Las Migraciones en Aragón

22 de Octubre 2018
"De tanta agua que entró en casa, las paredes se abrían"



Unos 20.000 muertos, otros tantos miles de desaparecidos (las cifras, a día de hoy, siguen siendo aproximadas), destrucción de puentes, casas y carreteras; daños incuantificables... el huracán Mitch, que asoló Centroamérica en 1998, cumple estos días 20 años. De hecho, es el segundo huracán más mortífero de la historia del Atlántico, desde que se produjera el llamado Gran Huracán en 1780. El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, México, Estados Unidos (especialmente en Florida) y Honduras fueron los países afectados por este cataclismo. En concreto, este último fue uno de los territorios que peor soportó el Mitch.

Así fue como el presidente hondureño de entonces, Carlos Flores, se lamentaba de que el país hubiera retrocedido "50 años", ya que un 70% total de su superficie quedó destruida.

De tormenta tropical a huracán de categoría 5

Nadie se podía imaginar que lo que creían que era una tormenta tropical, formada en el Caribe el 22 de octubre de 1998, se convertiría en unos días en un huracán de categoría 5 (la máxima magnitud en las escalas de evaluación). De este modo, el Mitch pisó tierra un 29 de octubre en Honduras; donde llegaron a caer más de 990 litros por metro cuadrado, verse olas de 7 metros de altura y alcanzar vientos de 300 km/h. Un ejemplo: en la ciudad de Choluteca cayeron más de 460 litros por metros cuadrado, lo equivalente al promedio de lluvias de 212 días.

La población estaba de todo menos informada: "Normalmente ahí, no te suelen preparar como en otros sitios. Estas cosas te pillan de improviso". Esta es la voz de Paola Ruiz, una inmigrante hondureña de 35 años que lleva 15 en España y a la que la vida le ha llevado a ser camarera en un bar de Zaragoza. Trabaja junto a su hermano Saúl, 7 años menor que ella y que también vivió el Mitch. Paola tenía 15 años cuando el huracán llegó a Tegucigalpa, la capital de Honduras. Su memoria tiene "lagunas", advierte, pero recuerda perfectamente que tanto ella como su familia no durmieron en toda la noche: "De tanta agua que caía, las paredes se abrían. Como si le hicieras una línea en el medio".

El alcalde muerto

Aun así, Paola y los suyos tuvieron suerte. No vivían en una de las zonas más afectadas y, como explica, no vio ninguna casa caer, ni perdió a ningún ser querido. Pero el Mitch mató a unas 11.000 personas solo en Honduras. La gran mayoría era gente humilde, aunque también hubo fallecidos de clases más pudientes. Un caso célebre fue el del alcalde de Tegucigalpa en ese momento, César El Gordito Castellanos. Viajaba en helicóptero para visitar una de las zonas más devastadas de la capital hondureña cuando la aeronave perdió el control y el alcalde murió junto a un ingeniero y a un cámara que lo acompañaban. De hecho, este es uno de los recuerdos que marcaron a Saúl, quien por entonces era tan solo un niño de ocho años. "Siempre se dijo, rumores claro, que a El Gordito lo habían matado. Que habían aprovechando las circunstancias para terminar con él y que el helicóptero fue derribado de alguna manera. El Gordito era muy popular, un político de éxito que iba lanzado hacia la presidencia del país. Pero nunca se investigó el accidente a fondo. Eran momentos muy difíciles", explica el hermano de Paola.

Muchas de los muertos fueron personas no identificadas que tuvieron que ser enterradas en fosas comunes. 25 pueblos quedaron destruidos por completo y, aproximadamente, un 20% de la población se quedó sin casa. "Hay unidad y hermandad en estos malos momentos", reflexiona Paola, destacando uno de los lados positivos de la tragedia. Tanto ella como Saúl saben lo que es quedarse sin agua en casa. Durante semanas, tuvieron que abastecerse con camiones cisterna, que proporcionaba el gobierno hondureño, y la comida la conseguían a través de la venta ambulante.

La ayuda internacional también estuvo presente. Tenían que esperar largas filas para recoger en palanganas o botellas un poco de agua. Esta última y el alimento escaseaban, ya que los puentes que unían las dos zonas separadas de la capital, atravesadas por el río Choluteca (como si se tratara en el Ebro, a su paso por Zaragoza, del Puente de Santiago o el de Piedra), quedaron inservibles durante meses. "Estaban agrietados y por miedo a que cayeran, no dejaron transitar a los coches ni a las personas", cuenta Paola. Por otra parte, la luz iba y venía y muchos afectados en Honduras estuvieron sin electricidad durante meses. En el caso de estos dos hermanos fueron cortes de carácter más puntual, según comentan justo 20 años después.

En aquellos días, los Ruiz se informaban de los avances del Mitch en la televisión: "Recuerdo que lo peor era lo que veíamos en las noticias"; relata la hermana mayor. A pesar del trauma y de los "momentos duros" que pasaron, Paola tiene asumido que aquello ya pasó, que es parte del pasado. Eso sí, tormentas como las vividas este verano en Zaragoza despiertan cualquier recuerdo enterrado: "Esto fue peor que el Mitch"; comenta entre risas.

De Tegucigalpa a Zaragoza

Migrar siempre es un proceso duro. La querencia hacia la tierra, los orígenes, la familia y los amigos  puede convertirse en un enorme contrapeso: "Marcharse es un bofetón. Muchas veces te dices: 'haberte quedado en casa", narra Paola, que añade que llegó un momento en su vida que se dijo: "Voy a intentarlo, seguro que merece la pena". Honduras es un país donde no falta la violencia. La necesidad hace que la gente quiera buscar un futuro mejor, algo más que sobrevivir. "Vivir con la libertad y seguridad que tenemos aquí es para mí lo más importante", cuenta feliz Paola, completamente adaptada a las costumbres y hábitos españoles. Eso no quita para que ella y su hermano sigan de cerca la actualidad de su país, como la marcha de miles de hondureños que han cruzado estos días la frontera con Guatemala, rumbo primero a México y luego a EEUU. "En Honduras se dice que el Mitch nos llevó 30 años atrás respecto a otros países del entorno y que desde entonces los políticos nos han llevado otros 20 más. 50 años de retraso esa es la cifra. No es de extrañar, por tanto, que miles de personas hayan dicho basta. La marcha de esos miles de ciudadanos visibiliza el grado de hastío de la población de mi país", concluye Saúl.

 




Fuente: El Periódico de Aragón
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