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29 de Marzo 2021
El hotel para migrantes que nunca cerró



El hotel Puerto Calma, un complejo con vistas al mar en el sur de Gran Canaria, debería estar vacío. Los turistas ingleses, sus clientes habituales, siguen sin poder viajar y atrás quedó la época en la que el alojamiento turístico se llenó con cientos de personas llegadas en patera a la isla. Su irremediable destino, según fueron abriéndose los macrocampamentos para inmigrantes, era languidecer como decenas de complejos fantasma de la región. Pero al caer la noche, un puñado de luces se enciende. El Puerto Calma, en realidad, nunca cerró sus puertas.

Es la hora del desayuno y Sulaiman, un joven alto y delgado que huyó de Sierra Leona, vuelca en platos una ensalada de frutas, reparte barras de pan con mantequilla y supervisa que haya vasos suficientes para el café. Las mesas del comedor empiezan a llenarse de senegaleses, gambianos, mauritanos y marroquíes, un total de 52 migrantes que se quedaron fuera del sistema de acogida y que, en muchos casos, pasaron días y semanas durmiendo en la calle. Hasta que acabaron aquí.

"Teníamos el hotel vacío, debíamos hacer algo", mantiene Calvin Lucock, director en Canarias de la compañía propietaria del recinto. Su mujer, la noruega Unn Tove Saetran, socia y dueña de tres restaurantes en la zona asiente: "Creemos que hay otra manera de hacer las cosas. No puede haber tanta gente en la calle". La pareja, que en septiembre abrió el hotel para los migrantes con el objetivo de salvar los números de la empresa, acoge ahora, por su cuenta y de su bolsillo, a una parte de sus antiguos huéspedes.

Lucock y Saetran, que solo alquilaban el espacio y no tenían ninguna responsabilidad en la acogida, ya se habían involucrado desde el primer día en facilitar la vida de sus inquilinos. Recolectaron ropa, organizaron viajes al consulado de Marruecos y pusieron a su abogado a tramitar solicitudes de asilo. "Abrir nuestros hoteles a migrantes revolucionó nuestra vida", contaban en febrero a EL PAÍS. Hace justo un mes, dieron un paso más.

Se encontraron con que muchos de sus huéspedes, con quienes ya compartían una parte de su vida, acabaron durmiendo en la calle tras negarse a ir a Tenerife, donde está el macrocampamento de Las Raíces, el mismo que hace semanas ocupa titulares por el frío y la falta de comida. "Lo primero que pensé cuando vi mi nombre en la lista para ir al campamento es que me iban a deportar", recuerda Cheikh Mbacke, un mauritano con nacionalidad senegalesa de 27 años. Mbacke pasó 15 días durmiendo al raso hasta que un día vio las luces de su antiguo hotel encendidas y se sentó en la puerta a esperar a Lucock y Saetran. "Les pedí volver y me tranquilizaron. No sabían por cuánto tiempo, pero me dijeron que mientras fuese posible me acogerían".

Pero los antiguos inquilinos de Puerto Calma eran solo una parte de los cientos de migrantes que se han quedado sin techo en los últimos meses. Son, sobre todo, senegaleses y marroquíes que, bloqueados en las islas, escapan de las malas condiciones de los campamentos y de la expulsión, aunque estar en la calle les convierte en objetivo de la policía. Un grupo de vecinos acabó creando la asociación Somos Red para ayudarlos, pero el trabajo es ingente.

En pocos días, tras alojar a los huéspedes que ya conocía, la pareja comenzó a recibir gente que venía de otros complejos turísticos de los que huyeron o fueron expulsados. Yousseff Arrach, un marroquí de 37 años, que deambula silencioso por el hotel, fue uno de ellos. Él, expulsado de un hotel de Arguineguín por haber bebido alcohol, fue de los primeros desahuciados del sistema, cuando los migrantes sin techo aún eran algunas decenas. Arracha pasó tres meses a la intemperie, rebuscando en contenedores para comer y durante un tiempo quiso volver a Marruecos. "Estaba cansado de vivir en esa miseria", dice. La pareja pretende ayudarle a conseguir su documentación para que, algún día, cuando afloje el bloqueo de migrantes en puertos y aeropuertos, pueda viajar a Valencia a reunirse con su hermana. También está echando una mano con las solicitudes de asilo de parte de sus huéspedes.

Todos saben que llegará el momento en el que Puerto Calma vuelva a ser un destino vacacional, otra cosa es qué pasará después. "No sé nada de mi futuro. Todo depende de Unn", dice Ousmane Ndiaye, un senegalés menudo de 19 años, que vino en la patera con sus tres hermanos pequeños que viven en un centro de acogida para menores. La mujer le mira y lanzándole en broma la manga de un jersey, le promete: "Encontraremos una solución".



Fuente: El País
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