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08 de Abril 2022
Oro bañado en sal



n el podio de Calafell, Aymane Kanfouh (20 años) sujetaba con firmeza la medalla de oro del Open Catalunya de Jiu-Jitsu Combact que acababa de conquistar. Era su primera competición después de dos años aprendiendo al lado del Maestro Cristiano Ribas en el Ogum Team-Gracie Barra de Vila-seca. No podía haber salido de mejor manera. Derrotó a sus tres rivales sin miramientos. Con una energía inusitada. No era un luchador más. El ímpetu de sus golpes no salían de sus brazos, sino del alma. Un espíritu roto en una barcaza de 9 metros de eslora en mitad del Estrecho de Gibraltar y recompuesto, trazo a trazo, entre Centros de Menores, noches al raso y soledad. Demasiada para un niño que con 14 años dejó atrás su casa, su tierra y sobre todo su familia por un sueño: «Convertirme en un profesional de la lucha».

Aymane era un crío cuando se quedaba embobado viendo por televisión los combates de cualquier tipo de lucha. Pese a los intentos de sus padres para que viera contenidos más acordes a su edad, el pequeño se resistía y siempre conseguía ver una de esas peleas que tanto le enamoraban. En la pequeña residencia que compartía con sus padres y sus seis hermanos en un pequeño pueblo cerca de Tanger (Marruecos), Aymane se imaginaba como un luchador profesional reconocido y con dinero suficiente para comprar una casa para su madre. Ni a él ni a sus hermanos les faltó nunca un plato de comida. Tampoco sobraba. Todos contribuían a ello. Primero fueron sus hermanos mayores y luego le tocó a él echar una mano. Con 14 años compaginaba los estudios por la mañana con el trabajo en una panadería junto a su padre. Era lo que tocaba, pero mientras hacía pan, su cabeza viajaba hasta Catalunya, donde le habían dibujado un futuro. También en la lucha. El mediano de la familia apostó por perseguir su sueño. Era «llegar a España o morir en el intento».

De escondidas de sus padres, dejó los estudios para trabajar. «Necesitaba dinero para pagarle a las mafias». Esas bandas que de cada uno que consigue llegar dejan atrás a decenas. Muchos en el fondo del mar. No fue fácil. Hasta cinco intentos necesitó para poder tener éxito. Uno de ellos, con apenas 14 años, acabó con Aymane solo, perdido en el bosque y sin el dinero que había pagado. «Después de una larga caminata, sacaron unos machetes y nos dijeron que volviéramos a casa. Me pasé toda la noche en la montaña hasta que por la mañana conseguí contactar con un hermano que me vino a buscar», explica. Volvió a intentarlo poco después. Esa es una de las señas del joven marroquí: «Nunca me rindo por muy duro que sea el camino». Necesitó muchas horas de trabajo para reunir de nuevo los cerca de 1.500 euros que piden por el 'viaje' a la Península. Solo un hermano sabía los deseos del joven Aymane. El resto confiaba en que la familia siguiese unida en Marruecos.

A la quinta fue la vencida y también la más difícil. El trayecto comenzó mal. El mar escupía olas de dos metros sin importarle las pateras que pese al temporal se lanzaban al agua. Tenían que aprovechar la oscuridad de la madrugada. Hasta 60 personas se hacinaban unas encima de otras. Entre el peso y el oleaje la embarcación se ladeó. Muchos cayeron al agua. Aymane fue uno de ellos. Se agarró a la barca como pudo. Y entre unos pocos consiguieron rescatarle. Parecía a salvo. Ni mucho menos. En su regreso a la balsa se intoxicó al engullir parte del agua que había en el interior mezclada con la gasolina de los bidones que se derramaron, cuando recibió la llamada de su madre. El vínculo materno-filial la despertó a las 2 de la madrugada. Algo le pasaba a su hijo. Y llamó. Aymane solo acertó a decirle que estaba bien. Bien. Medio grogui en mitad del mar. El mar se calmó y aunque ahorraron toda la gasolina que pudieron, no fue suficiente. Se quedaron varados en mitad de la nada. «Todos llegamos a pensar que era el final», cuenta. El relato tiene ese punto de película cuando una barca de Salvamento Marítimo consigue rescatarlos y llevarlos a Tarifa. A bordo de la 'patera' se desató la felicidad.

Aymane aparenta más edad de la que tiene. Al llegar a Tarifa la Policia Nacional creyó que era mayor de edad y lo detuvo, pese a que él creía que acabaría en un Centro de Menores. Ahí comenzaría su nueva vida. No pensó que ese inicio sería en un calabozo y con la amenaza de la repatriación inmediata. Con lo que había pasado y solo iba a poder estar unas horas en España, pero una traductora que corrigió el error. Una prueba corroboró la edad real de Aymane que se convirtió en un Menor Extranjero No Acompañado (MENA). En el centro de La Línea de la Concepción se pasó una semana mientras se recuperaba de unas quemaduras. Aprovechó para llamar a su familia y explicarles la verdad.

Su siguiente paso le llevó a El Ejido (Almería). Ahorró para comprarse un billete de autobús hasta Barcelona. La primera noche en la Ciudad Condal fue en la calle. Al día siguiente acudió a Fiscalía, durmió en dependicias judiciales, para pasar al Centro Orió en el Complex Educatiu Laboral. Se adaptó rápidamente. A los seis meses hablaba catalán y castellano y completaba el Programa de Formació i Inserció (PFI) de Cocina con un 9 de nota. Su rendimiento académico le valió para conseguir los papeles. Quería pasarse a un Grado Medio pero necesitaba un permiso de trabajo, porque su tiempo en el centro había llegado a su fin al cumplir los 18 años. Con papeles y haciendo las prácticas del PFI Aymane se vio de nuevo en la calle. Tres días sin hogar en Valls hasta que entró de okupa en un banco. Pese a las dificultades, no faltó ni un día a las prácticas. Un ejemplo de que «no valen las excusas de que la situación te lleva a delinquir como he visto a muchos de mis compañeros en los centros de menores, se puede hacer bien y conseguir tu sueño».

Aymane fue un MENA, ese apelativo despectivo que suelen utilizar quienes se creen propietarios de las vidas de los demás. Un chico que relata su experiencia con las mafias, la supervicencia en el centro del mar, los centros de menores y los días en soledad tirado en la calle con una naturalidad que te obliga a reflexionar sobre esas fronteras de hormigón o vallas electrificadas que separan personas. Solo se le rompe dos veces. Cuando recuerda la llamada de su madre mientras luchaba por sobrevivir en el fondo de una patera y cuando habla del 'Maestro' Cristiano Ribas. «Mi segundo padre», sentencia. El propietario del Ogum Team - Gracie Barra, inmigrante brasileño, se vio reflejado en ese joven que tras picar a la puerta de su gimnasio por la mañana sin poder atenderle, regresó por la tarde. No tenía nada que perder, porque no tenía nada más que su entereza. Esa determinación deslumbró a Cristiano Ribas. El maestro no dudó y le acogió. Sin pagar e incluso ofreciéndole ayuda para comprar comida. Le dio ese calor familiar que repara en plena noche. Cuando el dolor físico queda silenciado por el dolor de la soledad y los abrazos son el elixir de la vida. Ese abrazo se lo dio Cristiano. «Es un campeón», dice Ribas, con la lágrima resbalando por su mejilla. Aymane ya ha ganado. Ya es un campeón. De la vida.



Fuente: Diari de Tarragona
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