Las Migraciones en Aragón

01 de Diciembre 2019
Una casa para volver a vivir sin miedo



Un niño corretea por los pasillos de colores como si no tuvieran final. Entra y sale de las habitaciones, todas con nombres de flores en la puerta, y sonríe a quien se cruza. Pasa por el comedor, por el salón, por la terraza... Llega a la sala de juegos y se detiene. Levanta el dedo pulgar en señal de aprobación. De las cocinas llega el olor de un guiso y en un cristal se puede leer un mensaje que dice "la vida es feliz", aunque a veces no lo sea. El dolor no se olvida, pero se trata de volver a vivir sin miedo.

La casa de acogida de mujeres maltratadas (CAMM) del Ayuntamiento de Zaragoza abrió el 20 de febrero de 1989 como servicio de alojamiento temporal para víctimas de violencia de género y sus hijos. Su ubicación siempre ha sido secreta. Fue uno de los primeros espacios de seguridad física y emocional de España para las más vulnerables, para aquellas que no tenían dónde ir para escapar de las palizas o de morir asesinadas.

Nunca están solas

La casa tiene 500 metros cuadrados y capacidad para 10 unidades familiares. Todas dan al exterior y no falta la luz. Durante estos años, 398 mujeres y 571 menores han encontrado no solo un refugio, sino atención psicológica, social, jurídica y laboral. Hoy viven allí ocho mujeres y diez niños. Ellas nunca están solas. La directora de la casa es Amelia Ariño, que está al frente de un equipo de 9 técnicos que las acompañan durante las 24 horas. "La protección es sobre todo emocional", dice.

"Llegan muy tocadas. Y los niños también", afirma. Acuden derivadas por el equipo de violencia de género de la Casa de la Mujer y generalmente tras haber pasado por el centro de emergencias de la DGA. "Son mujeres sin apoyo, están solas, con cargas familiares, sin trabajo, ni ingresos. No tienen a donde ir", asegura. En algunos casos, no saben español.

Cuando nació la casa, en 1989, no solo tenía otra ubicación (la actual se abrió en 2007) , sino que las residentes tenían otro perfil. Al principio, eran casi todas españolas, en su mayoría procedentes de otras comunidades autónomas, pero los flujos migratorios cambiaron las cosas y cada vez llegaron más extranjeras. A la violencia de género se sumó la inmigración como factor de vulnerabilidad.

En los 90 estaban poco tiempo (en la primera década el 40% se alojaba menos de un mes). Ahora, más de la mitad pasan más de seis meses y en torno a un 10% se quedan más de un año. La mayoría (el 65%) tienen entre 23 y 38 años al llegar, algo más de un 10% menos de 23 y las mayores de 50 solo suponen el 4%. Nunca se ha atendido a una mujer de más de 64 años.

"Los niños a la semana de llegar están mejor. Y a las mujeres conocer a gente en su misma situación les permite ver su historia con distancia. Hay complicidad, ayuda mutua...", afirma Amelia. Ellas cocinan y participan en el orden y la limpieza. Tienen que cumplir reglas, como los horarios para comer y cocinar. Para salir un fin de semana hay que pedir permiso. La gestión de la convivencia es clave para resolver conflictos. Todos los viernes se reúnen para ver cómo ha ido la semana.

Marta Moreno es una de las técnicas de la casa. "Es el mejor trabajo que he tenido. No es fácil, pero te aporta mucho. No puedes evitar vincularte emocionalmente, pero hay que gestionarlo. Esta casa tiene mucha vida", dice. Los profesionales trabajan los vínculos de las madres con los hijos, se les ofrece tranquilidad para sobreponerse a su situación y se les introduce en el itinerario de la formación para el empleo. Pero hallar una salida no es sencillo. Solo un 17% de las mujeres abandonan la casa con un trabajo.

La directora de la casa de acogida, Amelia Ariño, junto al laurel dedicado a Alexandra.
La directora de la casa de acogida, Amelia Ariño, junto al laurel dedicado a Alexandra.
Aránzazu Navarro

El laurel de Alexandra

Los 30 años de la casa están llenos de experiencias. Buenas y malas. La peor de todas lleva el nombre de Alexandra. "Estuvo poco tiempo, unos tres meses. Era una mujer muy dinámica, tan despierta... Dio el paso, tenía claro que quería rehacer su vida, que no quería volver con él", recuerda. Tras salir de la casa, se fue a vivir a Madrid, pero el 10 de julio de 2016 regresó a Zaragoza para que el padre pudiera ver al hijo, de solo 5 años, en el punto de encuentro. En presencia del niño la asesinó. Tenía 28 años.

En la terraza interior de la casa, las mujeres y los niños hacen mucha vida, sobre todo en verano. Hay juguetes desperdigados, un pequeño huerto, ropa tendida... Marta dice que suelen hacer guerras de agua cuando llega el buen tiempo. Amelia pasa la mano sobre un pequeño laurel que está allí plantado. "La muerte de Alexandra fue un palo. Hicimos un pequeño acto en la casa. Hubo canciones, pusimos velas, leímos poemas... Y plantamos un laurel en su honor. El dolor había que integrarlo", comenta.

Amelia relata historias de éxito, de ayuda, de sororidad, de vidas felices, como la frase del cristal. Recuerda a la artista Noemí Calvo, que transformó, con la ayuda de los niños y las madres, las letras CAMM y les dio otro significado: la casa de acogida de las mujeres maravillosas. "Las heridas existen, pero por ahí entra la luz", dice. Por eso, insiste en que no hay que callarse, que se puede salir, y habla del kintsugi, el arte japonés de reparar jarrones rotos con hilos de oro. "Hemos sido parte del hilo de oro", dice con una sonrisa. Y el niño sigue corriendo.



Fuente: Heraldo de Aragón
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