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17 de Julio 2017
¡Que vengan ya!




Hace ya dos años, España se comprometió con la Unión Europea a reubicar y/o reasentar a 17.337 personas refugiadas procedentes de Grecia, Italia y otros antes de finales del próximo mes de septiembre. A día de hoy, faltan casi 16.000 personas por ser acogidas. Pobre e inmoral balance.

Diez organizaciones representativas de un importante espectro de la sociedad civil —ACCEM, Amnistía Internacional, Ayuda en Acción, Cáritas, CEAR, CEPAIM, Médicos del Mundo, Oxfam Intermón, Red Acoge y la Coordinadora española de ONG para el Desarrollo— se han dirigido a la vicepresidenta del Gobierno para exigir que cumpla con su deber y con su propia palabra. Las 10 entidades hicieron visible recientemente esta petición en un acto público con el lema #SinSalidas, para mostrar que esa es exactamente la situación en la que se encuentran miles de personas atrapadas en los países de tránsito, sin poder retornar a sus casas, ni tampoco conseguir un hogar seguro en Europa. Todavía seguimos esperando una respuesta del Gobierno.

Nuestra petición no es un brindis al sol; planteamos acciones muy concretas que pueden adoptarse ya. Son cinco medidas urgentes como la adopción de políticas internacionales que protejan la vida de las personas refugiadas y migrantes, la mejora del sistema de acogida español, habilitar vías legales y seguras de venida, poner fin a las devoluciones ilegales en nuestra frontera sur y garantizar una protección efectiva para las personas más vulnerables como menores, mujeres, minorías y aquellas perseguidas por su orientación sexual.

El Gobierno tiene que abandonar de una vez la impotencia cínica y los discursos vacíos. Y la vicepresidenta tiene que liderar la respuesta sentando con carácter inmediato alrededor de una mesa a comunidades autónomas, ayuntamientos y organizaciones sociales para cumplir el compromiso adquirido, coordinar una respuesta integrada y crear las bases de unas políticas diferentes, más inteligentes y humanas.

Acoger a 16.000 personas de las cientos de miles que escapan de la guerra y la persecución resulta insignificante ante la magnitud del reto. Pero es un gesto importante, internamente y también de cara a la Unión Europea, donde algunos países especialmente recalcitrantes se han desmarcado del compromiso adquirido (la CE acaba de abrir un procedimiento contra Polonia, Hungría y República Checa), y otros muchos, como España, se encuentran lejos de cumplirlo.

Pero tratemos de situar lo anterior en su contexto. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR), en estos inciertos momentos hay 65,6 millones de personas refugiadas en el mundo que han tenido que abandonar sus casas a causa de la guerra, la violencia y la persecución. Dos de cada tres son desplazadas en su propio país y una de cada tres sobrevive como pueden en Estados extranjeros. Por no hablar de los 244 millones de migrantes por todas las causas, incluidas el hambre y la miseria.

Y un dato que no se cita habitualmente. Los seis países que acogen a más de la mitad de las personas refugiadas del mundo no alcanzan el 2% del PIB mundial. Mientras que los seis países más ricos del planeta —con más del 50% del PIB mundial— acogen a menos del 9% del total. No es un problema de capacidad de absorción, se trata de voluntad política, compromiso humanitario y cumplimiento de la ética y de las normas con las que nos hemos dotado. Los que aquí llegan (cuando llegan) desde Siria, por ejemplo, constituyen una parte muy pequeña de los millones que malviven en países infinitamente más pobres de la región como Turquía, Líbano, Jordania, Irak o Egipto.

Y mientras tanto, Europa se va convirtiendo cada vez más en una fortaleza —también mental— con muros y concertinas, y con un mar Mediterráneo que ya oculta en sus aguas 14.000 cadáveres desde 2014. Sólo en lo que llevamos de 2017 se estima que han muerto más de 1.800 personas en él. Es una Europa que ha perdido una parte importante de su razón de ser y sus valores. El negocio de la xenofobia y el pretendido sellado de fronteras está consumiendo una cantidad ingente de recursos que podrían dedicarse a mejorar las condiciones de integración, por ejemplo.

Las actuales políticas sobre refugio y migración resultan inmorales y empeoran nuestra calidad como sociedad. Pero es que además no funcionan. Tenemos que construir relatos y discursos diferentes, alternativos, a la ofensiva. Posibles y a la vez radicalmente ambiciosos. Porque incluso los movimientos sociales y ONG nos dedicamos a denunciar lo que no nos gusta más que a tratar de vislumbrar alternativas posibles. Y hay alternativas. Estudios recientes afirman que promover la movilidad internacional de personas puede ser el motor más poderoso para una prosperidad global y redistribución de la riqueza.

Volviendo al principio. Queremos que España cumpla el compromiso de traer a las 16.000 personas refugiadas que faltan y que malviven ahora mismo sin futuro ni esperanza. Exigimos al Gobierno que lo haga ya. Y no vamos a parar hasta que así sea.



Fuente: El País
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