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14 de Julio 2019
Bassi, inmigrante: «Si dejas tu trabajo en un bar y lo ocupa otro, no puedes decir que te lo han quitado»



«Proyecto Nazaret» nació hace veinte años con el objetivo de atender a mujeres inmigrantes, la mayoría de ellas africanas, que llegaban a España huyendo de conflictos bélicos, de la miseria o de las mafias de la trata. Pilar Muruve, su directora en Sevilla, reconoce que ahora la mayoría de las personas a las que ayudan a integrarse en la ciudad y en sus costumbres son varones. «Nos hemos ido adaptando a la nueva realidad de la inmigración y seguimos ayudando a muchas mujeres, pero ahora llegan muchos más hombres a España que buscan trabajar y poder ayudar a sus familias en sus países de origen», dice.

Voluntarios y técnicos de Cáritas han atendido a miles de personas desde entonces, a las que ayudan a formarse y encontrar trabajo. Atienden a más de cincuenta y personas al mes. «Siempre tenemos las plazas ocupadas y la demanda siempre es superior a la oferta que tenemos», constata una de las trabajadoras sociales.

La mayoría de estas personas no tienen regularizada su situación administrativa y carecen de una red de sustento y recursos económicos, lo que les coloca al borde de la exclusión social. Muchos llegan a nuestro país sin haber escuchado una palabra en español y algunos, como Hayouba, un joven de 18 años procedente de Burkina, no sabían ni leer ni escribir.

Proyecto Nazaret dispone de cinco viviendas en Sevilla con veintinueve plazas de primera acogida donde se facilita alimentación, transporte y medicación. «También les acompañamos en la adquisición de habilidades domésticas esenciales y se les asesora en materia educativa y jurídica», cuenta Muruve a ABC.

La mayoría de ellos tienen edades comprendidas entre los 16 y los 25 años y se les enseña matemáticas, informática, cocina y formación social, sanitaria y jurídica. En 2018 atendieron a ciento nueve personas en todas estas materias y a otras cuatrocientas sesenta y cuatro en el servicio jurídico.

Una de las novedades de este programa de Cáritas es la creación de una «red antirrumores» que trata de contrarrestar falsas noticias sobre la inmigración y desmontar la rumorología negativa que circula por las redes sociales. «Tratamos de desmontar muchos mitos respecto a los inmigrantes —cuenta Pilar Muruve— como el de que quitan el trabajo a los autóctonos, que están utilizando recursos públicos sin ton ni son, que son fuente de inseguridad y delincuencia y que están detrás de muchos conflictos vecinales o casos de violencia de género. Esos mitos son falsos».

Lo hacen organizando charlas en los colegios, institutos, parroquias y centros cívicos y de reunión de los barrios para explicar la realidad de la inmigración y suelen acompañarles en estos actos algunos inmigrantes para que los conozcan en persona. «Así ven sin filtros que no tienen nada que ver con la imagen que se da de ellos en ciertos foros y redes sociales, en fin, todo lo que circula por ahí», dice la directora, que reconoce que «desde el inicio de la crisis se han fortalecido estos mitos, tanto en los ciudadanos medios como en los cristianos de base, lo cual ha potenciado este discurso negativo. Siempre se tiende a rechazar lo desconocido o lo diferente y la desinformación ayuda», añade.

Desde Costa de Marfil

Bassi, Al Hassan, Isabelle y Hayouba son cuatro inmigrantes africanos que han pasado por el centro sevillano del «Proyecto Nazaret» y que ahora ayudan a otros compañeros que llegaron en pateras a las costas españolas huyendo del infierno de la guerra, la pobreza o las mafias de la trata de personas. Algunos de ellos eran menores de edad cuando emprendieron su huida y dos fueron explotados (casi esclavizados) en Burkina y Marruecos, a pesar de lo cual no pierden su sonrisa ni sus ganas de reír, que recuperaron del todo cuando llegaron a España y se encontraron, por fin, con gente dispuesta a ayudarles. Gente a la que consideran ahora su familia.

Bassi, 27 años, quería ser médico pero tuvo que salir de Costa de Marfil para poder pagar el tratamiento a su hermana enferma. «En mi país no había trabajo y tampoco podía continar estudiando. Mi idea inicial no era ir a Europa sino buscar trabajo en algún país cercano. Llegué a Rabat pero tampoco encontré nada. Fueron los peores meses de mi vida», cuenta a ABC. Estuvo en Tánger, Nador y, dos meses, en el bosque, desde donde se subió a una patera para llegar a España. «Estuvimos en el mar veinticuatro horas y alcancé la costa de Motril el 3 de octubre de 2015», recuerda.

