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19 de Diciembre 2021
Jennifer Riveiro, la abogada que quiere crear el "black Garrigues"



En un pequeño local en el centro de Madrid, de apenas tres espacios y con vistas a un patio interior, se encuentra ER Abogados. Situado en el bajo de un edificio entre Recoletos y Chueca, este bufete cuenta con menos de un año de vida, pero aspira a llegar a ser un gran despacho. En los últimos meses ha conseguido crecer de una forma en la que ninguna de sus dos socias, Jennifer Riveiro y Erica Ebuero, esperaba cuando en marzo de 2021 decidieron poner en marcha su proyecto. Las cifras son, de momento, buenas y la proyección a futuro promete, pero las pretensiones de ambas abogadas van mucho más allá. A pesar de que la especialización de la firma sea extranjería, Riveiro asegura que ya están empezando a recibir otro tipo de encargos (por ejemplo, una compañía petrolera estadounidense que quiere invertir en España), por lo que no descartan crecer en otras direcciones y abarcar más ramas del Derecho para convertirse en lo que denomina el 'black Garrigues'.

¿Por qué el término de 'black Garrigues'? Lejos de soñar con conquistar el mundo de la abogacía de los negocios, la abogada matiza que su intención es crear un despacho con solidez y calidad técnica con el que puedan ayudar no solo a sus clientes, sino también a otros profesionales que no hayan tenido acceso a las oportunidades que, por familia o recursos, otros sí tienen. "No hablo de contratar únicamente a abogados racializados, vamos más allá. La realidad es que hay mucha gente extranjera o inmigrantes de segunda generación que vale mucho, pero tiene poca proyección por el ambiente en el que han crecido. Al fin y al cabo, es un hecho que con contactos y capacidad económica se llega más lejos", relata Riveiro. Su idea, por tanto, es acaparar el talento minoritario y servirles de trampolín. "Mi objetivo es hacer algo así como un hogar para todos los que se sienten menos en casa aquí en España", resume.

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La abogada sabe bien de lo que habla cuando menciona la falta de oportunidades entre los inmigrantes. Nacida en 1991 en Malabo (Guinea Ecuatorial), es hija de una ecuatoguineana y un gallego que llegó al país africano con la intención de aventurarse en el mercado de la madera, uno de los puntos fuertes de la economía guineana en la década de los 90, junto con el cacao. Los negocios no fueron bien y acabó regresando a Galicia. A los tres años y con la ayuda del abuelo paterno, Jennifer y su madre consiguieron llegar a España, aunque no llegaron a regularizar su situación hasta muchos años después.

Se asentaron en Carabanchel, donde vivió hasta los 14 años. Cuenta que su infancia fue más bien solitaria y estuvo obligada a madurar desde pequeña. "Mi madre tenía varios trabajos y casi no pasaba tiempo en casa. Yo llegaba del colegio, hacía los deberes y me metía en la cama", rememora. La falta de papeles, especialmente de su madre, condicionó muchos aspectos de su vida. En una ocasión, narra, tuvo que volver sola a casa a la salida del colegio porque su madre no la pudo venir a recoger: "la policía la paró por ir indocumentada", aclara. Ante las dificultades continuas en España y la mejora de la situación económica de Guinea (a inicios del 2000 empezaron a explotar pozos petroleros y el PIB creció hasta convertirse en el más alto de África), su madre decidió volver y Riveiro sustituyó su piso de Carabanchel por un internado en Concha Espina, donde estudió hasta alcanzar la mayoría de edad.

'Miss Guinea' y acuerdos con ministros

A los 18 empezó Derecho en la Complutense. "Yo hubiera querido estudiar algo más creativo, como publicidad, pero mi madre me insistió en que buscara algo con futuro", detalla. Esa cantinela de la estabilidad, agrega, estuvo siempre presente y forjó su carácter. "Cuando eres hija de una inmigrante que tiene dos trabajos, hace turnos de noche y jamás la ves, a lo que aspiras es dar a los tuyos una vida mejor. Estás condicionado a ser muy ambicioso y es lo que me pasó a mí; de pequeña soñaba con trabajar en Goldman Sachs", ríe. A los 21 años, y en su empeño en alcanzar un buen puesto, aceptó una propuesta de Miss Guinea para participar en el concurso. "Me daba la oportunidad de conocer a gente de otras esferas y, además, podía ver a mi familia con todos los gastos pagados", resume. Ganó el certamen y llegó a viajar a Mongolia para la siguiente fase, Miss Mundo, pero se desvinculó de la organización al no ver que le reportase beneficios profesionales.

Tras graduarse y convertirse en abogada, recibió la primera oportunidad profesional: uno de los principales bufetes de Guinea Ecuatorial, especializado en el sector petrolero, publicó una oferta de pasantía. En España, el panorama del mercado laboral era desolador y no conseguía recuperarse de la severa crisis de 2008, así que se postuló para el puesto y lo consiguió. "Al principio era muy estimulante. La primera semana estaba sentada con ministros de tres países africanos, Sierra Leona, Liberia y Guinea-Conakri, tratando acuerdos de gas", evoca. El sueldo era decente, el día a día un reto intelectual y tuvo la oportunidad de pasar unos meses en Delaware cursando un máster sufragado por el despacho. A pesar de todo, Riveiro acabó abandonando la firma tras casi cuatro años por una cuestión cultural. "Fueron años maravillosos, aprendí muchísimo y me preparó para el mundo laboral. Pero yo crecí en España y tengo una mentalidad occidental, así que de vuelta en Guinea había muchas cosas con las que no estaba a gusto, era una mentalidad muy machista", comenta.

