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  Nombre: Lucas de la Cal
Fecha de nacimiento: 06/01/2018
Tipo:
Fuente: El Mundo
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Descripción:

Hakim viste unas deportivas Nike y la equipación del PSG. Se ha colocado una cinta en la cabeza a modo de bandana, un montón de cadenas de bisutería alrededor del cuello y un par de anillos de plástico en cada mano, imitando piedras preciosas. Natural de Fez (Marruecos), cuenta que antes había pasado un año en Córdoba donde le propusieron una formación de jardinero que no le entusiasmaba. Le cuesta explicar cómo llegó a París, pero entre gestos y palabras sueltas en castellano, entendemos que pasó más de 24 horas escondido en un camión.

"¡Oh! En España la gente bien. Aquí...". Aquí no tanto pero en España no hay trabajo, dice. Es de los más mayores del grupo: los educadores le echan 17 pero él asegura, en secreto, que tiene más. Él es de los buenos a ojos de la administración: de los que no se droga ni arma jaleo, incluso se adapta a los servicios de acogida y duerme por la noche en una habitación de hotel que han puesto a su disposición.

Estamos a las puertas de Montmartre, el barrio bohemio más turístico de París. A la altura del metro La Chapelle, la vista imponente de la iglesia del Sacré Coeur al fondo de una cuesta empedrada recuerda el París de Toulouse Lautrec o quizás el de Amélie. Siguiendo el camino, la mirada se cruza con lo que podría ser un grupo de niños que se han saltado las clases. Son los niños del pegamento, del norte de Marruecos. Muchos pasaron por Ceuta o Melilla tratando de colarse en un ferry para Europa, cruzar España y así alcanzar un sueño que ahora parece haberse vuelto pesadilla. Los chavales, sin pasar en algunos casos los 12 años, juguetean con objetos robados, bromean entre ellos y fuman cigarrillos liados y porros.

Son los niños perdidos. Y su País de Nunca Jamás es un bucle constate de drama y olvido. La mayoría están en una invisible lista de los 10.000 menores inmigrantes que Europol estima que están desaparecidos por Europa. En realidad son muchos más.

A 1.900 kilometros de París, en la plaza del barrio de Buyibar, a lo alto de la ciudad de Alhucemas (Marruecos), al joven Rachid sólo le faltan 100 euros de los 500 que necesita para pagar su plaza en una patera que le llevará hasta España. "Desde que empezaron las protestas en el Rif -hace justo un año- ya habrá más de 300 chicos y chicas menores que se han marchado. La mayoría están repartidos por la península. Unos pocos ya han llegado a Francia. Y el resto nadie sabe donde están, aparecerán algún día de estos por alguna parte de Europa", cuenta en perfecto español este adolescente de 15 años.

Uno de los niños perdidos, Yassin, dejó su casa en un pueblo de Kenitra con 14 años y con 1.000 dirhams (100 euros) que le prestó su familia. Una pequeña parte del dinero se lo gastó en el viaje hasta Tánger. En la Perla del Estrecho se convirtió en uno más de las decenas de niños criminalizados e invisibles que deambulan por las calles. Al igual que los demás, Yassin se aficionó pronto a aspirar pegamento. Tres meses después consiguió cruzar la frontera con Ceuta. En la ciudad autónoma le etiquetaron con el frío epígrafe de MENA (Menores Extranjeros No Acompañados).

Al undécimo intento Yassin logró meterse en los bajos de un camión que cruzaba a la península en el ferry que va hasta Algeciras. Acabó en un centro de Cádiz. Al tercer día apareció en el País Vasco. Sus siguientes andanzas fueron por Burdeos, París y Viena. En Austria se le perdió la pista. Otro chico, Ahmed, apareció hace poco en Málaga después de estar un año dando vueltas por Francia y Bélgica. La mafia a la que su familia pagó el viaje completo se aseguró de que un coche le fuese a buscar a la puerta de cada centro de menores que pisaba. El ministerio del Interior marroquí comunicó esta semana que han desmantelado este año 73 redes criminales que movían a chicos como Ahmed por Europa.

Las causas

Todo lo que está pasando con los menores se debe a que España está viviendo una presión migratoria que no se veía desde principios de siglo. Más de 19.000 personas han llegado a la península hasta noviembre. Y la oleada sorprendente la han protagonizado los autóctonos del reino alauita. El conflicto y la represión en el Rif, y el empobrecimiento en las zonas más rurales, ha provocado la huida de miles de marroquíes. Gran parte niños. El Alto Comisionado de Planificación (HCP) en Marruecos sacó un informe en el que decía que el 6% de las personas sin hogar del país tienen menos de 15 años. Muchos de ellos han logrado cruzar a España provocando algo inaudito hasta la fecha: el colapso sistemático de los centros de acogida de menores inmigrantes.

