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09 de Julio 2019
Devueltos a España



Ya la fachada de la Iglesia aclara que no se trata de un templo cualquiera. En el muro de al lado se despliega un grafiti: "Salvar vidas no es un delito", en alusión a la criminalización creciente de las personas defensoras de derechos humanos. Al final del parque situado a lo largo de la Avenida de Entrevías, se alza, como un bastión inquebrantable, la parroquia de San Carlos Borromeo.

Es miércoles por la mañana y el acceso principal está cerrado. Continúo hacia un lateral y entro por una pequeña puerta. Me recibe sonriente Mazen*. Es sirio y lleva más de un año y medio en España. "Ahora trabajo aquí", dice con orgullo. Había conseguido llegar hasta Alemania, pero fue devuelto en base a normativa europea, el Reglamento de Dublín, que establece que se debe pedir asilo en el primer país al que se llega, salvo excepciones.

Lo peor no fue dejar la nueva vida en Alemania, sino llegar a España y verse en la calle. "¿Para qué me hacen volver aquí, si no respetan mis derechos?", se pregunta. Otra norma europea, la Directiva de Acogida, exige a los gobiernos que garanticen las condiciones materiales mínimas de vida a las personas solicitantes de asilo mientras se tramite su solicitud. Afortunadamente, la parroquia de Vallecas le abrió sus puertas, como a tantos otros a los que todavía acoge ante la pasividad de la Administración central y el colapso de los servicios municipales.

Nos dirigimos al recinto que antaño fue la iglesia. En la entrada, un cartel: "Esto es una vivienda. Respetemos la intimidad". Por encima de la puerta, en la alta pared, hay un Guernica pintado a todo color, como tratando de mostrar que, a pesar de todo, hay esperanza. Esta morada peculiar es el hogar temporal de más de 15 personas, desde familias sin padres a hombres solos. Los bancos de la iglesia, en otros tiempos ocupados por feligreses, conforman el perímetro de cada familia; pequeños cuadrados donde se distribuyen dos o tres colchones sobre el suelo y donde cada uno planta sus pertenencias. Es media mañana y apenas hay una o dos personas.

En la parte de arriba del edificio está la estancia que hace de sala de estar y de comedor. A través de una abertura, comunica con la cocina. Me encuentro a Mustafá*. Su rostro, desgastado, se ilumina con una sonrisa. Solo habla árabe y kurdo así que nos comunicamos por señas. Lo primero, la hospitalidad. Estoy en su casa. Me ofrece un té: "de este, este o este", me dice señalando las cajas apiladas que se encuentran en uno de los armarios de la cocina.

Mientras tanto, en la sala, Mohamed barre concienzudamente. Esta es, seguramente, la parte menos costosa después de un viaje imposible a través de Sudán, Libia, Melilla, Alemania y de vuelta a España. Mohamed tuvo que dejar Siria junto con su mujer, ahora embarazada de ocho meses, y sus tres hijos, de 10, ocho y dos años. Mohamed y su familia llevan en la parroquia desde el 6 de junio, después de que la Oficina de Asilo y Refugio (OAR) les denegara un lugar de acogida. El Samur Social, colapsado, tampoco les pudo ofrecer una alternativa y tuvieron que pasar la noche en la calle. Afortunadamente, la sociedad se ha movilizado y la Coordinadora de Barrios y la Red Solidaria de Acogida les apoyan en su día a día en la parroquia.

La mañana pasa perezosa. Es época estival y no hay escuela, así que los niños merodean entre los adultos a la espera de encontrar algo que les entretenga. Por la tarde les han prometido que les llevarán a la piscina y esperan con impaciencia el momento. Laith, el hijo mayor de Mohamed, es serio y resuelto, a veces brusco en el trato, excepto cuando recupera la niñez en el juego. Ahora se entretiene con su hermano, riendo, mientras pinta unas caretas. "Uuh, uuuh", exclama. No habla castellano y llama mi atención con cualquier ruido. Quiere que le vea con su obra de arte. Sus brillantes ojos azules se adivinan entre los agujeros de la cartulina. Marisa*, una niña venezolana de su misma edad, lleva una semana en España. Su madre le ha dicho que vienen buscando "un futuro mejor". Me mira directamente a los ojos al repetir sus palabras, analizando mi reacción, como tratando de averiguar si algo así es posible.

De repente, se oye el sonido de una guitarra eléctrica. Es Farid*. De su tierra natal, en Túnez, viajó hasta Suecia. No conocía las reglas europeas y se fue al país que mejor futuro le ofrecía. La guitarra emite unas notas débiles, solitarias, al afinarla; luego, un punteado del rock and roll de los años cincuenta inunda la habitación. Dan ganas de bailar. Entonces cambia de tercio y suena Still Loving you de Scorpions y Nothing else matters, de Metallica. Farid tiene cita en unas semanas en la Oficina de Asilo y Refugio para solicitar acogida y un plan de futuro: empezará tocando en la calle para conseguir algún dinero. Por esto, cuando por la tarde todos vayan a la piscina, él seguirá practicando. Se siente bien en España: "aquí puedes ser diferente y no pasa nada", afirma sonriendo.

Belal, sin embargo, no es de la misma opinión. Este palestino lleva demasiado tiempo sin rumbo. Pasó brevemente por España y continuó hacia el norte, como los demás. Ha vivido en la calle. Ahora, desde que le han devuelto a España, ya no ve salida. Los días pasan, amargos, sin ninguna perspectiva. Ni siquiera tiene dinero para cortarse el pelo, y el calor aprieta. Quiere saber si hay alguna ayuda para volver a su país. Las hay, pero hacerlo puede suponer un gran riesgo, ya que está amenazado de muerte. Le recomiendo seguir esperando a que le asignen una plaza de acogida e inicie un itinerario de integración en España. A pesar de que el sistema de asilo solo tiene unas 8.000 plazas para las más de 55.000 solicitantes, la espera llegará en algún momento a su fin y, mientras tanto, seguirá contando con el apoyo de la parroquia. Pero él lo tiene claro. En su país, al menos tiene una casa. Sus palabras aún resuenan en mi cabeza: "prefiero que me maten allí que morir aquí lentamente".



Fuente: El País
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