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23 de Febrero 2022
«La inmigración es una herida que sangra y seguirá sangrando»



Este jueves, a partir de las 19.00 horas, en Talleres Palermo, en el número 18 de la calle República Dominicana de Las Palmas de Gran Canaria, José Luis Correa presenta su novela 'Para morir en la orilla', con la que acaba de participar en Barcelona Negra (BCNegra). Se leerán pasajes de la novela, tocará el músico Yul Ballesteros y habrá un pequeño ágape.

- «La de las pateras es una herida que nunca deja de doler». ¿Comparte la idea de que esta frase es la que resume en gran medida el sentido de la novela?

-Sí, por supuesto. Es una novela que yo consideraba necesaria para mí. Es una reflexión sobre uno de los temas que me parece más complejo y a la vez que más me preocupa. Llevaba tiempo pensando sobre este tema, antes del 'boom' de llegadas de pateras que vivimos últimamente. La novela la escribí durante los tres meses en los que el presidente nos confinó. Tras dos semanas caóticas en las que no fui capaz de escribir, porque estaba desconcertado, tuve claro que se iba a alargar la situación y me puse las pilas. Me puse a continuar una novela que tenía parada. A replantearla y reescribirla. Es una de las grandes preguntas que tenemos. Padecemos problemas por el paro, estamos intentando recuperar al turista inglés, contamos empresas que cierran... pero hay una realidad que nos acompaña desde hace muchos años y que cada vez es más evidente, la inmigración. Es una herida que sangra, que va a seguir sangrando... porque no tiene remedio.

-¿No le da miedo que se acabe 'normalizando', porque está ahí y convivimos con la situación sin darle solución?

-Vale si lo normalizamos para asumir que es una realidad con la que hay que convivir y sacarle partido, no a los seres humanos, sino a la situación en el sentido de ayudar a los que vienen huyendo de la miseria, las guerras y el hambre... Pero el sufrimiento no lo podemos normalizar. Sobre todo la existencia de las mafias y la trata de personas. En el fondo, la novela habla de la inmigración y las pateras pero pone el dedo en la llaga en la explotación. En la situación de esas personas que vienen con la realidad con la que vienen. Hay que analizar qué lleva a una mujer con dos niños a meterse en tres tablones de madera mal contados y lanzarse al mar, por muy pacífico que sea, presuntamente, esta parte del Atlántico. Se juegan la vida y la de sus hijos. ¡Qué tienen que dejar atrás para hacerlo! Hay que buscarles salida. Todo el que tiene idea dice que hay que mejorar la situación del punto de origen. Que tengan una vida algo más decente para que no tengan que jugarse la vida para huir de aquello. Toca analizar cómo hacerlo...

- Invertir allí.

-Sí, pero muchas veces lo haces y el que se queda la pasta es el jefe y no les llega a la población. Se lo quedan los que están al frente de los gobiernos. Es lo mismo que sucede cuando penalizas a un gobierno y al final el que lo acaba pagando es el pobre diablo a pie de calle.

-Arranca 'Para morir en la orilla' con una patera que llega a Maspalomas y la aparición de dos cadáveres a escasa distancia, sobre la arena. ¿Le vino ese comienzo por situaciones reales vividas en las Islas?

-Sí, es algo que hemos vivido. La primera imagen que yo tenía para la novela era esa llegada a Maspalomas. Me llamaba mucho la atención el encuentro entre el turista rico y el turista pobre. Se refleja en las primeras páginas y después hay varias reflexiones al respecto. Es curioso, porque vimos en unas islas básicamente turísticas. Nos llegan por todos lados y tenemos ese contraste tan cruel. Los africanos llegan en patera a la playa y resulta que los primeros que van a ayudarlos son alemanes, daneses y demás que están cogiendo el sol y les dejan el sandwich de lechuga y tomate para que coman algo. Los africanos los miran con asombro. Asistimos a esa confluencia de dos tipos de turismo y visitantes tan distintos... Es tremendamente doloroso y pretendo reflejar en la novela que al turista que viene en avión le damos todo, absolutamente todo y son dueños de nuestra vida porque el cliente siempre tiene razón. Pero al turista que viene en patera pretendemos echarlo y mandarlo de vuelta para su casa. Después, como sucede en mis novelas, hay muertos, una investigación y está Ricardo Blanco con su 'troupe' y todo su universo.

-¿Esta vez Ricardo habla más en boca de José Luis Correa, sobre todo con sus reflexiones sobre la inmigración?

-Seguro. Siempre lo ha hecho, pero creo que se hace cada vez más reflexivo. Creo que tiene que ver con la edad. Su madurez. Y la mía. El personaje va creciendo contigo y llega un momento en el que ese tipo de cosas le tocan. El cínico Ricardo Blanco de 40 años y más vividor ha quedado atrás y se plantea cuestiones como esta. Como hago yo. Cosas que hace 25 años no me planteaba cuando aquí llegan pateras desde hace 40 o más. Empezaron por Lanzarote y Fuerteventura y ahora llegan hasta La Gomera y El Hierro. No sé cómo demonios lo hacen. Es cierto que ahora es súper abundante. La profusión es tal que casi es un problema nacional. Bueno... nacional no del todo, por eso es en parte un problema político. Pretendo ponerme en el lado de las víctimas. Creo que en la novela negra sobre todo se busca reordenar el caos. En cierto modo, se produce un caos en forma de muerte, de robo o de desaparición de un niño. En el fondo, a lo que aspira el escritor es a reordenar esa situación.

-Pero en la novela no da muchas respuestas, busca que sea el propio lector el que llegue a las mismas.

