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04 de Septiembre 2020
Temporeros en tiempos de coronavirus, de la invisibilidad a la culpa



Caminan por el borde de la carretera rumbo al trabajo. Puede que no llegues a verlos si no te fijas bien. No conviven con el resto de las personas, no comparten espacios comunes como transporte público o bares -donde a veces encuentran carteles de "reservado" para que no puedan sentarse-, pero siempre estuvieron: al margen del camino, en los alrededores de la ciudad, fuera del sistema.

Cada mañana bordean caminos de tierra serpenteando invernaderos y campos de frutas y verduras. Son nuestros vecinos, venidos principalmente de África y Latinoamérica para hacer el trabajo que los –"muy muchos"- españoles no queremos hacer: recoger frutas, verduras y hortalizas de sol a sol, en jornadas extenuantes, mal pagadas y sin derecho a protesta.

En Médicos del Mundo los conocemos de cerca. Trabajamos desde hace 30 años por el derecho a la salud de todas las personas, especialmente de los que caminan al borde del sistema, pendiendo de un hilo. Cada semana, al terminar sus extensas jornadas laborales, nos abren las puertas de sus chabolas, nos ofrecen un té y compartimos preocupaciones, achaques y amistad. Aunque siempre hemos denunciado sus precarias formas de vida, en los últimos meses, con la actual crisis del coronavirus, hemos estado más cerca que nunca de ellas y ellos, cuando se han visto envueltos en una situación que llevaba demasiados años a punto de estallar.

En los meses más duros de confinamiento el campo no paró. Los migrantes temporeros, hombres y mujeres, recogían los calabacines y tomates que preparábamos a fuego lento confinados en nuestras casas durante el estado de alarma, sin preguntarnos cómo el mundo seguía girando, o al menos cómo nos llegaba el alimento a la mesa. Eran ellos, casi invisibles, quienes se exponían sin las medidas de protección adecuadas a la recolecta de estos frutos. Y al volver a sus chabolas, cero protección. Imposible guardar las medidas de prevención que el Gobierno exigía –y exige-, debido a la falta de agua y al hacinamiento en el que viven.

Es la misma historia de siempre, solo que en esta ocasión, en esta crisis sanitaria, estar fuera del sistema pone en peligro sus vidas. Las infraviviendas que habitan se convierten en un potencial foco de contagio por las condiciones en las que subsisten; desde la insalubridad por la falta de canalizaciones para la evacuación de agua y de acceso a agua potable, a las deficiencias en la ventilación o la calefacción. Los sitios donde habitan suelen ser cortijos entre invernaderos o campos, pisos compartidos en donde viven de manera hacinada, naves abandonadas y, sobre todo, chabolas construidas con maderas y plásticos. Muchas veces, sin luz ni agua potable.

Lejos de agradecer el esfuerzo de estas personas porque las estanterías de los supermercados estuvieran llenas, la suma de unas condiciones de vida inhumanas y su exposición al virus los ha puesto en el punto de mira. Los casos positivos en distintos asentamientos de inmigrantes, como Lleida o Albacete, no tardaron en aparecer y ante la falta de recursos para el aislamiento, seguimiento de contactos y cuarentena, la inacción de los diferentes gobiernos puso en riesgo vidas humanas: las de los migrantes temporeros y las de españoles y españolas, convirtiéndolo en un problema de salud pública.

Se les llegó a culpabilizar, cuando son víctimas, no el problema. No se puede exigir a personas que dejan su vida atrás, que a veces han llegado en condiciones extremas a nuestro país –en patera, saltando la valla, solicitando asilo- y que viven al día en condiciones muy vulnerables, que trabajen para nosotros con cero garantías de contraer un virus, y que si se contagian los presentamos también como parte del problema. Si queremos que se expongan para garantizar nuestras despensas es necesario un trato digno, recursos de alojamiento y medidas de protección, así como asegurar sus medios de vida.

Cabe recordar que además compran su pan, su comida o ropa, y con ello pagan impuestos que financian el sistema público de salud, un sistema que hoy, y ayer, también los deja atrás.

No podemos olvidarnos de la salud mental, tan preciada tras estos meses de encierro. Lejos de sus familias, de su red, trabajando y viviendo en condiciones extremas, con la responsabilidad de ser en ocasiones la única fuente de ingresos de quienes dejaron atrás -a veces hermanos y padres, a veces, sus propios hijos-, se encuentran en una situación de total desamparo, de soledad e impotencia. Es necesario un apoyo psicosocial a nuestros vecinos temporeros, que pueden llegar a padecer cuadros de estrés severo asociados con episodios de insomnio, migrañas, ansiedad y tristeza, entre otros síntomas.

Médicos del Mundo trabaja en distintos asentamientos de temporeros, la inmensa mayoría de ellos, migrantes, en varias comunidades autónomas, como Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura. Con distintos niveles de intensidad, en todos se repiten las condiciones de explotación y desprecio por la dignidad de quienes han asegurado el sustento de la población en los días más duros del confinamiento. Las personas que ahora se encuentran en Albacete se dirigirán luego a otras comunidades, desde La Rioja a Andalucía, buscando enrolarse en distintas campañas de recogida de frutas y hortalizas. Un buen control de su estado de salud es imprescindible para evitar futuros rebrotes.   

Y no podemos ignorar que en España miles de personas viven en infraviviendas y chabolas, ignoradas por las administraciones, en condiciones en las que es imposible cumplir las medidas preventivas ante un virus altamente contagioso.  No lo dice solo Médicos del Mundo, con ojos y manos desde hace 30 años en estos lugares. El por entonces relator especial de Naciones Unidas sobre pobreza extrema, Philip Alston, comparó el pasado mes de febrero estos lugares con campamentos de refugiados. "Muchos españoles y españolas no reconocerían estos lugares como una parte de su país: un poblado de chabolas en condiciones mucho peores que las de un campamento de refugiados, sin agua corriente, electricidad ni saneamiento, cuyos habitantes (trabajadoras y trabajadores migrantes) han vivido en él durante años sin que su situación haya mejorado un ápice", decía.

Barrios incomunicados de pobreza concentrada, donde las familias crían a sus hijas e hijos sin apenas acceso a servicios públicos, centros de salud, seguridad, carreteras pavimentadas o suministro eléctrico. Sí, también España. Sí, también nuestros vecinos.



Fuente: Cuarto Poder
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