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26 de Noviembre 2017
¿Por qué los presos extranjeros quieren quedarse en España?



Cuando Mercedes Gallizo era secretaria general de Instituciones Penitenciarias (2004-2011) visitó un pequeño penal cercano a Bruselas, una de esas prisiones que las autoridades belgas del ramo mostraban a sus invitados como referencia de su sistema carcelario. El edificio era de principios del siglo pasado. Han transcurrido diez años de aquella visita y, aunque se han abierto nuevos centros, la mayoría de las prisiones son viejas (20 de las 33 se inauguraron en el siglo XIX) y están masificadas. El último informe de la sección belga del Observatorio Internacional de Prisiones revela problemas de hacinamiento (la tasa de ocupación es del 110%, frente al 84% de las cárceles españolas). La falta de espacio es tal que Bélgica se ha visto obligada a alquilar celdas a sus vecinos holandeses, que las ofrecen porque allí las tienen vacías.

El periódico 'La Libre' (que junto a 'Le Soir' es el más importante de Bélgica) dedicó en enero pasado un amplio artículo al informe del Observatorio, denunciando la presencia de ratas, ratones, pulgas y cucarachas en las penitenciarías belgas. «Si tuviéramos que contarlas, la superpoblación [de bichos] superaría con creces el 100%», ironizaba el diario.

Por eso ha llamado tanto la atención que la Fiscalía de Bruselas haya solicitado a España información sobre el estado de nuestras cárceles de cara a una posible extradición del expresidente catalán Carles Puigdemont. La respuesta ha debido de convencer al fiscal, que ayer pidió al juez que entregue a Puigdemont a la Audiencia Nacional, si bien el magistrado ha aplazado su decisión, al menos, hasta el 4 de diciembre.

En comparación con las cárceles belgas (y de casi todos los países de nuestro entorno), en las prisiones españolas, dentro del margen de bienestar que cabe esperar en una situación de privación de libertad, no se vive tan mal. Y hay estadísticas que vienen a certificarlo. En el último lustro, menos del 2% de los reclusos extranjeros que cumplen condena aquí han solicitado su traslado a sus países de origen.

16.827 extranjeros (el 28% del total de internos) penan en cárceles españolas, según datos de Instituciones Penitenciarias recogidos hasta septiembre. Y sólo se han producido 145 solicitudes, el 0,8%. En realidad puede que sean algunas más porque, desde que en diciembre de 2014 entró en vigor la Ley de Reconocimiento Mutuo, son los juzgados de vigilancia penitenciaria los encargados de tramitar estas peticiones y no siempre comunican las estadísticas al Ministerio de Justicia. Por ejemplo en 2013, antes de la implantación de la ley, había en España 22.754 convictos extranjeros y sólo el 1,9% solicitó el traslado. Y en 2014 fueron el 1,6%. Muy pocos, en cualquier caso.

Africanos y sudamericanos son los que menos quieren irse. Belgas, sólo cuatro en lo que va de año. También se sabe que hay delincuentes que se entregan en España para evitar el talego en sus países, donde las condiciones carcelarias pueden ser durísimas. Así lo hizo el presunto asesino de una familia brasileña -el matrimonio y sus dos hijos de 4 y 1 años- en Pioz (Guadalajara). Tras huir a Brasil, su país natal, regresó a España para entregarse. En comparación con aquellas prisiones, donde no son raros los ajustes de cuentas, las torturas, las violaciones y hasta las decapitaciones, las españolas son hoteles de cinco estrellas.

«La cárcel, la privación de libertad, el tener que estar sometido a unas normas... todo eso es horrible. El preso no es dueño de su vida. Dicho esto, y teniendo esos condicionantes en consideración, creo que los centros penitenciarios españoles y su sistema de funcionamiento son seguramente los mejores del mundo», opina Mercedes Gallizo, que incluye en el top algunas prisiones nórdicas «pero sólo algunas, no todas».

En la de Estremera (oficialmente Madrid VII, inaugurada en 2008), en la que ingresaría Puigdemont si así lo decidiera el juez tras su extradición, las celdas tienen once metros cuadrados y disponen de sanitarios y duchas. Cada módulo cuenta con espacios de ocio y actividades formativas (hace unos días 'el Bigotes', uno de los cabecillas de la 'trama Gürtel', se acogió por videoconferencia a su derecho a no declarar ante las Cortes Valencianas y pidió volver a su curso de cocina en la prisión de Valdemoro «porque estaba pochando»), así como polideportivo, gimnasio, biblioteca y piscina. Aunque lo normal es que cada celda esté ocupada por dos inquilinos, en Estremera tienen la posibilidad de acoger a uno solo, ya que dispone de 1.214 habitáculos para sus actuales 1.071 internos.

Gallizo resalta que, al contrario de otros regímenes penitenciarios, el español, además de «muy legalista y garantista» con los derechos de los presos, permite hacer mucha vida fuera de la celda. «En los países de nuestro entorno apenas salen de la celda para hacer una determinada actividad. Incluso desayunan, comen y cenan dentro. En España hay más socialización, las celdas se abren a las ocho y los internos que no están en régimen especial acuden a realizar sus actividades, que pueden incluir cursos de cocinero, panadero, albañil...)», describe Gallizo.

Ayer Alfonso Dastis, el ministro de Exteriores, dijo de Estremera: «Reúne todas las comodidades que, no solo los presos, sino muchas personas quisieran disfrutar».



Fuente: Ideal
URL relacionado: http://www.ideal.es/sociedad/espana-pena-mejor-20171126001746-ntvo.html

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