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17 de Marzo 2017
Inmigrantes para salvar la España que se muere



La salvación puede esconderse en pequeños acontecimientos. Lo saben bien los residentes de Visiedo, una localidad diminuta a 45 kilómetros al norte de Teruel. Hace dos años una mudanza normal se convirtió en un evento de vital importancia para un pueblo que lleva décadas asistiendo impotente a una desoladora muerte por despoblación. Era el 1 de julio de 2015 cuando Said al Ghoury, originario de Tánger (Marruecos), contribuyó a que el municipio se apuntara un tanto en su lucha por la supervivencia: gracias a él y a su esposa y sus dos hijas, la única escuela de Visiedo sigue abierta.

"Aquí estoy encantado", dice un Said sonriente. Enfundado en su chándal de trabajo repleto de bolsillos cuenta cómo aterrizó en la localidad turolense matando dos pájaros de un tiro: él buscaba un empleo y el municipio necesitaba a sus hijas, Yassmin y Fidaf, de 12 y ocho años. “Su llegada ha sido una gran mejora para el pueblo”, asegura la alcaldesa María Ángeles Zaera. Precisa que, de los 136 habitantes censados, solo unos 80 viven en el pueblo. Ahora Said trabaja a su lado como alguacil del Ayuntamiento y pronto será padre por tercera vez: su mujer, Omkeltoum, está embarazada de siete meses de su tercera niña. 

En los días soleados, Visiedo recuerda los paisajes lunares y desiertos tan amados por el cineasta italiano rey del spaghetti western Sergio Leone. Pero ni suenan las bandas sonoras de Ennio Morricone ni hay duelos a muerte. En sus calles hay más casitas de ladrillo abandonadas a punto de caerse que personas, y es más fácil encontrarse con un tractor que con un coche. Algo que no sorprende en la zona más vacía de España: según el Ministerio de Agricultura, Aragón es la Comunidad Autónoma con el medio rural más despoblado (9,6 habitantes por kilómetro cuadrado). Said, que hoy tiene 43 años, nunca había vivido en un lugar tan pequeño.

Desembarcó en Barcelona hace 20 años —ciudad que considera su segundo hogar—, cuando los flujos migratorios comenzaban a ser consistentes y consagraban definitivamente a España como lugar de acogida para cientos de miles de inmigrantes. Desde 1998, el número de foráneos empadronados en el país se ha multiplicado por 10 y ha pasado de representar el 1,6% de la población total en 1998 al 12,2% en 2016, equivalente a 4,6 millones de personas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Pese a la desolación de la zona, los Al Ghoury no son los únicos extranjeros que se han asentado en el pueblo. Hay otras dos familias marroquíes que viven en Visiedo y cuyos hijos comparten aula con Yassmin y Fidaf. Y hay muchas más en los municipios limítrofes. Tan solo en la provincia de Teruel, cuya sangría demográfica se intensificó a finales de los sesenta, el número de inmigrantes ha crecido en un 2.171% desde 1998 (actualmente, hay 13.979 extranjeros), de acuerdo con el INE, mientras la población española ha bajado de 136.229 personas a 123.009.

Rosario Sampedro, profesora en la Universidad de Valladolid y experta en sociología rural y de las migraciones, explica que los extranjeros empezaron a llegar al medio rural español en los noventa para trabajar de jornaleros en la agricultura intensiva del arco mediterráneo, y solo una década después empezaron a moverse hacia el interior. “Se ha producido un cierto rejuvenecimiento de la población en determinadas áreas”, asegura. “Y esta repoblación ha sido gracias a los inmigrantes, aunque en las zonas más remotas es muy difícil y la crisis ha supuesto una inflexión”, lamenta. En Teruel, la décima provincia con el índice de envejecimiento más alto de España, aproximadamente un tercio de la población tiene más de 60 años.

Si no hubiera sido por la crisis, Said y su familia seguirían en Barcelona. “Marché por el sueño de Europa”, dice antes de romper en una carcajada, “pero me quedé en el paro”. Él y su familia llegaron a los campos de Teruel gracias al programa Nuevos Senderos de la Fundación Cepaim, que propicia el traslado de población inmigrante a municipios rurales despoblados. “Interesa hacer de un pueblo muerto un pueblo vivo”, sentencia Vicente Gonzalvo, representante de la asociación en Aragón. “Es muy importante que los nativos que han nacido en el medio rural tengan en cuenta lo fundamental que es para ellos que vengan nuevos pobladores”.

El pastoreo, un oficio de inmigrantes

A tan solo 20 kilómetros vive un compatriota de Said, Hassan Bellahmama. En el lugar donde trabaja el silencio de la nada solo es roto por sus abucheos. "¡Beeh! ¡Beeh¡Beeh!", grita al rebaño de 1.000 ovejas que lleva cada día a pastar a los campos en las afueras de Alfambra, un municipio turolense con algo más de 500 habitantes. Originario de la localidad rural de Kelaa, cerca de Marrakech, Hassan llegó a España con 19 años y un contrato de pastor ya firmado en el bolsillo. Ahora, después de 11 años en el país, no tiene intención de irse. Al contrario, acaba de obtener el visto bueno a la reagrupación familiar que ha solicitado para traer de Marruecos a su mujer y a su hijo de un año medio.

Hassan Bellahmama en el campo de Alfambra con un rebaño de 1.000 ovejas la semana pasada. Este inmigrante marroquí trabaja como pastor en el pueblo turolense desde el año pasado. ampliar foto
Hassan Bellahmama en el campo de Alfambra con un rebaño de 1.000 ovejas la semana pasada. Este inmigrante marroquí trabaja como pastor en el pueblo turolense desde el año pasado.

Al igual que en Visiedo, Hassan no es el único extranjero del pueblo. Tampoco es el único Bellahmama de Alfambra: dos de sus hermanos ya vivían en el municipio turolense cuando él llegó y otro más reside en Zaragoza. Los tres son pastores. "Españoles para este oficio hay muy pocos y gran parte de la ganadería de Teruel emplea a extranjeros", asegura el empleador de Hassan, Pedro José Escusa. Un problema para una región cuya producción agraria representaba en 2013 el 9% del total de España, según los últimos datos disponibles del Ministerio de Agricultura. "Tanto yo como el resto de los ganaderos empezamos con los inmigrantes hace unos 15 años". Marroquíes, pakistaníes y rumanos son los foráneos que más se dedican a este oficio, detalla. 

Es como la pescadilla que se muerde la cola: si no hay población no hay servicios y si no hay servicios no hay población. "Es muy difícil", insiste Zaera. "Si tuviésemos una fábrica o algo que ofrecer estaríamos más compensados, pero por mucho que luches solo puedes mantener, no ampliar". A Said y a su familia, por lo menos, ya los tienen afianzados en el pueblo. Sus hijas, nacidas en Barcelona de padres marroquíes —y, por tanto, españolas—, no tienen duda alguna cuando les preguntan de dónde son. "De repente ya se sienten de aquí", dice satisfecho Said.



Fuente: El País
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