En las costas andaluzas el número de inmigrantes que han llegado en pateras ha aumentado un 160% respecto al año pasado. Según destacó la semana pasada el delegado del Gobierno de Andalucía, Antonio Sanz, un 9% de los rescatados son menores, sumando un total de 1.100 jóvenes. Aunque es una cifra que no está actualizada. "Sólo en el Estrecho vamos a acabar el año con más de 1.500 menores que han llegado. En octubre fueron 90, un 20% subsaharianos y el resto marroquíes", explica José Carlos Cabrera, mediador intercultural en el centro Nuestra Señora del Cobre en Algeciras e investigador de estudios árabes contemporáneos de la Universidad de Granada. "Todos los centros están al triple su capacidad. Pero la pregunta es dónde están el resto de los chavales que no caben en los centros", dice Cabrera.

En la capital francesa, en el barrio de Montmartre, donde la oleada de niños comenzó de enero, los voluntarios de las asociaciones les hacen compañía, les buscan un lugar donde ducharse o les acompañan a restaurantes sociales. "El sistema de acogida requiere una serie de citas de evaluación, esperas de turnos, cuestionarios y, después, el envío a centros que no están necesariamente en París", cuenta Guillaume Lardanchet, director de la organización Hors la Rue, que trabaja con los servicios del Ayuntamiento de París. La paciencia no está entre los atributos de los Niños Perdidos, acostumbrados a vivir en la calle y seguir sus propias normas.

Sin embargo, algunos voluntarios denuncian un "maltrato institucional", por parte de la comisaría, con quien los problemas que dan los niños -denuncias de robos, peleas, drogas...- ha creado un círculo vicioso de tensiones difícil de romper, pero también por la Cruz Roja, encargada de hacer la evaluación de menores no acompañados en el departamento. "Los menores marroquíes son sistemáticamente rechazados", denuncia Fatiha Khettab, de Au Coeur de la Précarité, que asegura haber acompañado a algunos niños llevándose, metafóricamente, el portazo en las narices. El dispositivo de acogida de menores de la Cruz Roja no ha respondido a nuestros mensajes y, en una visita presencial a su local, solo obtendremos el e-mail de la directora -que nunca responderá-, y una frase reveladora de una de las trabajadoras: "¿Estáis escribiendo sobre los niños errantes?".

Unos días más tarde, en un restaurante marroquí del Boulevard de La Chapelle, varios educadores del barrio se reúnen con los miembros de la organización Amesip, con sede en Rabat. Han venido expresamente a ver como ha evolucionado la situación, que descubrieron en marzo. "Sabía que los niños iban a España pero no que seguían yendo más al norte. Es como si buscaran la sensación de adrenalina que les da esta vida, ¡ni trabajan ni van a la escuela! Si son jóvenes marroquíes quiero que vuelvan", zanja Touraya Bouabid, presidenta del colectivo.

Según cuenta, su país tiene dispositivos para dar soluciones a niños de familias con problemas y reprocha que éstas no hagan más esfuerzos para que no dejen sus casas. Otra solución, sugiere, es más ayudas a Marruecos para que las estructuras de acogida se desarrollen directamente allí.

"Les decimos que esta situación es un sin sentido, pero no les gustan que les alejen de París ni ser separados del grupo", describe Driss El Kherchi, de la Asociación de Trabajadores Magrebíes en Francia. Un día los chavales desaparecen y nadie sabe a ciencia cierta dónde han ido. Con frecuencia vuelven a la semana y dicen haber viajado a Dinamarca o Alemania, en otras ocasiones aparecen meses más tarde y otras, simplemente, no vuelven a verlos.

Una de las hipótesis abiertas para entender la oleada de niños en 2017, es que las autoridades españolas, ante la saturación de los centros, animara a los chavales a irse porque algunos dicen haber percibido una "ruptura brutal con España".

"La primera preocupación de las autoridades es saber cómo van a volver a Marruecos, pero además de las urgencias de asistencia de sanitaria y alojamiento, nos tenemos que preguntar también si no estamos frente a un fenómeno de explotación de menores, si además de estar aislados y en peligro, los niños están siendo víctimas de redes de explotación, ya sea en Marruecos, España o Francia", dice Lardanchet.

Gran parte de los que llegan a Francia han pasado por el País Vasco, donde los centros de acogida están saturados. En Bizkaia triplican las cifras del año anterior. En Cataluña la falta de plazas en los centros ha provocado que 15 menores estén encerrados en celdas de la Ciudad de la Justicia de Barcelona esperando ser acogidos por la Generalitat para después marcharse a otro lugar.

El viaje de estos Niños Perdidos no acabará ni aunque cumplan la mayoría de edad, cuando continuarán diciendo a las autoridades que son menores. Mientras tanto, siguen su periplo errático con el fin de encontrar aquello con lo que soñaron cuando miraron por primera vez el irreal Dorado europeo.