Las Migraciones en Aragón

11 de Octubre 2015
El 12 de octubre y el legado español


Las vísperas del 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América y Día de la Raza -o Día de las Américas- según el calendario oficial, inspiran algunas reflexiones. La más elemental refiere a nuestra vinculación con España. Los uruguayos, virtudes y defectos incluidos, heredamos su influencia. No en vano la inmigración española fue la más numerosa de todas las que nutrieron el crecimiento demográfico del país en el siglo 19 y principios del 20, y que nos aportaron su idiosincrasia.

Entre esos aportes, el más relevante es, sin duda, el de la lengua española, base de una cultura y unos valores que gravitan entre nosotros hasta el presente. Andaluces, canarios, extremeños, vascos, gallegos, catalanes y otros muchos llegaron a estas tierras buscando un porvenir. En la literatura española quedaron hondas huellas de El Dorado que en ciertas épocas simbolizó el nombre de Uruguay, pleno de promesas, como plaza atractiva para asentarse y abrirse camino. Fue un flujo migratorio que junto con otros -en particular el de Italia- le dio perfil a un país que, como suele decirse, descendió de los barcos más que de su propia -y escasa- población autóctona.

Aunque la emigración española a Uruguay se hizo sentir en las actividades productivas con esfuerzos pioneros en el agro y en la industria, nunca se ha destacado lo suficiente su peso en la educación. Desde las primeras experiencias de educación infantil iniciadas por la catalana Enriqueta Conte y Riqué hasta la fundación de varias Facultades de la Universidad de la República por parte de sabios españoles, la enseñanza nacional se nutrió en sus comienzos de ilustres emigrantes llegados de la península ibérica.

“De España nos viene el amor a la libertad”, proclamó Juan Zorrilla de San Martín en su célebre discurso de La Rábida al cumplirse el cuarto centenario del descubrimiento, cuando su voz fue la de todos los americanos. El amor a la libertad es otro legado de España que explica momentos estelares de la historia nacional, entre los cuales resalta -al menos para mi generación- el histórico voto por el “No” en el plebiscito de 1980 que abrió el camino para recobrar la democracia y desterró la absurda idea de perpetuar en estas tierras el despotismo militar. Ese despotismo militar que Artigas lapidó en las Instrucciones del año XIII (en la número 18, para ser precisos), embargado como estaba del espíritu liberal contagiado por hombres como el sabio aragonés Félix de Azara a quien acompañó en sus andanzas por el interior del país. Es el mismo espíritu de la Constitución de Cádiz (“la Pepa”), aprobada en 1812, madre de nuestra primera Constitución, la de 1830, y basamento jurídico sobre el que se edificó nuestra nación.

Artigas y nuestra primera Constitución. Todo un cimiento. De ahí el carácter simbólico que tuvo la reciente inauguración en Aragón, de una plaza en honor de Artigas. Allí nacieron sus abuelos y de allí vienen algunas de las trazas típicas, -austeridad, fidelidad a las convicciones-, de la personalidad del prócer que en la batalla de Las Piedras batió a los españoles y que galanamente ordenó a sus tropas que actuaran con clemencia para los vencidos. Todo un homenaje a la España descubridora, conquistadora y colonizadora, pero madre al fin.


Fuente: El País
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