Alina Klochko, presidenta de la Asociación de Ucranianos Residentes en Aragón, tiene una tienda de alimentación y artesanía que da a las calle Reino y Río Cinca, en La Almozara. Y entre su clientela figuran ucranianos de la mayoría del país y también de la minoría rusa. Es algo en lo que ella no repara, pues siempre atiende a unos y a otros amablemente, sin ninguna distinción, dado que habla ambas lenguas, la rusa y la ucraniana, como todos sus compatriotas.

Pero desde que este enero se ha recrudecido el conflicto en el este del país, por el riesgo de una invasión rusa y la creciente presión de la OTAN para evitarlo, las cosas han cambiado también en su comercio de Zaragoza. Pese a la lejanía geográfica del conflicto, los ucranianos forman ya en Aragón dos bandos, uno antirruso y otro prorruso.

 «Antes de la guerra éramos amigos y ahora, en cuanto alguien saca el tema de lo que pasa en Ucrania, acabamos discutiendo», lamenta Alina, que reconoce que ella no se mete en política y que evita ver los telediarios para no deprimirse con las noticias que llegan de su tierra. La política y la religión, dice, son para ella temas tabú.

«No estoy segura al cien por cien de que no vaya a estallar una guerra, pero no me fío de Putin», afirma.

A Galina la escalada bélica la ha cogido en Zaragoza de vacaciones, en casa de su hija Alina.

A Galina la escalada bélica la ha cogido en Zaragoza de vacaciones, en casa de su hija Alina. ANGEL DE CASTRO

"Me da miedo volver"

A Galina, su madre, el rápido empeoramiento de la situación la ha cogido en Zaragoza, donde está de vacaciones. Es empresaria, tiene sus negocios allá, en Ucrania, pero ahora dice que le da «miedo» volver. «Me gano la vida en mi país y tengo permiso para residir tres meses en España, no más», explica Galina, que vive en Chernivtsi, en el suroeste de Ucrania, cerca de la frontera con Rumanía.

Está lejos de la zona en conflicto, en las provincias del este y sureste del país, donde predomina la minoría rusa, pero aun así no le atrae la perspectiva de regresar.

Tatyana Velychko es clienta de Alina y se define como «una rusa de las Repúblicas Soviéticas». Ella no quiere que haya guerra. «Nadie quiere algo así», subraya.

«Claro que tengo miedo de que estalle una guerra, pero no sé si la habrá», continúa Tatyana, que opina que «los medios de comunicación occidentales ocultan la verdad y no cuentan que un periodista extranjero fue asesinado para que no diera una versión objetiva de lo que allí pasa».

Pavlo, que regenta la tienda Kalinka, en la calle Doctor Horno Alcorta, tras el escaparate de su comercio.

Pavlo, que regenta la tienda Kalinka, en la calle Doctor Horno Alcorta, tras el escaparate de su comercio. ANGEL DE CASTRO

"Nadie quiere morir en el frente"

En el otro extremo, Igor, de 55 años, que trabaja de panadero en San Juan de Mozarrifar, es abiertamente antirruso. «No se puede creer lo que dicen esos rusos que no pueden vivir sin sangre», recalca. «Desde Lenin llevan cien años imponiendo su orden a punta de pistola», añade. «Y ahora quieren impedir que entremos en la OTAN y en la Unión Europea, es como si les fastidiara que el progreso llegara a los países que tiene a su alrededor», lanza.

Pero Igor reconoce que, en Aragón, los rusos de Ucrania y el resto de los ucranianos viven en armonía. «El problema no es del pueblo, es de Putin, porque ni unos ni otros queremos que haya una guerra», concluye.

Pavlo, como Alina, es comerciante y su tienda, Kalinka, está en la calle Doctor Horno Alcorta. «No creo que vaya a haber una guerra», dice en medio de su local, rodeado de embutidos, golosinas y revistas con nombres en caracteres cirílicos, tanto rusos como ucranianos.

En su opinión, los que empujan al choque «son los militares rusos». «Pero el pueblo no les sigue, ni a un lado ni a otro, porque ningún joven quiere ir al frente a morir, nadie está por la guerra», resume. 

Entre 2.000 y 3.000 ucranianos en Aragón

En Aragón viven entre 2.000 y 3.000 ciudadanos procedentes de Ucrania, llegados a la comunidad en el curso de los 30 últimos años. Algunos matrimonios tienen hijos que vinieron a su nuevo hogar con pocos años o que incluso nacieron aquí. Estos últimos se integran rápidamente y, en algunos casos, «pierden las costumbres de sus padres y ni siquiera saben hablar ucraniano», lamenta Alina, que tiene en la cabeza la idea de «organizar exposiciones» que muestren la historia, el arte y la forma de vivir» de su tierra.

Su organización, que agrupa a los compatriotas residentes en la comunidad, nació hace poco tiempo y su desarrollo se vio interrumpido por la pandemia, por lo que ahora, con la progresiva vuelta a la normalidad, se propone realizar actividades que den a conocer la riqueza cultural de Ucrania.