Histórico de artículos

28 de Diciembre 2021
¿Podremos vivir juntos?



El abrazo de una trabajadora de la Cruz Roja consuela el llanto estremecido de un migrante en Ceuta, la frontera entre España y Marruecos.

"Cuando crucé, besé la tierra de Costa Rica por sentirme libre y lloré fuertemente porque dejé a mi patria, sentí que le fallé", expresa un ciudadano nicaragüense que abandonó su tierra por la persecución política y el contexto de violación de derechos humanos.

Una joven colombiana, estudiante de medicina, es increpada en un colectivo en Rosario por una mujer al grito de: "¿Por qué yo te tengo que pagar la Universidad a vos?".

Se trata tan sólo de tres escenas ocurridas durante el año que esta semana concluye. Tres episodios que sintetizan la multiplicidad de factores implicados en la crisis migratoria que vive el mundo, desde las políticas públicas, la ayuda humanitaria y las actitudes cotidianas que se replican acríticamente en toda nuestra vida social.

El pasado viernes 18 de diciembre se conmemoró el Día Internacional del Migrante, fecha instituida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 2000, y aunque en el plano normativo declamamos la igualdad, cada vez son más reiterados los hechos hostiles, las decisiones de las autoridades migratorias y hasta las sentencias judiciales atravesadas por estereotipos que acaban en conductas discriminatorias.

Desde diciembre de 2018 –fecha en que se aprobó el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular-, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) registró: "Prácticamente 14.000 migrantes han perdido la vida en su intento por llegar a nuevos destinos. Ingentes cantidades de personas han quedado varadas o han sido retornadas por la fuerza, sin la debida consideración de sus derechos, seguridad y bienestar. A muchas, especialmente aquellas indocumentadas, se les ha negado el acceso a la atención de salud básica. Hoy en día, hay más niños y niñas en movimiento que nunca antes y demasiados de ellos están creciendo sin acceso a una educación, dado que además la pandemia de COVID-19 limita su acceso a oportunidades de aprendizaje".

Argentina no está afuera de este panorama. Así como aquella mujer rosarina que atacó brutalmente a una migrante colombiana, reprochándole que sus impuestos financian la educación universitaria de los extranjeros, es factible enunciar otros tantos ejemplos. De hecho, a lo largo de este año estuvo sembrada la discusión en torno a si correspondía destinar dosis de vacunas a quienes no eran argentinos o argentinas. La curiosidad radica en que, además de resultar opuestos a los más mínimos acuerdos sobre derechos humanos, estas posiciones son deliberadamente amnésicas, desconocen el pasado que nos une.

La nuestra es una historia de diversidades, un simple ejercicio retrospectivo nos arrojará de inmediato como resultado que somos hijas e hijos, nietas y nietos, bisnietas y bisnietos de personas que migraron o de poblaciones originarias sometidas a las imposiciones culturales dominantes. De esas infinitas interacciones se pretendió constituir una identidad, un "ser nacional", encauzado por la intención de instalar la narrativa de la "gran nación". Es decir, se produjo una suerte de nacionalización de la sociedad, a través de la creencia en una cultura argentina que dio lugar al incesantemente renombrado modelo del "crisol". Esto es, una fusión de las idiosincrasias migrantes por medio del trabajo, la educación y la sujeción a una serie de instituciones en las que las singularidades fueron relegadas a la vida privada en pos de la conformación de un espacio público universal y homogéneo.

Resulta asombrosa la ambivalencia que experimentamos de manera habitual entre la reafirmación del nuestros orígenes y el desprecio a toda corporalidad extranjera –en rigor, a algunas más que a otras-. Vale la pena, entonces, problematizar los modos de ver la integración social y la solidaridad, puesto que los móviles políticos de otros tiempos hicieron que la solidaridad, como plantea François Dubet, no haya eliminado ni los corporativismos ni los conflictos de clases, y todavía estamos muy lejos del acceso sin distinciones a los derechos sociales. La Escuela también ha hecho su parte, ya que nos formó como ciudadanos, pero simultáneamente nos disciplinó legitimando desigualdades sin promover un verdadero programa igualitario. En ese marco, fue más importante la edificación de un Estado fuerte que el diseño de una democracia sustantiva, es que la enorme idea del interés general les pertenece a algunos y suele darse de patadas con el respeto de los intereses particulares y las identidades diversas.

En los tiempos que vivimos, una pluralidad de factores generaron el recrudecimiento de las actitudes nacionalistas, acompañadas de decisiones estatales securitistas y adversas a los estándares mínimos de protección de los derechos humanos. Las fronteras de los Estados se convirtieron en elementos dirimentes entre lo lícito y lo ilícito, lo aceptable y lo peligroso, lo protegible y lo expulsable, en definitiva, entre las vidas dignas de ser lloradas y aquellas que no lo son, como nos enseñó Butler y nos muestran las espeluznantes imágenes de los flujos migratorios que intentan arribar a Europa.

A esta altura, a pesar de que se exhibe sobreabundante, corresponde recordar que nuestra Constitución consagra la igualdad en el disfrute de los derechos entre nacionales y extranjeros, así como lo hacen los instrumentos internacionales sobre derechos humanos y las interpretaciones de sus órganos competentes. En ese orden de ideas, en el 2020, el Estado argentino fue condenado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la privación de la libertad ilegal, arbitraria y discriminatoria, que acabó con la muerte de una persona afrodescendiente. Allí, el Tribunal regional destacó el impacto que posee el uso de estereotipos negativos respecto de la población afrodescendientes, en el sentido de que son identificados con delincuentes peligrosos y violentos involucrados en el tráfico de drogas y en el trabajo sexual.

Los estereotipos a los que se refiere la Corte están extendidos y asumidos como dogmas, al igual que un sinnúmero de datos falsos empleados para reforzar las ideas xenófobas (por ejemplo, que las personas migrantes no pagan impuestos). Estos dispositivos conceptuales transitan de boca en boca, de mirada en mirada, de gesto en gesto e, incluso, de norma en norma y, vale decir, se caracterizan por lo complejísima que resulta su desarticulación.

En un libro de finales del siglo pasado, Alain Touraine se preguntaba si podremos vivir juntos, preocupado por la disyuntiva inquietante entre el modelo uniforme de la globalización que ignora la diversidad de culturas y el aislamiento de las comunidades que afirman su identidad en la exclusión del otro. Hoy, el interrogante se reedita con una dosis adicional de hipocresía. En un mundo donde para muchas élites la patria es el paraíso fiscal más cercano y donde el flujo de activos financieros no reconoce límites, una parte importante de nosotros está condenada a no moverse ni aunque el dolor más profundo lo justifique.

Entonces, ¿podremos vivir juntos?



Fuente: Infobae
URL relacionado: https://www.infobae.com/opinion/2021/12/29/podremos-vivir-juntos/

Material Multimedia Relacionado