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Volvió a España y contactó entonces con su excompañera de facultad y ahora socia, Erica Ebuera. Ella ejercía en un bufete desde hacía unos años y estaba especializada en temas de extranjería. Decidieron emprender y montar su propia empresa, una realidad desde marzo de 2021 y a la que bautizaron como ER Abogados. A través de él, la letrada busca impulsar a otros que, como ella, no tuvieran un contexto sencillo. "Como niña nacida en el tercer mundo y criada en Carabanchel, mi futuro profesional estaba más abocado al fracaso que al éxito, pero con las oportunidades que he recibido he conseguido mucho. Si puedo ofrecer a otras personas algo de lo que yo recibí, es un paso enorme", afirma.

Tik Tok, la clave del éxito

En los últimos nueve meses, el bufete ha experimentado un gran crecimiento. De empezar sin ayudas, financiación ni contactos han llegado a alquilar un local en el centro de Madrid y ampliar el equipo con dos becarias. El secreto de su éxito, aseguran tanto Ebuera como Riveiro, es el potencial del propio mercado y el uso que hacen de la tecnología para potenciar su visibilidad. "Al principio subíamos contenido a Instagram y lo replicábamos en nuestras cuentas. Empezaron a llegar clientes sobre todo ecuatoguineanos, pero luego se viralizó un vídeo de TikTok y empezamos a recibir asuntos de otras partes del mundo, sobre todo de Latinoamérica", narra. También les da un valor añadido el hecho de ser personas racializadas, explica, ya que proyecta una imagen de confianza inicial. "Entendemos lo que nos cuenta porque es una realidad que también hemos vivido. Es una ventaja comercial, sí; pero especialmente humana", señala Riveiro.

De los asuntos iniciales, eminentemente relacionados con residencias y obtención de la nacionalidad, han pasado a abarcar otro tipo de asuntos como asesoría fiscal, registros de empresas o asesoramiento a compañías interesadas en invertir en España. Han firmado varios acuerdos con otras firmas para los temas que ellas, por especialidad, no cubren. Y también con compañías aseguradoras y centros de estudios para ayudar a sus clientes a regularizar su situación. "No solo les ayudamos con el papeleo estrictamente necesario, sino que les asesoramos en estrategias a largo plazo, vas más allá", apostilla.

¿Racismo o clasismo?

¿Existe racismo en España? Riveiro opina que, más que racismo, hay mucho clasismo y poca cercanía con otras realidades. "En España, la gente está menos expuesta a otras razas, otras culturas", indica, y pone de ejemplo otras ciudades como Londres o Nueva York en las que la diversidad cultural es mucho más grande, por lo que se ve como algo del día a día. Además, apunta a otro factor: el nivel socioeconómico. "No es lo mismo un niño que se va a su pueblo en verano, donde todo el mundo es blanco español, que una familia que se va de viaje a Marruecos o a Brasil. Se acostumbra a ver otras realidades", razona.

Esta hipótesis, añade, está reforzada con su propia experiencia. Crecida en un barrio humilde, cuenta como el primer día de clase, un padre empezó a cantarles una canción racista a su madre y a ella. "Mi madre se puso a bailar. Yo no lo entendí entonces", evoca. Las burlas y mofas acerca del color de su piel fueron algo habitual en su infancia, pero viraron de la sorna al interés cuando se mudó al internado situado en el centro de Madrid para acabar el colegio. "Allí la gente me preguntaba sin acritud que de dónde era. Cuando decía que de Guinea Ecuatorial querían saber dónde estaba, me preguntaban cosas de mi cultura. Veían mi condición de extranjera como algo exótico", rememora.

A su entender, estos comentarios evidencian cierto clasismo en lo que respecta a la inmigración. "Yo noté un cambio en la actitud externa cuando estudiaba Derecho y más al empezar a ejercer como abogada. Si yo aparezco trajeada, la gente no va a cruzar de acera. No parece que robo empleo, sino que lo creo", matiza. Un clasismo que se refleja en las leyes, que benefician en mayor medida a los extranjeros con recursos que llegan con la intención de invertir que el que viene a trabajar para ayudar a su familia, esté en su país de origen o aquí. Un razonamiento que la letrada dice entender, ya que todo país va a facilitar la llegada de riqueza o talento, "pero ello no quita que sea necesario que la normativa sea más humana y se enfoque en otras realidades", insiste. La ley actual, recuerda, es de principios de siglo, por lo que fue redactada a finales de los 90 y hace referencia a un escenario completamente diferente al actual. Tiene carencias.

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Por otro lado, Riveiro se refiere a los estereotipos que asocian a la inmigración con la delincuencia y dice entender (aunque no compartir) ciertos comentarios. Sobre todo cuando provienen de zonas en las que hay una mayor tasa de criminalidad. "Al final, es falta de empatía con esa otra realidad. No lo culpo, es comprensible", asegura. En este sentido, la abogada critica que muchas personas se ven abocadas a modos de vida cuestionables porque es el propio sistema quien les aboca a ello. "La norma pone trabas a las empresas para que expidan permisos de trabajo, les exige que no tengan deudas con la Seguridad Social ni con Hacienda. Comprensible, pero no es realista.

Al final, los inmigrantes se encuentran en un bucle en el que no pueden regularizar su situación porque no tienen trabajo y no consiguen un contrato legal porque no tienen papeles. Es la pescadilla que se muerde la cola", lamenta. Muchos acaban en trabajos donde se paga en negro y se aprovechan de su situación de vulnerabilidad. No obstante, admite que se trata de un problema complejo y de difícil solución, pero echa de menos una mayor predisposición de la clase política para abordarlo.



Fuente: El Confidencial
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