicen que `no`, y no les falta razón para ello.



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