Las Migraciones en Aragón

03 de Marzo 2016
Voces de la intemperie



La pasión por la verdad, cuando se afronta desde la ficción, no es otra cosa que la pasión por la misma ficción. De aquí se desprenden la verdad literaria y cómo se la afronta. La verdad literaria no está sólo en lo que se narra sino sobre todo en cómo se narra. Una obviedad, evidentemente, pero tan necesaria como el obvio axioma de los números reales cuando afirma que todo número es igual a sí mismo. Aquellas premisas no tardan en cuajar una vez terminado de leer La piel de la frontera, el último libro del novelista catalán Francesc Serés (Zaidín, Huesca, 1972).

Serés está entre lo más granado de la narrativa catalana actual. (Y cuando digo de la narrativa catalana me refiero a la que se escribe en catalán, independientemente de sus fronteras políticas. Aclaro esto porque Francesc Serés escribe precisamente desde un territorio de habla catalana en suelo aragonés, en ese límite conocido como la Franja). Lo más granado para mí quiere decir el desa­parecido Jesús Moncada, Mercé Ibarz, Jordí Puntí, Quim Monzó, Imma Monsó, Sergi Pàmies, Joan Francesc Mira y Manuel Baixauli. Puedo ser injusto o estar desacertado en mi elección, pero es la que defiendo.

Serés se nutre de algunas de esas miradas narrativas. De Moncada (sobre todo de su gran libro, El camino de sirga), de Ibarz. Y del gran clásico Joan Sales. Antes lo hizo de Delibes, Sender, Machado y Cela. Estas lecturas, las castellanas y las catalanas, le fueron fructíferas para enfilar el mapa geográfico del libro que reseño. Las catalanas le dieron la solución idiomática definitiva. El alma. Configuraron su escritura al servicio de su experiencia vital y literaria.

La piel de la frontera se organiza mediante relatos. Historias que el narrador, el mismo autor, observa y registra en una libreta. Le acompaña en esa travesía de la pobreza, la indefensión y la intemperie física y moral de sus ocasionales moradores, una máquina de fotografiar. Antes de hablar de contenidos, lo haré de formas de narrar. Serés entiende el relato de lo que ve y anota escrupulosamente como ese momento irrepetible de la narración anterior a la novela burguesa, que diría Walter Benjamin. Con el mismo Benjamin, diría que Francesc Serés devuelve al relato su antigua aura, su eficacia humana primigenia, su sentido de la comunicación radical.

Ahora ya podemos situarnos ante su libro. La piel de la frontera nos habla, a través de un narrador-autor, de inmigrantes en suelo extraño. Estamos hablando de trabajadores temporeros para recoger la fruta o hacer alguna que otra chapuza para quienes los contrate como un acto de piedad, en los campos fronterizos entre Cataluña y Aragón. Estamos, por tanto, hablando de provisionalidad, de extraterritorialidad, de hambre, desam­­­paro. Y picarescas o delitos, también: para no caer más hondo. El narrador Serés no juzga lo que observa. Es como un etnógrafo que nos invita a pensar. Necesita escuchar a los protagonistas de sus relatos: hoy son Severo y Mercedes, antiguos hippies que no han atinado a reciclarse para acomodarse al mercado. Mañana es Maajed, el argelino que un día desapareció para siempre.

En ese territorio fronterizo, en el Bajo Cinca, el Segrès, el sofocante páramo de Los Monegros, el narrador otea un territorio que siempre se parece tanto a un paisaje después de la batalla. De Argelia, de China, de Colombia, de Marruecos o Gambia, siempre habrá alguien que le hará reflexionar: “Es difícil encontrar hijos de puta entre aquellos a quienes toca trabajar en el campo”. O: “La mejor integración la hace el trabajo”. En La piel de la frontera alguien quiere ver avutardas. Nadie las ve y por eso se parecen tanto a un sueño. Las avutardas pueden ser el sueño de todos nosotros. Nos lo dice su narrador en luminosa y conmovedora comunicación.



Fuente: El Paí
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