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28 de Noviembre 2020
La impostura del "efecto llamada"



La denominada "crisis migratoria" de las islas Canarias es una vergüenza colectiva. El fracaso de un Estado moderno, próspero y de 47 millones de habitantes a la hora de hacer frente a la situación humanitaria compleja, pero en absoluto inmanejable, de unos miles de migrantes desesperados. Una fracción ridícula de las emergencias a las que deben hacer frente cada día naciones mucho más pobres y peor dotadas que la nuestra.

Como recuerda Blanca Garcés en un iluminador artículo publicado en EL PAÍS, la clave de este fracaso está en la negativa de las autoridades españolas a desplazar a los migrantes a la península ibérica, donde el Estado cuenta con los recursos materiales y humanos para atenderles de manera adecuada. Eso incluye tramitar sus requerimientos legales y, eventualmente, deportarles o concederles protección internacional. La excusa para este despropósito es un fantasmagórico "efecto llamada", que se ha incrustado como una garrapata en el discurso público del Gobierno y la Oposición.

Pero ese "efecto llamada" es una criatura mitológica. Década tras década, país tras país, la experiencia demuestra que las verdaderas pulsiones de la movilidad humana tienen menos que ver con la crueldad fronteriza de un Estado que con las oportunidades que ofrecen las economías en destino –en el caso de la movilidad laboral, abrumadoramente mayoritaria– o con la desesperación de las condiciones en origen –en el caso del desplazamiento forzoso–. Europa es un ejemplo ilustrativo de este fenómeno, como muestran los dos gráficos adjuntos: el primero describe el modo en el que las llegadas totales de migrantes a nuestro país se han adaptado con naturalidad al ciclo económico. El segundo muestra la proliferación de rutas de inmigración irregular desde 2014, en respuesta a los intentos de blindaje de la UE.

Los flujos migratorios se adaptan con naturalidad a las señales económicas en destino. España es un ejemplo. ampliar foto
Evolución de la llegada de inmigrantes y tasa de desempleo en España.  Los flujos migratorios se adaptan con naturalidad a las señales económicas en destino. España es un ejemplo.
Cuando los gendarmes cierran una vía, las mafias abren otra. En el medio quedan los migrantes. ampliar foto
Principales rutas de inmigración irregular hacia Europa.  Cuando los gendarmes cierran una vía, las mafias abren otra. En el medio quedan los migrantes.

Con su numerito en las Canarias, España alargará, encarecerá y encanallará aún más las rutas. Tal vez incluso le endose (literalmente) el muerto a otro. Pero no evitará que la gente siga saliendo de manera irregular si no tiene otras vías para hacerlo.

No se engañen. La verdadera razón por la que el Gobierno insiste en mantener a los migrantes en Canarias en condiciones inhumanas tiene poco que ver con el efecto llamada: se trata de un intento de ganar tiempo hasta negociar la complicidad de los países de origen en operaciones de repatriación exprés. Por las buenas o por las malas; a costa de lo que sea, incluso de nuestras propias leyes. La obsesión por el control migratorio se ha convertido en una marca de agua de las políticas de España y la UE, en un ejercicio de histeria colectiva que tiene intolerables costes de oportunidad para nuestra economía y mercados laborales, además de establecer una relación de dependencia tóxica con países cuyas democracias están aún más deterioradas que la nuestra.

La situación es, en parte, consecuencia del inexistente mecanismo de coordinación dentro de la UE, que deja solos a los países de primera llegada mientras el resto de Europa mira hacia otro lado y culpa a la víctima. Pero es aún más un reflejo del modo en que el Ministerio del Interior se ha consolidado como un primus inter pares que impone una visión temerosa, militarizada y profundamente distorsionada de la movilidad humana. Su injerencia asfixiante en decisiones que corresponderían a otros organismos de la Administración entorpece las buenas políticas públicas y perpetúa esta visión de gobierno en gobierno. La industria del control migratorio infla cada vez más sus presupuestos mientras la gestión de la migración legal carece de apoyo y recursos.

Qué oportunidad perdida… Pedro Sánchez llegó al poder desplegando símbolos y denunciando la cobardía de nuestro país durante la crisis de acogida de 2014-16. Tiene como socio de Gobierno a un partido que va por el mundo dando lecciones de moralidad en este asunto. Ha puesto al frente del Ministerio de Seguridad Social, Inclusión y Migraciones (han leído bien: "migraciones") a un técnico competente que, después de demostrar que sabe de lo que habla y prometer el programa más racional que hemos escuchado en décadas, ha quedado reducido a un mero apagafuegos.

¿Se puede caer desde más alto? Decía Carmen Calvo a propósito del rescate del barco Aquarius en 2018 que "la península ibérica está mostrando un camino y es un ejemplo (…)". Pues estamos aviados. ¿Es esta catástrofe institucional y política a lo más que podemos aspirar? ¿Hemos aceptado que el discurso ignorante de los nacional-populistas establezca el rasero del debate? ¿Es esto todo lo que España le va a proponer a la UE en la delicadísima negociación del nuevo Pacto Europeo sobre Migraciones y Asilo?

Ya está bien. No hay nada normal en todo esto. No hay nada inteligente ni humano. Saquen de una vez a los gendarmes del volante y dejen que los verdaderos expertos en migraciones hagan su trabajo.



Fuente: El País
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