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21 de Julio 2018
El duro tránsito de los migrantes por el purgatorio marroquí



Frente a la estación de autobuses de a Ouled Ziane, en Casablanca, hay un campamento de migrantes subsaharianos cuyas chabolas han sido incendiadas por los vecinos al menos dos veces en ocho meses. La última de ellas sucedió el domingo 8 de julio a plena luz del día. Al entrar en el lugar este martes aún se apreciaban a la derecha los restos de las tiendas quemadas. A la izquierda se encuentra el chamizo donde varios migrantes ejercen de manera informal el control de acceso. Un joven que tiene la mano izquierda enyesada dice que se la fracturó un agente hace tres días en los bosques que lindan con la frontera con Ceuta. Otro amigo suyo muestra la pierna derecha enyesada y una muleta. Dice que mientras huía de los gendarmes, en la misma redada, saltó y cayó mal. Sedú, un marfileño, enseña las cicatrices de las mordeduras de un perro achuchado, afirma, por la policía hace tres meses cerca de la frontera.

Cada vez que los agentes marroquíes organizan redadas junto a la frontera española suelen trasladar a los migrantes detenidos a ciudades alejadas de España. Ese acto entraña para la mayoría de ellos solo un contratiempo en sus planes de llegar a Europa, un retroceso de varias casillas, como en el parchís. La peor casilla, aseguran, es la ciudad de Uchda, en la frontera con Argelia. "Porque ahí te pueden expulsar hacia Argelia y los argelinos te pueden echar a Malí o a Níger", explica uno de ellos.

Todos los subsaharianos del campamento tienen algún conocido que consiguió cruzar la frontera. La llegada de inmigrantes a España ha alcanzado su máximo desde 2008, según los últimos datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), facilitados a finales de junio. En total, 18.016 personas arribaron a las costas españolas a través del Mediterráneo desde principios de este año, frente a las 17.827 que llegaron a Italia. En total, 50.872 migrantes desembarcaron en Europa en lo que va de 2018, la mitad de los que fueron registrados el año pasado hasta el día 15 de julio. 

El barrio donde se sitúa el campamento es Derb El Kabir, considerado el de mayor índice de delincuencia en la mayor y más pujante ciudad del país, con más de cuatro millones de habitantes. Ahora habitan unos 400 migrantes, casi todos menores de 30 años y todos hombres. En otros momentos, como en el invierno del año pasado, había unos 2.000. En una parte del terreno ´algunos improvisan una peluquería, otros juegan a las cartas, uno se dedica a vender zapatillas que ha encontrado en la basura. Otro cocina arroz para vender. A veces los empleados de Cáritas les regalan ropa, jabón y calzado.

Sanogo Bakary, un marfileño de 22 años, ejerce de portavoz o alcalde del lugar. Bakary lleva un año y medio viviendo frente a la estación. Los demás, apenas unos meses. "Aquí, simplemente tomamos fuerza", explica, "nos reponemos porque la vida en los bosques próximos a la frontera es muy dura. En esos bosques debe haber ahora como unos 2.000 migrantes. Yo iba a subir allí hace una semana, pero detuvieron a mis amigos. Allí comes de la basura que encuentras. Al menos aquí tenemos un sándwich diario que nos dan las autoridades, una manzana y un poco de agua. Pero eso es lo único que nos dan para todo el día. Nos lavamos con una botella de agua y orinamos ahí, en el centro del campamento, donde echamos la basura. Si necesitamos un retrete vamos a la estación de autobuses. Pero solo podemos ir a partir de las nueve de la noche. Si la policía nos ve por el día pueden meternos en un autobús o llevarnos hacia Agadir (a 500 kilómetros de Casablanca), o tal vez más lejos, a Tiznik o a Dajla, en pleno Sáhara".

La mayoría proviene de Costa de Marfil. Pero también los hay de Guinea-Konakri, Guinea-Bissau, Senegal o Camerún. Casi todos afirman haber viajado a través del Sáhara y Argelia. Otros, entre un 10% o un 20%, llegaron en avión a Casablanca. Si se les advierte de que tal vez en Europa no encuentren el paraíso aseguran que al menos allí no les tratarán "como animales".