-¿Qué respuesta le puedes dar a esta realidad de la inmigración? Tengo la sensación de que el tema se queda viejo a macha martillo. Tras el confinamiento están llegando en bloque, hasta 30.000 personas anuales. ¿Qué solución puedes aportar?

-Y a eso hay que sumar que se está utilizando como arma arrojadiza política y social, vinculando la delincuencia con la inmigración.

-Hace unos años, ¿qué periódico, radio o televisión matizaba el origen del delincuente? Un tipo le robaba la cartera a otro en Triana o la playa de Las Canteras y se iba corriendo. Siempre fue así. Asumías que el delincuente era un tipo de baja estofa y con problemas económicos y vinculado a las drogas. Ahora no, te especifican si es de origen magrebí, peruano o del país que sea. Ese tipo de cuestiones hace que se asocie delincuencia a inmigración. Tenemos el ejemplo de Estados Unidos con el famoso expresidente. También en Brasil, Hungría, Polonia. Es un gran peligro esa asociación de ideas. Asociar la maldad al que viene de fuera, cuando muchas veces lo único que hace es buscarse al vida. No olvidemos que los canarios nos fuimos muchas veces fuera para ganarnos la vida. ¿Cómo se para? Cuando todo hemos oído eso de que España volverá a ser islámica en 50 años. Eso asusta, sobre todo a las mujeres. Pero hay que analizarlo. Para empezar hay que buscarle una solución a esa gente que viene y después tenemos que tener confianza en nuestra propia cultura. ¿Acaso el que viene es más listo que nosotros? También se ha extendido eso de que los que vienen nos quitan los trabajos. Cuando lo que hacen es coger los trabajos que los de aquí no quieren. Hacen lo que nunca harían los de aquí. Eso sucede en todos lados. Cuando los españoles íbamos a Inglaterra de jóvenes... el taxista era paquistaní, el que te servía la cerveza en el bar era español o italiano. Nos solucionan problemas más que generarlos. Eso sí, cuando son 30.000 al año ya es otra cosa. De todas formas, dos son las cosas que más me preocupan y que reflejo en la novela: las mujeres y los niños. Puede que suene machista, pero no lo es. Las mujeres porque corren el riesgo de acabar en la prostitución y en manos de mafias. Los niños porque están aquí solos sin un adulto que los cuide. ¿Qué haces con ellos? ¿Los devuelves sin saber a dónde los mandas?

-También la novela tiene un halo de esperanza social, con Ricardo y su novia acudiendo al centro de internamiento a llevarles comida, ropa y otras cosas a los inmigrantes. Es habitual que las personas de los barrios cercanos a estos enclaves se movilicen para ayudarles.

-Sí. Mis finales suelen ser ácidos, bruscos, mientras que este es más optimista. Si no, volvemos a la melancolía. Este mundo que intento narrar ya es bastante duro como para recalcarlo. Una novela lo que pretende es que todo acabe cuadrando, como un puzle. Hay cosas que no puedes parar. No puedes salvar la vida a todos los personajes. Pero el concepto de víctima en la novela está claro. Cualquier escritor se preocupa por el ser humano, por sus pasiones, por su dolor... Esta novela va por ahí.

-¿Le dio reparos sumergirse con este libro en ese mundo de la inmigración que genera tantas suspicacias?

-No. Salió bastante solo. Mis novelas parten de una imagen, la llegada de la patera que está en la portada. Aquella imagen que no sé si te hace reír o llorar donde la turista alemana acoge al senegalés de la patera. Necesitaba un hilo del que tirar para meter a Ricardo y ese fue la aparición de dos cadáveres en la arena que no iban dentro de la patera.

José Luis Correa lee uno de los ejemplares de su última novela. / cober servicios audiovisuales

En recuerdo de la mirada africana y «bondadosa» de Antonio Lozano

- Dedica el libro al escritor y dramaturgo Antonio Lozano. ¿Además del africanismo del que siempre hizo gala releyó sus novelas 'Harraga' y 'Donde mueren los ríos' para inspirarse?

- No me hizo falta. Recuerdo las conversaciones con Antonio sobre África. Era un africanista total, que nos enseñó mucho. Debatimos mucho y nos criticaba con toda su bondad que no mirásemos más hacia ese continente. Se nos llena la boca de Borges y Rulfo y los europeos, pero desconocemos lo que se escribe en África. No tenemos ni idea ni los hemos leído. Como un homenaje tras su muerte quise contar esta historia. También se lo dedico a mi hermano Miguel, que murió poco antes del confinamiento y con él hablaba mucho sobre estos temas.

- ¿Influye eso también en que Ricardo Blanco sea esta vez más cercano a usted?

- Sí. Ese Ricardo personal ha venido para quedarse. Empieza a entrar en una dinámica de reflexionar sobre un montón de cosas. Lo hacía hace 20 años, pero ahora es mucho más claro. Está más sentimental porque su vida se ha llenado de sentimientos con su pareja, con la hija de su pareja. Tiene una especie de familia y adquiere otra dimensión.

- ¿Habrá más entregas?

- Sí. Estoy escribiendo la número 13, que se desarrollará en un pueblito pesquero, con sus rencillas. Quiero seguir contando ideas a partir de Ricardo Blanco. ¿Por qué? Porque me funciona. Puede parecer una comodidad, porque parece que no salgo de mi zona de confort y que siempre estoy con lo mismo. Pero mi riesgo es que no sea lo mismo. Uno engaña, fabula y mi reto es que 13 novelas después la gente siga leyendo a este tipo y no se sienta defraudado porque se le cuenta la misma historia. Esto tiene mucho que ver con mi realidad como escritor. No vivo de esto, vivo de ser profesor en la Universidad. No necesito vender mucho, escribir un libro cada poco ni que vaya sobre lo que la mayoría quiere leer.



Fuente: Canarias7
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