Permaneció cuarenta días en el centro de internamiento de Tarifa, antes de llegar a Sevilla, donde lleva casi cuatro años. No fue fácil integrarse aquí porque no sabía ni una palabra en español. «Me ayudaron a formarme y a aprender el idioma. Intenté hacerlo lo antes posible porque necesitaba trabajar cuanto antes para ayudar a mi familia», recuerda. Tuvo que hacerlo en tiempo récord y lo logró en cinco meses. Luego, se preparó el examen de la ESA para poder estudiar algún ciclo formativo. Lo consiguió en un año y decidió ser cocinero, su segunda opción en su país tras Medicina.

«Tampoco lo pude estudiar en Costa de Marfil por una cuestión cultural: allí está mal visto que un hombre sea cocinero porque se considera una profesión de mujeres. Gracias a la Fundación Cruzcampo, que le concedió una beca, pudo hacerlo. Realizó unas prácticas en Barcelona y, a la semana de terminarlas, le llamaron de un restaurante de Sevilla, donde trabaja actualmente. Desde entonces, envía parte de su sueldo a su familia. «Fue muy duro llegar hasta aquí, pero lo importante es saber lo que uno quiere y tener fuerza de voluntad. Entonces, tarde o temprano, se sale adelante: la casualidad no existe».

Le pregunto si los inmigrantes les quitan el trabajo a los españoles, una de las acusaciones que alimentan la imagen negativa de la inmigración que «Proyecto Nazaret» intenta precisamente combatir. «También hay empresas españolas en Costa de Marfil y españoles trabajando allí —dice—. Además, eso no es verdad. Los españoles tienen algo que no valoran y es que se pueden permitir el lujo de rechazar un trabajo, o de dejarlo si no les gusta». Le pregunto a qué trabajos se refiere refiere y contesta: «He trabajado mucho en hostelería y he visto a muchos españoles que han estado unos cuantos días, o unas cuantas semanas, y lo han dejado porque no aguantaban el ritmo de trabahi. Si dejas el empleo en un bar o en un restaurante y lo ocupa otro, no puedes decir que alguien te ha quitado el trabajo», asegura.

Al Hassan, de 23 años, también es marfileño y ha acabado trabajando en España por sus dos hermanas, pero no por una enfermedad sino por algo, para él, peor. Les buscó un trabajo en Irak a través de un conocido y contribuyó, sin querer, a hacer de ellas una especie de esclavas. «Mi padre tiene cuatro mujeres y mi madre es la primera y en mi país eso significa que no se ocupa de ella ni de sus hijos. Sin embargo —añade—, quiso casar a sus dos hermanas con unas personas desconocidas a las que ellas no querían». Las escondió y ayudó a sacarlas del pueblo en el que vivían y, huyendo de la pobreza y de estos matrimonios forzados, se dejó engañar por esta persona, un contacto de una mafia de trata de personas.

El supuesto restaurante no era tal y les quitaron los pasaportes nada más llegar. Al Hassan era entonces menor de edad y se vio obligado a actuar como un adulto. En su país no había trabajo para él y tuvo que emigrar a Marruecos para conseguir el dinero con el que liberarlas. Allí tampoco logró ingresos económicos. «No he dejado ni un solo día de pensar en mis hermanas porque creo que fue por mi culpa», dice. Con su trabajo como cocinero en un restaurante sevillano ha logrado liberar a una de ellas. Le queda la otra, en la zona del Kurdistán.

Dos idiomas, dos familias

Con ese objetivo, trabajar y ganar dinero para rescatarlas, llegó a Canarias en una patera jugándose la vida, sin comida y con poca agua. Estuvo tres días sin comer hasta que llegó a la costa. Era mayo de 2015. En enero de 2016 gracias a la mediación de una ONG madrileña, llegó al centro de Cáritas de Sevilla. No quiere contar todo lo mal que lo pasó para llegar a España y se limita a decir que no se lo desea «ni a su peor enemigo».

Sin embargo, solo tiene buenas palabras para los españoles y los sevillanos, en particular, los de Cáritas, que le han ayudado. «Es que hasta que llegué a España a mí nadie me había ayudado, esto para mí es nuevo. Y todas esas personas son ahora mi familia, junto con mis hermanas». Bassi dice lo mismo y asiente con la cabeza: «He pasado por muchos sitios y sólo aquí me he sentido como si tuviera una familia», asegura.

Al Hassan trabaja desde octubre de 2016 y mantiene a su familia de Costa de Marfil. «Yo no sabía nada de español y la gente hablaba tan rápido aquí que pensaba que nunca lo entendería», cuenta. Hoy es su segundo idioma y lo utiliza más que el primero. Habla dos lenguas y tiene también dos familias, la de su país y la sevillana de «Proyecto Nazaret» y la de todos los que le han ayudado. «Nunca lo olvidaré», se despide con una sonrisa.



Fuente: ABC
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