Las entrevistas en el campamento se producen al día siguiente de que el Gobierno de España anuncie su intención de conceder la atención sanitaria gratuita a los migrantes que entren en España, sin necesidad de empadronamiento ni contrato de trabajo. Ninguno de ellos conoce aún la noticia. Pero les da igual, su fijación por llegar a Europa sigue siendo la misma. "Queremos hacer una vida normal, sin que nos llamen negro ni nadie esconda el teléfono cuando te acercas", dice uno de ellos.

Al preguntar cuántos han sido ya conducidos a Agadir, el corrillo formado por una veintena de migrantes se echa a reír por lo obvio de la pregunta. Todos afirman haber sido trasladados allí como mínimo una vez. Hay uno que asegura haber estado hasta nueve veces. "La policía viene aquí a diario y siempre se lleva a gente. Solo nos dejan tranquilos desde el viernes por la tarde hasta el domingo", comenta el marfileño Dumbia Suleimán. Una vez en Agadir, explica Suleimán, empiezan a mendigar hasta llegar de nuevo a Casablanca. "¿Por qué nos tratan así?", pregunta. "En Costa de Marfil hay muchos marroquíes que van a estudiar y a hacer negocios. Y los tratamos bien. Aunque no lo crean, ellos son africanos, como nosotros".

En Fez, a dos horas en coche de Rabat, también había otro campo de migrantes. Pero fue desmantelado la semana pasada, curiosamente, el mismo día en que fue incendiado parte de este campamento. Y también el de Fez fue incendiado de forma parcial. Quienes estuvieron en ese campamento aseguran que estaba más organizado que el de Casablanca.

Un periodista marroquí que prefiere no revelar su nombre, indica: "Más allá del posible cinismo con que Marruecos maneje la situación de los migrantes respecto a Europa, este campo de Casablanca demuestra que para Marruecos la migración es un asunto difícil de gestionar. Aquí no hay una gran crisis migratoria, eso es cierto, pero las autoridades se ven obligadas a retener contra su voluntad a gente que está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ir a Europa. Y esa tarea no es fácil".

En 2014 Marruecos se convirtió en el primer país del norte de África en emprender una regularización masiva de migrantes. Y en 2017, emprendió otra fase de regularización. Al menos unos 25.000 migrantes han obtenido su tarjeta de residencia. Ni la ONU, ni las principales ONG humanitarias han denunciado en Marruecos deportaciones masivas de subsaharianos hacia el desierto, cosa que sí han hecho varias organizaciones en Argelia durante el último año.

"En Argelia son más racistas que aquí", dice Thierry, un camerunés de 23 años. "Los negros tenemos que ir en la parte trasera de los autobuses. Y si te echan te pueden dejar en pleno desierto, a varios kilómetros de la frontera con Níger o Malí. Pero al menos allí puedes trabajar, sobre todo en la construcción. Yo conseguí enviarle dinero a mi familia desde allí. Aquí, si pides limosna te dicen que por qué no trabajas. Y cuando consigues un trabajo la policía le dice al patrón que por qué no contrata marroquíes en vez de negros".

FRANCISCO PEREGIL

La noche del viernes 24 noviembre de 2017, el campamento de Ouled Ziane fue atacado por los vecinos. La mayoría de los medios marroquíes describió una situación de "graves enfrentamientos" entre los vecinos y cientos de subsaharianos. Los testigos consultados en el campamento aseguran sencillamente que fueron atacados. De hecho, decenas de chabolas de plástico y madera fueron incendiadas. Un mes más tarde, el diario marroquí L'Economiste publicaba un reportaje sobre el terreno en el que un subsahariano de Costa de Marfil afirmaba: "No pedimos limosnas. Sabemos que el Estado marroquí recibe subvenciones de Europa por cada migrante que entra en Marruecos, clandestino o no. Solo pedimos una redistribución de esas ayudas". 

Es probable que aquel migrante que hablaba haya abandonado hace mucho tiempo el campamento. El flujo de idas y venidas no cesa.



Fuente: El País
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