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24 de Junio 2008
¿Estamos en buenas manos?

Fernando jauregui D. A.


Está claro que no hablo solamente del gobierno, de este gobierno. Ni en la oposición ni en los famosos países de nuestro entorno he hallado respuestas lo suficientemente tajantes para explicar y afrontar una crisis -bueno, llámela el señor Zapatero como quiera- que es global, que está mal explicada y que nadie parece saber ni cómo llegó ni cuándo se irá, pero que esta afectando de manera harto palpable al bolsillo de los ciudadanos. Está bien eso de congelar los sueldos de los altos funcionarios -que no son excesivos--, y el propósito de atajar algunos derroches en asesores, viajes, escoltas y demás reflejos del estado de la opulencia, pero todo ello sirve solamente a título de ejemplo. Lo mismo que la europrovocación de proponer que los ciudadanos, tan acostumbrados al bienestar y a la reivindicación de las 35 horas laborales semanales, trabajen en adelante sesenta.

Es decir: parches, declaraciones inconvenientes de gentes como el responsable de la banca europea, naderías emitidas por los micrófonos por los responsables de economía del aún rico Occidente y comienzo de protestas salvajes de colectivos que están en la vanguardia del impacto que provoca el constante encarecimiento del petróleo. Un petróleo que, según algunas previsiones, me parece que realistas, tardará no muchas décadas en desaparecer, mientras las migraciones se intensifican -la historia de la humanidad es la de las migraciones- a la desesperada.

Estamos ante el final de una era, lo digo sin dramatizar y recogiendo las opiniones de gentes que están en puestos de observación mucho más privilegiados que el mío y que han dedicado al análisis de los grandes fenómenos mucho más tiempo y, sin duda, talento que yo. Y, ante todo ello, nos encontramos, para hacer frente a la situación, con la gran polémica, tan conveniente al gobierno, acerca de si hay o no que emplear la palabra maldita (`crisis`, claro). Y ante la propuesta de que congelen los sueldos a los altos cargos. Y poco más. Lo dicho: ¿estamos en buenas manos?

Por Fernando JÁUREGUI



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